Regalos (cada navidad un cuentito)

Se incendia mi casa y yo estoy a ciento veinte kilómetros de ahí. Me avisaron los vecinos, ya llamaron a los bomberos. Todavía no sé cuánto se lleva el fuego. ¿Se lleva los cactus, las cartas, un mueble? ¿Se lleva la casa entera, las vivencias y la humedad de los techos? Se llevará, sí, mi verano de ocio, o, mejor dicho, lo traerá con fuerza, más caliente. Imagino enero entre escombros que todavía crujen, que son como las brasas de un asado que nadie comió y que dejan un polvo sin alma. Me veo arriba de una montaña en la que yace mi próximo pasado. Tal vez tenga suerte y con las sillas y la tele se incendien algunos recuerdos y ya no vuelvan.

Falta media hora para las doce, estamos reunidos los de siempre, en el campo de mi hermana. Dos mil grados de temperatura, copas de más, ensalada de frutas a la que le agregan sidra. No voy a encontrar quién me lleve a la ciudad en estas horas de fiesta. El fuego ya le arruinó la navidad a mis vecinos: están en la vereda esperando que no llegue a sus propias casas, tal vez tapándose la boca para no tragar el humo y más aturdidos que nunca con el calor y los petardos.  A mi familia no le digo nada, intento resolverlo mandando mensajes de texto que no se envían y llegarán cuando sean inútiles.  Me voy detrás de una arbolada a llamar a Pablo. Quiero pedirle que se acerque a ver cómo está todo, pero no me atiende. ¿Debería haber pasado esta noche con él y con su padre? ¿Habría cambiado algo? ¿Sería nuestra relación más seria, se hubiera salvado mi casa? Le quiero preguntar todas esas cosas, pero no me atiende. Le dejo un mensaje.

A las doce brindamos. Mi tía llora por todos sus muertos y Male corre al arbolito a buscar sus regalos. Ella todavía cree. Me encantaría ser yo la que se lo diga, verle el desencanto en los ojos y darle una bienvenida amorosa a este mundo de mierda, tomarla de la mano y explicarle que los regalos se acaban, que los sueños no se cumplen. Que tarde o temprano se te quema la cabeza y tal vez la casa. Mi vecina me manda un mensaje que dice ¡Felicidades! y también dice que los bomberos rompieron la puerta y están adentro, pero no dejan pasar a nadie por precaución. Pusieron una cinta. Le pido que me tenga al tanto y ya no contesta más.

Acá la música está cada vez más fuerte, me duele la cabeza. Me cargan porque no suelto el celular. Quiero saber qué pasó. ¿Una cañita voladora? ¿Algo que dejé enchufado? ¿El gas? Les grito que no suelto el celular porque estoy aburrida, que no me gusta la música que suena y que tengo calor. Los estoy cuidando, si les cuento lo que pasa se van a subir a sus autos, así, borrachos, tal vez choquen y mueran o maten a alguien y no me extrañaría porque esta noche parece estar llena de desgracias. También me van a abrazar, transpirados, y a decirme que todo va a estar bien, que probablemente no sea nada, que lo cubre el seguro. Yo les diré que no pago ningún seguro y ahí, sí, empezará la pelea. Q12670744_10209259162222199_4757017743988523673_nue soy grande, que debo ser más responsable. Métanse en sus cosas.

Suena el teléfono. Es Pablo. Escuchó mi mensaje y salió corriendo.  Me dice que me ama y que no me preocupe, que me puedo quedar con él todo lo que sea necesario.

Entonces es así, se quemó todo. Gracias, Pablo. Llego de mañana, si querés almorzamos con tu viejo.

Traen el pan dulce. ¿Qué festejo habrán abandonado los bomberos? ¿Van las familias a los cuarteles, llevan pan dulce? No tengo nada fuera de mi casa. Una familia, sí, pero nada que pueda agarrar o meterme en un bolsillo. Me veo otra vez en la montaña de escombros, los recuerdos no se quemaron.

Tengo calor, ladran los perros y siguen en la mesa hablándose a los gritos. Lanzo una única idea amable, divertida, a ver si se callan y si la noche se pasa más rápido. Vamos a tirarnos así, vestidos, a la pileta. Se paran, no lo dudan, celebran. Nos metemos, salpicamos.  Male no hace pie, le hago upa, se muere de risa. Yo rompo en llanto. Male me abraza y me dice que tiene una buena noticia: Papá Noel no me dejó nada en el arbolito pero estoy a tiempo de pedirle algo a los Reyes.

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14 de noviembre

Admito que,

si pudiera,

repetiría la historia de mi madre.23550339_10155734987547295_2923307979964286271_o

Y los errores de mi madre

si pudiera.

Empezaría por nacer

y morir

en primavera.

Igual que las flores

más dichosas,

burlar con mi sol

el frío de los hospitales

de los velorios

de los encierros.

Tener colores,

compartirlos.

Tomaría,

si pudiera,

las mismas decisiones.

La rebelión

en su granja,

el amor convencido

la espera en silencio

los amigos.

Cantaría sus canciones,

con los exactos olvidos.

Caminaría a la Plaza

mil veces

lloraría a los míos.

Me tragaría el espanto,

si pudiera,

de ver sufrir a un hijo

y le daría palmadas

de bebé

de provechito

en la espalda adulta

si pudiera, eso haría,

como ella:

Que no duela.

Pensamiento mágico

Te estás duchando. Salís de la bañera y resbalás. Apenas te raspás la palma de la mano. Vas a dormir. Soñás con caídas. Caés de una moto, tropezás con una piedra, rodás por la escalera. Te despertás, desayunás, te vas. Jugás a la quiniela. Apostás el 56 a la cabeza, nacional y provincia. Mientras cenás, mirás el sorteo en Crónica. El niño cantor tararea el cincuenta y seis. Ubicación uuuu-noooo.
Estás viajando en colectivo. Atravesás el barrio de tu infancia. Apoyás la cabeza en la ventanilla sucia y cerrada. Mirás las veredas. Te acordás del pibe que se sentaba atrás tuyo en la primaria. Te preguntás si seguirá viviendo por allí. Se te viene a la mente su papá, que lo buscaba a la salida de la escuela con golosinas. Salís de una reunión de trabajo y te cruzás al pibe por el centro. Se abrazan. Le contás que pensaste en él y te acordaste del padre. Te cuenta que su papá murió hace pocos días.
Tu equipo juega el último partido del campeonato. Si gana por un gol, es el campeón. Están empatando. Te comés las uñas. Hacés cuernitos con las manos. Le das la espalda a la cancha. Sentís el grito de la tribuna. Minuto noventa. Gol.
Te duele la cabeza. Tomás una aspirina y te duele más. Te pesan los ojos. Llamás a tu prima para que te cure el ojeado. Le pedís que te explique cómo se hace. Te avisa que solo puede enseñarte el truco en nochebuena y que está prohibido repetir la fórmula en voz alta. Le cortás. Tomás agua. Bostezás. Ya estás bien. No te duele nada.
Ponen la torta delante tuyo. Te cantan el feliz cumpleaños. Te gritan que pidas tres deseos. No los decís porque es mala suerte y no se cumplen: los pensás. Cerrás un puño y levantás un dedo por cada anhelo. Con el pulgar, pedís dinero. Con el índice, pedís amor. Con el mayor estás por pedir paz en el mundo. Pero te acordás de Santiago. Pedís que aparezca. Soplás la velita. Recibís besos y abrazos.
Ya es otro día. Salís a la calle. Metés la mano en los bolsillos y encontrás cien pesos que no sabías que tenías. Sonreís. Te suena el celular. Llega un mensaje de cumpleaños tardío de la persona que esperabas. Sonreís más. Mirás a los costados. Mirás para arriba y para abajo, pero Santiago no aparece.
No aparece.
Santiago está desaparecido.
No sabés dónde está Santiago. Querés a Santiago de nuevo, con vida. Querés que aparezca Santiago. Te das cuenta que ese deseo sí se dice en voz alta. Más alta. No hay otra manera. Se escribe. Se escupe. Se exige. Más fuerte.
Gritás: ¿DÓNDE ESTÁ SANTIAGO MALDONADO?
Captura de pantalla 2017-08-31 a las 6.16.00 p.m.

Diálogo II

Ella dice:

Me mandaron una foto tuya por whatsapp. No sé quién te la habrá sacado pero me lo imagino. Estás en un lugar hermoso. Por el color del agua debe ser a la orilla de algún lago del sur. En la foto vos estás sacando fotos. O sea, no exactamente en ese momento: tenés la cámara en la mano y la cámara está prendida. Por el visor se ve un recorte del lago. Imagino que antes y después de ese instante disparaste varias veces. El paisaje amerita. Estás usando un buzo rayado, tipo el de Freddie Krueger. Podría ser un buzo que te compró tu mamá a los quince. Tal vez te lo compró hace poco tu mamá porque la verdad es que no te veo revisando percheros ni gastando plata en ropa nueva. Además, estás muy ocupado, me enteré.

Igual el tema acá es que en esa foto tenés puesta mi gorra. La gorra que me regalaste cuando volviste del primer viaje y que yo hace años estoy buscando. Me peleé con mi hermano, lo acusé de haberla perdido. La busqué en todas las casas en las que viví este tiempo. Le pegué a mi perra porque la vi con un retazo azul y pensé que la había despedazado. Y no, ¿sabés qué? Era un zoquete lo que me había roto, pero yo le pegué una patada que la dejó aullándole a la luna toda una noche. Ahora duerme en mi cama la perra. Todo porque pensé que me había destrozado la gorra que en definitiva era lo único tuyo que me quedaba y resulta que la tenés vos. Vos. Limpita, como nueva, defendiéndote las pecas.

Decime dónde y cuándo te veo así me la devolvés.

Él dice:

La gorra está limpita y como nueva, porque es nueva. Viajo seguido. Ya te lo deben haber contado. No sé quién te mandó la foto, pero me lo imagino. Igual si querés nos vemos.lake

Temporada – Cap. 1

Estoy parada en la rambla que mandó a construir Mariano. Me agarro fuerte de la baranda porque cualquier viento podría llevarnos hasta la otra playa, a mí y a las maderas que deben ser las más baratas que consiguieron en la Muni con el aserradero amigo. Parecen maderas para prender un fuego o hacer manualidades en la escuela. No creo que esto siga en pie para la próxima temporada. Tal vez sí, pero cuando empiece a llegar la gente esta pasarela va a aguantar como mucho una quincena.

 

Me22375_226836262294_4254170_n abriga la última bufanda que tejí. Me tapo la garganta, el resto del cuerpo lo tengo acostumbrado. Vine a verlo entrenar, a veces me gusta hacerlo. Él corre desde el muelle y se va haciendo más grande. Emerge por la bruma que se forma a esta hora. Corta esa bruma y la deja atrás. No esquiva la marea, pisa la orilla descalzo y en línea recta, bien recta, como si el mundo fuera de verdad un cuadrado de cartón sostenido por elefantes y tuviera un borde por el que caerse al que desafía pasándole finito y en paralelo. Yo cuento en la cabeza los segundos que pasan y apuesto cuánto va a tardar en llegar desde ahí al parador blanco. Siempre tarda menos de lo que pienso.

Cuando corre se ve más joven, pierde la expresión de pescador sin pique con la que desayuna, gana una serie de gestos agradables. Cuando corre se parece más a él mismo, al tipo que veo en las fotos que son de cuándo solo lo conocía por fotos. Sonríe: creo que también apuesta cuánto tiempo le llevará hacer esos metros y celebra en silencio vencer sus marcas. Se le tensan los músculos de las piernas y podrían ser las piernas de un futbolista profesional o de un stripper de Capital. Como es mi papá, alejo rápido la imagen del stripper sacudiendo la cabeza y la bufanda. Pasa por delante mío, nos separa un montón de arena pero me clava la mirada, su cuerpo avanza y ya no mira adelante, tampoco tiene con qué tropezarse,  podría correr con los ojos cerrados. Sostiene el cuello hacia atrás mientras sus piernas siguen  y lanza una carcajada que no oigo pero puedo ver escrita como en un  diálogo de historieta. Corre todavía más rápido, se besa la mano y me tira el beso. Yo odio ese gesto, porque se parece al de Julio, cuando me tiraba besos sin que mamá lo viera y salía rápido por la puerta de Agüero. Odio ese gesto pero no se lo digo a mi papá, porque tendríamos que hablar de un montón de cosas.

Diálogo

—Che, ¿qué onda? ¿No escribís más, vos?

—Sí, sí. Escribo. Pero viste que mucho tiempo no tengo, a veces se complica.

—Qué boluda, después te quejás. Estaba bastante bien lo del blog, no lo abandones.

—¿Te parece? ¿Seguir con el blog? ¿No es medio 2004?

—La verdad que sí.

—…

—Es lo que hay. Tampoco sos tan buena. Aprovechá que así te leen dos o tres. Yo te leo.

—Gracias.

—¿Tenés algo para publicar? Subilo hoy. Llueve, no sale nadie, hay mucha gente sola. Tal vez te leen un par más.

—Mmm…no se me ocurre nada. Estaba con la historia de Carlos, que es el gato de una amiga de una amiga. Un flash. Lo rescató en la escena de un crimen. Creo. Bah, no sé. Pero es viejito, y discapacitado…

—No, no me gustan los gatos.

—Ah. Bueno. Igual estaba bloqueada. No la seguí.

—¿Por qué no posteás ese cuento que leíste en el taller, el de la mina que hace caca cuando…?

—¡Ni loca! Lo leen mis tíos el blog. Y mi papá.

—¿Viste? Somos más que dos, entonces.

—Al final me metiste fichas y no me tirás un centro.

—¡Ya sé! Tenés que terminar el cuento de la corista. A ese si le das una vuelta de tuerca le podés sacar el jugo.

—Lo tengo que trabajar mucho, ni ganas.

—Metete en Facebook y escribí sobre algún contacto. Siempre hay algún patético del que hablar.

—Esos se cargan solos.

—Inventale una trama al que sube fotos de quesos.

—Me da hambre.

—¿Una historia de amor entre esa que era medio macrista y el ultra-k que armaba esos memes horribles?

—No me quedan más contactos macristas.

—Eso es lo que vos creés.

—Es lo que elijo creer.

—No funciona así. Además, mostrás la hilacha: sos intolerante.

—No voy a tolerar que me digas eso.

—Sos muy prejuiciosa.

—Hay que ver dónde se para uno para decir eso. En definitiva el prejuicio es estadística aplicada.

—Seguís sin escribir.

—Estamos hablando.

—O no.

—Sí. Esa raya que hay delante de cada línea es un guion de diálogo.

—¿Y?

—Es el signo que demuestra que esta es una intervención mía.

—¿Y esta?

—Tuya.

—Igual guion va con acento en la o.

—No. Chequealo en la web de la RAE.

—Ahora la señorita está atenta a las reglas ortográficas.

—No entiendo la agresión.

—Qué sensible, ¿estás indispuesta?

—No. Podrida. Vos me tenés podrida.

—En el fondo me querés.

—El tiempo lo dirá.

—Podés escribir sobre el tiempo.

—Toda escritura es sobre el tiempo. Por eso es inabarcable e infinita.

—En tu caso, parece que se termina todos los días. Finita.

—El límite que impone la capacidad.

—Eso lo dijiste vos.

 

La corista

 

Lo bien que hacía la madre de Sole en estar atenta y preocupada. Una cosa era el coro, con todos chicos y chicas de la misma edad, del barrio, de la parroquia. Otra cosa. Otra cosa. Otra cosa era la banda.

En la banda Sole era la única mujer. A la madre no le gustaba nada. Y eso que la madre no sabía ni la mitad del asunto, porque si hubiera estado enterada habría hecho lo que cualquier buena madre: encerrarla hasta que reflexione, se arrepienta y pida perdón.

 

—No. No me sale. Ni ganas.

 

 coristaaaa

 

 

 

 

 

 

 

 

Pequeño ejercicio sobre algunas instituciones

1.

Le pido a Lorante permiso para ir al baño. Desde la puerta del aula le hago una seña a Anto para que me acompañe. Ella ya sabe pero se hace la concentrada en las ecuaciones y mira fijo el pizarrón. Agito las manos intentando que Lorante no me vea y Antonella reaccione. Ella me pone cara de qué hambre y se levanta. Escucho desde el pasillo como Lorante le dice que así vos y tu amiguita no van a aprobar nunca y Antonella le contesta con toda simpatía que no le importa, que ella va a ser actriz y  matemática no le va a servir para nada. Lo deja balbuceando algo como estás equivocada matemática sirve para todo. Pega un portazo, me agarra de una manga y me arrastra diciendo apurate o este nos manda a marzo directo. Corremos. Ella corre tironeando la pollera de su uniforme para que parezca más larga.

Entramos al baño. Las dos tenemos cara de náusea. El olor es insoportable. Las monjas no le pagan hace un mes a las de maestranza, que improvisaron una huelga y toman mate en un cuartito. Nadie limpia.

Antonella me pregunta si no podía haber esperado al recreo. Yo le digo que me aguanté el pis toda la noche y que ni siquiera desayuné, que al recreo no llego. Las instrucciones dicen que bastan tres horas de retención, pero todo el mundo sabe que cualquier análisis importante debe hacerse con el primer meo de la mañana.

2.

Juli vino a vivir con nosotras cuando yo tenía cuatro años. La veíamos seguido, pero una noche llegó llorando desconsolada y se quedó para siempre. Traía una valija y una botella que abrieron con mi mamá (yo todavía le decía mamá).  Me quedé en el sillón acurrucada. Juli contó algo sobre el novio con el que vivía. Él no la quería más. De hecho la odiaba. Se tomaron la botella y mamá trajo otra de la cocina.  La terminaron y Juli no lloraba más. Yo me quedé dormida. Cuando abrí los ojos, Juli y mamá bailaban. Sonreí y me quise sumar, pero no lo logré. Ellas bailaban abrazadas. En la mesa ratona había cuatro botellas vacías. Ni siquiera me miraron.

3.

Salimos del baño. Antonella me pregunta cosas. Qué vas a hacer. A quién le vas a decir. En un claustro cruzamos a Sixta, la hermana más joven. Nos frena. Sabe algo. No. Quiere saber por qué no estamos en clase. Ya vamos, decimos. Caminamos en silencio al aula.

Suena el timbre. Salimos al recreo. Tomo agua mineral.  Antonella me abraza. Nos sentamos en un banco largo. Me dice que Mariana me va a matar, pero que tal vez Juli me ayuda. Antonella sabe, tiene razón. Les digo que por ahora no voy a contarles nada.

4.

Durante la primera época para los vecinos del edificio Juli era una amiga de la familia o mi mamá les decía que era mi tía. Después dejaron de preguntar. Más adelante mi mamá me dijo que Juli también era mi mamá, pero que eso no lo anduviera diciendo, menos en la escuela y menos que menos a mis abuelos, porque toda esa gente cercana a Dios no iba a entender nada. En casa sí: Juli podía darme órdenes, retarme o controlarme la tarea como hace una mamá. Esa época era confusa. No entendía cómo todo eso podía ser un problema para nadie ni que tenía que ver Dios, si nosotras le rezábamos casi todas las noches. Y lo que no comprendía ni un poco era cómo Juli podía ser mi mamá y al mismo tiempo no serlo.

Yo era chica pero decidida: le saqué el título a mi madre y empecé a llamarla Mariana. Si ella y Juli iban a tener las mismas obligaciones, que tuvieran también, o no,  los mismos privilegios.

Juli era la que me leía todas las noches. Mariana trabajaba más horas, me traía regalos (cuanto más tarde llegaba, más grandes los regalos) y  era la que más me retaba.

Todos los viernes y sábados y algunos otros días de la semana la mesa ratona se llenaba de botellas vacías y ellas bailaban. A veces yo también. Al otro día ellas dormían o vomitaban. Yo tiraba las botellas en bolsas gigantes de nylon negro.

5.

Le pregunto a Antonella si puedo dormir en su casa. Pasamos por la mía buscar ropa. Juli está en el living. Me acerco a darle un beso y ella me olfatea el hocico. Piensa que estoy fumando. La que tiene ese olor es Antonella. Yo no fumo, ahora tampoco podría aunque quisiera. Juli sigue sospechando y me dice no seas boluda, que no te vaya a encontrar Mariana con un pucho.  Salimos y en el ascensor Antonella me reta. A Juli tendrías que haberle dicho algo.

6.

Las malas palabras las aprendí con Juli. Mariana también puteaba pero si me llegaba a escuchar a mí se enojaba muchísimo. En cambio Juli se reía y me apretaba los cachetes.

Las tres hablábamos de muchas cosas, especialmente durante las noches de botellas y baile. Casi siempre Mariana terminaba recordándome que lo que habláramos se quedara allí porque no en todas las casas se conversaba tanto y otras familias se podían ofender. Creo que lo decía por las familias de mis compañeras en la escuela de monjas a la que quiso mandarme. A mí me daba risa porque se refería a la escuela como si fuera un internado estricto y exclusivo. No. La verdad  es que es un colegio privado de barrio, ni siquiera tan caro, y para nada exigente. A ella siempre le pareció importante que yo supiera rezar, que le hiciera caso a la catequista y que no ofendiera a Dios.

Si no hacés nada que ofenda a Dios, va a estar todo bien.

7.

Los cuatro hermanitos de Antonella están merendando. La mamá reta a Antonella por no avisar que llegaba más tarde. La castiga pidiéndole que le cambie el pañal al más chiquito. Yo lo alzo. Huele peor que los baños del colegio. Lo llevo a upa hasta su cuarto. Antonella me dice al oído: andá practicando.

Acuesto al bebé en el cambiador. Saco el pañal y lo cierro con una mano. Con la otra le tengo las patas y le queda el culo sucio en el aire. Antonella me trae todo para limpiarlo. Me explica cómo hacerlo. Después de ponerle talco me quedo mirándole el pito al bebé. Con un algodón le rozo la punta y se mata de risa. Yo me río por primera vez en todo el día. Es un pito inofensivo.

8.

Una noche, hace un par de años, después de algunas botellas,  Juli y Mariana se sentaron para hablarme sobre sexo. No era la primera vez que salía el tema  pero me veían más grande y se preocupaban. Especialmente Mariana.

A medida que pasaban las copas, la conversación se ponía más explícita. Juli nombraba a las partes del cuerpo con las mismas palabras que usamos con las chicas de mi edad. Mariana insistía con las de diccionario: pene, vagina, coito. Juli me preguntó si me habían explicado en la escuela. Mariana dijo por supuesto que no, es un colegio de monjas, para esto nos tiene a nosotras. Después hizo fondo blanco con la última copa, me miró y me dijo que lo importante, lo verdaderamente importante, era que yo no fuese una puta. Juli puso la cara de qué hambre que siempre pone Antonella, y las tres estallamos de risa.

9.

Alzamos al bebé. Vamos al cuarto de Anto. Ponemos música. Yo bailo con el nene a upa.

No sé muy bien qué hacer.

10.

Hace unos meses les conté que me gustaba un chico. Que era divino. No era noche de baile y botellas pero  en silencio Mariana sacó un vino del estante y lo descorchó. Juli agarró su copa y me miró tierna con una sonrisa.  Yo no comenté más nada ni les hablé de cómo nos apretujábamos cuando me pasaba a buscar por la escuela. Mariana me dijo que ella no me podía prohibir tener novio, pero que la idea no le gustaba. Que los chicos te quieren solo para eso y después se borran y que hay que cuidarse y que es una distracción. Se puso a caminar con la copa de lado a lado y supuse que se había acordado de mi papá.

Yo les dije que siempre me portaba bien, que no podían decir nada malo de mí, que era buena alumna, que ni siquiera decía malas palabras (eso era un poquito mentira, Juli me relojeó de costado). Me enojé.

11.

Digo que Mariana me va a matar, que ella me manda a un colegio religioso y  yo le salgo con esto. Que al final es como dicen los del industrial: las que vamos al de monjas somos las peores. Y que ahora tengo que tomar una decisión o fugarme.

Con tanta mala suerte digo esto que la mamá de Antonella está apoyada en el marco de la puerta y me escucha. Hago como si no estuviera hablando de lo que hablo. La madre de Antonella le pregunta a la hija qué pasa. Antonella no le cuenta nada a la mamá pero tampoco le miente a la mamá porque en la casa de Anto, igual que en la escuela, mentir está mal. Como no se le ocurre nada, dice en voz alta: Celeste está embarazada. Y me señala con el dedo como si la madre no supiera que yo soy Celeste.

12.

Hasta hace un tiempo escuchaba a Mariana hacer ruidos. Yo creía que eran ruidos que hacía por hacer cosas con Juli, pero una vez dejaron la puerta abierta y la vi llorando y rezando.  Me pregunté cómo hacía Juli para aguantarla.

13.

Varias hermanas me rodean en el despacho de la rectora. Reconozco a Sixta porque es la más joven. Las otras me parecen todas iguales.

Me interrogan. Buscan saber si es cierto lo que cuenta la madre de Antonella. Quiero mentir pero mentir está mal. Les digo que sí. Empieza el sermón. Pecado. Decepción. Carnal. Colegio. Expulsión. Me dicen que van a tener que hablar con mi madre.

¿Con cuál de las dos?, les pregunto.

14.

Yo siempre le contaba a Juli que en el colegio las monjas y las preceptoras me miraban raro. Ella me decía que no había sido su decisión mandarme ahí y que a Mariana no le pudo sacar de la cabeza la idea de la escuela privada y católica, porque pensaba que en las públicas y laicas no se ponían límites y que cualquier niño o adolescente los necesita y ella sola no iba a poder.

15.

Llueve. Salimos con Juli a buscar un taxi porque pedirlo por teléfono es imposible. Pisamos baldosas flojas y mi paraguas se da vuelta con el viento. Caminamos hasta la esquina. Le pregunto si sabe cuánto reposo voy a tener que hacer. Me dice que vamos a hacerle al médico todas las preguntas. Yo quiero que todo se termine y empezar en la escuela nueva. Vemos venir un taxi por la avenida. Le digo que no lo pare y que no se enoje, pero que volvamos porque quiero que me acompañe mi mamá.

.monjita