Selva en la selva (intro)

10358920_10153916191507295_840543915951211782_oEste hermoso experimento arrancó con una idea de mi amigo @FernandoSawa. Él, además de ser mi vecino, es director de arte. Un ilustrador del carajo. Los dos, juntos, queremos hacer un libro para chicos. Y en eso estamos. Acá, una de las bellas imágenes y el comienzo:

               Diciembre es el mes favorito de los chicos de Tierra Cálida. No importa que haga aún más calor que de costumbre y que los mosquitos piquen a toda hora. Tampoco son problema los éxamenes de fin de año: con un poco de esfuerzo y algo de matemática, se garantiza un verano lleno de juegos y aventuras.

              En diciembre los colores de Tierra Cálida anuncian fiestas interminables, y hasta los bichos y animales del lugar se dejan ver como nunca. Se pasean por esos suelos rojo fuego y por los miles de  verdes  que regalan las ramas de los árboles. Todos están preparándose para festejar. Llegan la navidad, el año nuevo, las celebraciones a la Madre Tierra, las ofrendas a los Dioses de los bosques y las selvas y el aniversario del pueblo. Durante las fiestas, todos son iguales: los chicos, los padres, sus patrones, los maestros, el Señor Intentente. Todos son hijos de ese aire húmedo y caluroso.

*

              Transcurría el último día de clases y en la única escuela de Tierra Cálida se respiraba el encanto de  las vacaciones que llegaban. Como todo el año, el aula de tercer grado era la más ruidosa, porque Bruno y Tomás saltaban de banco en banco cantando como en la cancha y sus compañeros se mataban de la risa. Isabel dibujaba historietas, Lucas hacía jueguito con una pelota de papel y  Lara escuchaba atenta las indicaciones de la maestra. En el recreo, todos conversaron sobre sus planes para el verano y acordaron encontrarse en el gran festejo de Año Nuevo. Lara escuchó de costado. Por supuesto que iba a ir con su familia, pero ella era muy tímida y si pudiera, elegiría quedarse en su hamaca leyendo.

             Todo esto sucedía cada diciembre. Pero ese último día de clases, fue distinto.

Media hora antes de que suene la campana, la Señora Directora entró al aula con una chica de su mano. Pidió silencio, y mirando a todos los alumnos de tercero, dijo:

  • Chicos, les presento a Selva.

Una compañera nueva, minutos antes de terminar las clases.

Toda una sorpresa, que no sería la única. Porque ese verano, además de

calor, bichos y fiestas, en Tierra Cálida  hubo sequías, inundaciones, tornados y hasta tormentas de nieve. Eso sí que nadie se lo esperaba.

*

                Bruno y Tomás, que hacían todo juntos, lanzaron una carcajada que se escuchó del otro lado del arroyo. Uno de los dos gritó: ¨Selva se llama, ¡acá en la selva””. Y ahora se reía el salón entero.

               Para Lara, era el nombre perfecto: Selva se llama. Con esos ojos grandes  rasgados como los de un lince, y ese pelo interminable que parecía la copa de un sauce llorón.

 

El beso y la pared

(una versión no tan exagerada sobre un primer beso, a la distancia)

              Nicolás es músico y escribe, asumo que no vive de eso y tiene algún trabajo aburrido para mantenerse, está casado con una abogada que no ejerce y que decidió dedicarse a la pastelería, no tiene hijos, a esta altura supongo que estará buscando. No lo veo desde octubre de 2001. Una tarde lloramos y nos gritamos con insultos en la placita Martín Fierro, nos cruzamos a los dos días en un recital de Bunbury sin saludarnos y no volví a verlo ni de lejos. Todo lo que sé sobre él es gracias a mis esporádicos googleos que arrojan como resultado perfiles en redes sociales, cuentos en blogs de editoriales under y videos en los que canta y toca siempre un instrumento diferente. Nicolás es muy talentoso. Yo hago todo lo que hago pensando en que algún día él va a opinar lo mismo sobre mí.

             Con Dani hicimos juntas toda la primaria, pero nos volvimos inseparables durante 1994, en en séptimo grado. Creo que cuando nos dimos cuenta de que algo se terminaba, que la secundaria se nos venía encima y que ya no compartiríamos los mismos espacios con la misma gente, nos aferramos a los que más nos divertían. Nosotras juntas éramos imbatibles. Las más graciosas, lejos. Caraduras e inteligentes. Nos quería todo el mundo.

             Ese año nos fuimos de viaje de egresados. Cuando llegamos al hotel en un pueblito de Córdoba nos encontramos con los otros huéspedes: chicos de un barrio casi como el nuestro, pero de colegio privado. Nosotras, las chicas de  guardapolvo blanco eterno (no hacía falta tenerlo puesto), nos morimos de envidia con la ropa de marca de aquellas y, especialmente, con los suspiros y las pajas que aquellas provocaban en nuestros compañeros.  De todas, igual, Dani era la más despreocupada. Ella tenía novio y si algo le iban a sobrar  en bailes y excursiones, eran besos.

             Una mañana el bondi que nos llevaba a Carlos Paz se descompuso. Nos bajaron y nos repartieron en los otros micros que hacían el mismo paseo. A mí me tocó subirme al de los chicos de Flores.  Me senté adelante con mucho fastidio. Habíamos estado cantando “ya todos saben que el profe no la usa, junta pelusa, junta pelusa” y otros hits escolares. Ahora éramos diez de visitante contra treinta locales que se dedicaron a gastarnos todo el camino.

             La cosa se puso áspera. En el que probablemente fue el último de mis actos de valentía en la vida, me paré y caminé por el pasillo hasta el fondo. Los encaré, solita, con una serie de bajadas morales del tipo “vinimos a divertirnos”, “no les hicimos nada” y “podemos ser amigos para disfrutar los días que quedan”.

             No funcionó. Pero entre todos los inadaptados, yo vi a uno, callado, que me miraba y me sonreía. Nunca jamás me había pasado lo que me pasó en ese momento: ya estaba enamorada de Nicolás.

             Nos pusimos de novios a la vuelta, en un bar de Rivadavia, delante de un par de sus compañeras. Él intentó darme un beso para cerrar el trato, pero yo le corrí la cara. Volví a mi casa en el 134, más tarde de lo prometido. Mi mamá me retó y yo le mentí. Le dije que me había quedado con mis amigos de siempre haciendo una tarea.

             Así, pasaron dos, tres, quince salidas. Yo bajaba en Goyena y Curapaligue y lo encontraba con su uniforme, que olía a jabón líquido, como recién salido del laverrap. O lo esperaba en la plazoleta, para dar vueltas caminando lento, de la mano. Hablábamos de todo, pero especialmente hablábamos del beso que no llegaba. Él ya tenía algunas experiencias y me decía, paciente,  que no era gran cosa, nada difícil.

             Yo venía preguntándole a Dani por los besos, la lengua, las mordidas. Ella se reía y no podía creer que todavía no lo hubiera intentado.

             Un mediodía, a la salida de la escuela, me propuso vernos a las cuatro. La cita sería en el monumento del Patricio, en el medio del parque. Ella me contaría todos los secretos sobre besar. Me pidió que no invitáramos a nadie más y me dijo que no debían vernos ni escucharnos. Algo de tanto misterio me alteró.

            A la hora señalada, me paré a la sombra del monumento, casi tan dura como el patricio. Pensé en cuánto extrañaba a Nicolás. Llegó Dani.

            El primer beso no te lo borrás más, me dijo. Se estaba tomando el trabajo de tener una conversación en privado, de aconsejarme. Pero por dentro pensé chocolate por la noticia, eso lo sabemos todos. Yo necesitaba otra cosa: técnicas, estrategias, cuestiones sobre el aliento y qué hacer con las manos.

            El primer beso no te lo borrás más, y a mí me lo dio mi tío, el de la quinta de Ramallo.

            Terminó de decir Ramallo y se le murió la sonrisa. Por un instante creí que se le moría para siempre. Miró para otro lado. Fueron dos segundos de silencio impiadoso, que nos atravesó, que congeló el aire de primavera. Ella lloraba y yo lloraba peor. Sin abrazos: me daba miedo tocarla.

            Se lo conté a una compañera, que se lo dijo a los papás de Daniela. Se lo conté a Nicolás, llorando. Y todavía con lágrimas y mocos le estampé un beso en el medio de la calle. Un beso tan potente que nos empujó a la pared. Sin manual de instrucciones le metí la lengua en la boca todo lo adentro que pude, le agarré la mano y la apuré debajo de mi remera.

            Me alejó con sutileza y cuando vio mi desconcierto, me abrazó muy fuerte.

            Ese día escribimos Ceci y Nico raspando la pared con una llave, en una fachada antigua.

            Pasé hace muy poco. Todavía se lee. La casa está en venta, seguramente la derrumben y hagan un edificio alto. No importa: seguimos todos estos años contra la pared.