El rito. -Una historia basada en un cuento de Mariana Enriquez. Bah, prácticamente un plagio (malo)-

 

Le digo a Marta que a Posadas no. Que por una vez seamos normales. Basta de tardes al borde de la tormenta, basta de ese calor insoportable (¡insoportable como ella!). Un hotel en Mar del Plata, playa, mate y alfajores. Marta me roza con su mano la mejilla y yo le corro la cara. Noto el esfuerzo que hace por disimular la tensión. Me dice que nos vamos a Posadas, que es la última vez, que nos van a ayudar con Miguelito, que ya no tiene fuerzas ni paciencia para llevarlo a la terapia. No quiero discutir: acepto.

Estamos en la ruta. Me aturden el motor del Peugeot, las indicaciones de mi cuñada, el zumbido constante de la voz de Marta en el oído y las preguntas tartamudas e inconclusas del nene. Soy un pelotudo que otra vez viaja a Posadas y que además, se olvidó de arreglar la manija de la ventanilla. No podría estar más encerrado.

Estamos en Posadas. Me saco la camisa. Me pongo las ojotas. Tardo cinco segundos en contestarle a Delia cuando me ofrece ¿tereré o cerveza, cuñado? Hago todo a propósito para molestar a Marta. Me mira mal y no me importa. Tereré y cerveza. Ninguno me saca el calor.

Les digo que estoy cansado por el manejo. Me voy al cuarto. Estoy en la cama, agradezco que no haya mosquitos. Escucho llorar a Miguelito. Escucho los murmullos de las tres hermanas brujas. Me enojo pero estoy agotado en serio; no me levanto. Pienso: habrán prendido inciensos, estarán los negros en ronda, pronto empezarán a sonar tambores. No. No les da para tanto. Me duermo.

Son las dos de la tarde.  A Marta la esperan las hermanas en el patio. Ella sale agarrando del brazo a Miguelito. Lo veo con el pelo mojado, peinado raya al medio. Parece otro pibe. Uno todavía más tonto.

Dice Marta: Nos vamos en la camioneta de Delia, no te molestes, es acá cerca, son veintidós cuadras, no sé a qué hora volvemos.

Bueno.

Paso una hora y media frente al turbo imaginando el rito. Es tu hijo, me recuerdo y me preocupo. Somos malos padres. Una hora y media; ya quiero pensar en otra cosa.

Salgo a la vereda. Saco del baúl del Peugeot la caja de herramientas. Arreglo la manija. Sonrío satisfecho.

Estoy por entrar a servirme algo fresco, pero veo a Miguelito en la esquina. Camina lento. Caminá más rápido, pienso. Explicame qué hacés solito y cómo volviste, pienso. Se para enfrente mío y yo me arrodillo. Me clava la mirada. Llora.

Miguelito llora y también grita. Se levantan algunas persianas. Salen vecinos a la vereda. Sospecharán que le pegué o que es un chiquito caprichoso. A mí no me importa y a Miguelito tampoco.

Yo no sé qué hacer. Nunca abrazo, pero lo abrazo. Lo dejo casi sin aire. Cierro los ojos y le prometo al oído: las próximas vacaciones, te llevo a la playa.