Cada navidad, un cuentito

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La madrugada del 25 Patricio bajó la escalera y desayunó agua. Lo ideal era consumir proteínas, pero tenía mucha sed. La noche anterior había prometido no matarse con el alcohol y así fue: estaba vivo.
Se sentía un poco lleno, apenas mareado. Aunque estaba preocupado por su primer día al mando de la playa, se notaba que no iba a hacer demasiado calor y eso significaba poca gente bañándose.

Salió y corrió hasta el muelle ida y vuelta.
Saludó al pescador misterioso que tiraba la red cuando aún no amanecía y devolvía al mar casi todo lo que enganchaba. Durante el tramo que separa el parador blanco del amarillo corrieron con él los perros de la mujer que siempre lee. Uno ladraba y eso le dio una pequeña puntada en la cabeza.

En el parador amarillo estaban los chicos de su edad: los que siguieron después del brindis y recién terminaban los festejos. Con entusiasmo se habían quedado a esperar la salida del sol y fue una estafa. Las nubes y la mañana fresca los fueron devolviendo a sus casas. Patricio recordó la navidad anterior en los médanos y se dedicó una mueca de orgullo.

Cuando estaba llegando a su puesto, le pareció ver a Lorena y eso, si no era un espejismo, era un milagro de navidad.
Ella tomaba mate. Estaba descalza, usaba un buzo con capucha. Seguramente nunca se había ido a dormir. Los lentes oscuros disimulaban el cansancio de los últimos meses y la última noche.

Se saludaron con un abrazo. Él le contó que le tocaba hacerse cargo del balneario por primera vez. Intentó caretear el miedo, pero ella se dio cuenta.
Se sacó el buzo, el pantalón de bambula y dio saltitos de espaldas hacia el mar.

Acá tenés: puedo ser tu primer rescate. Le dijo.

Kimio

 

I.

Estaba en la cama con Enzo, el más puto de mis amigos putos.

No podía dormir. Pensaba en la entrevista  que tenía al otro día. Recordé que me quedaban quinientos veintisiete pesos en la cuenta. Me inquietaba pensar que tal vez me habían descontado plata porque no pagué el monotributo o por no cancelar el débito automático de edesur. Vi la luz del cargador de la notebook en el suelo y no me importó pasar el cuerpo por arriba de Enzo y aplastarlo para agarrarla. Se puso como loca porque lo desperté. Yo me equivoqué tres veces con el password del homebanking, que ya no era conchuda, ahora era conchuda2012 y comprobé que sí, que me habían sacado ciento treinta pesos de un impuesto que no reconocí. Apagué la compu y respiré hondo como me enseñaron en meditación pero no medité ni puse la mente en blanco; pensé en conseguir el trabajo, en que me paguen por viajar y en los viáticos en dólares.

Se hicieron las 3 AM. Me tenía que levantar a las 8. Fui al  baño, decidí que era un buen momento para bañarme  y ganar tiempo. El agua salió muy caliente. Bien: el vapor siempre me relaja. Me enjaboné. Sin apuro.

Pero sentí algo raro en la teta.

No me enjuagué y salí del baño mojada con una toalla que apenas me tapaba. Me tiré encima de Enzo. Le agarré una mano y le pedí que me tocara. Le pregunté si notaba algo extraño. Pude ver cómo abrió los ojos. Tenés una bola en la teta, me dijo.

Pensé en la entrevista, en la bola y en el tiempo que podía llevar esa bola ahí y en el tiempo que había pasado sin tocarme y sin que me toquen.

Sumé motivos para estar nerviosa.

 

II.

¿Por qué querés trabajar con nosotros?

Pensé: porque pagan en dólares.

Dije: porque son una de las compañías referentes a nivel mundial y sería una gran oportunidad para crecer y desarrollarme.

¿Qué creés que podés aportar?

Pensé: Nada.

Mentí: Experiencia y entusiasmo por los nuevos desafíos.

¿Querés hacernos alguna pregunta?

Pensé: ¿Qué prepaga tienen?

Dije: No hace falta. Sé de qué se trata el trabajo y estoy ansiosa por ser parte de la empresa.

 

III.

Era malo.

Lo sospeché por la cara del pibe que me hizo la ecografía en la salita comunitaria.  Lo confirmé con su consejo: ver urgente a un especialista.

Le hice caso. Saqué un turno a las cinco de la mañana en un hospital. Hacía más frío en el pasillo que en la calle. Era la única rubia. Había mucha gente. Estaba sola.

Dije en ventanilla: es urgente. La recepcionista no me miró. Le pasé el estudio. Lo leyó. Me dijo: volvé mañana.

Es mañana. El médico es gordo. Muy gordo. Mira los análisis. Me pide que me saque la ropa de arriba. Estoy sentada con los pechos congelados. Él tiene las manos calientes. Me toca. Me lo confirma.

Me ocupo de los turnos, de los estudios de rutina. No se lo cuento a nadie. Hasta que me quedo sin plata.

 

IV.

Rechazo el trabajo. Empiezo el tratamiento.

Enzo me presta tres mil quinientos pesos. Juro voy a devolverlos. Ninguno sabe cuándo.

Pienso en Samantha de Sex and the city, la más puta de las cuatro putas de la serie: se agarra un cáncer que descubre cuando se quiere hacer las tetas.  Durante la quimioterapia  toma helado de palito con las amigas.

Miro la camilla de al lado: una vieja sin pelo con los ojos cerrados. Miro la camilla de enfrente: una vieja muy flaca sin pelo con los ojos cerrados.

Me clavan la aguja. Me pasan líquidos de varios colores. Me quedo dormida.

Llego a casa y pienso que no debe ser tan grave.

Duermo dos horas. Me despierta un dolor inédito. Vomito.

Vomito todo tipo de texturas. El desayuno, la cena, la comida de ayer. Pasa un rato y vomito la comida de anteayer y la de toda la semana.

Llamo a mi papá. Nos amigamos porque le cuento lo que me pasa. Llora.

 

IV.

Acepto que mi papá me pague las cuotas que debo en la prepaga y que su amigo el abogado Martínez Cappelo, que me miraba el culo de chica, presente no se qué papel para que  la prepaga me acepte.

Se me cae el pelo. Enzo me regala un gorro color mostaza porque va con mis ojos.

Voy a mi quimio nueva. Estoy en un sillón comodísimo y no hay otras pacientes. Acá sí que podría tomar helado de palito. Pero me quedo dormida y sueño con espejos en los que me veo hermosa.

 

 

Festejo

Tocan el timbre. Son los primeros invitados. Moni suelta la fuente de empanadas recién sacadas del horno y con el repasador en la mano va a abrir la puerta.

Llega la tía Elena. Me dice “estás más gordo”. No encuentro cómo negarlo. Tampoco encuentro forma de devolvérsela. Estás más vieja, pienso, pero le digo te cuelgo el saco.

Tocan de nuevo. Entran Ernesto y Sandra. Están separados: se sabe y se nota.

Llegan primos y sobrinos. Llegan Alicia y su nuevo novio. Parece policía, pero es encargado en un local de karaoke. Trae una máquina cuadrada con un micrófono. La máquina es un parlante. Hoy se canta, me dice. Qué pelotudo.

Moni pone en la mesa platos con chips de jamón y queso y botellas. Suena el timbre. Se fastidia. Camina y yo la sigo. Le pido que cambie la cara.

 

*

Cumplo noventa años. Lo estamos festejando. Es uno de los momentos más ridículos de mi vida, y eso que tengo noventa años. Llegan invitados: humanos que caminan, que hablan, que se bañan sin ayuda y me convierten en  un perchero del que cuelgan regalos que antes del estreno ya no sirven. Calzado para ir a ninguna parte y bufandas para abrigarme de un invierno que está lejos: más allá del umbral.  Discos de jazz que Moni nunca hará sonar. Cuadernos que serían útiles si pudiesen escribirse solos.

 

*

Tía Elena me avisa que Tío Julio no viene. Arma una oración que incluye las palabras derrame-fractura-milagro. Camino de costado. Me escapo de las novedades sobre viejos que se están mueriendo.

Tomo una cerveza fría. Tomo otra y otra más. Estoy un poco mareado.  Moni me suegiere que no tome tanto. No le hago caso. Honestamente no me importa.

Sandra está sola sentada cerca del pasillo. La miro mirándolo a  Ernesto. Él bebe rápido, como yo. Ella pone cara de asco.

Mi prima y su novia anuncian que van a tener un hijo. Los de la cara de asco son varios.  Yo me las imagino cogiendo. La oración de tía Elena ahora incluye las palabras moderno-pipeta-raro.

Mi mamá no pone ninguna cara. Imagino que le da lo mismo.

 

*

Llegó el momento. Ernesto trae uno de mis libros. Tose para llamar la atención.  Lee como homenaje fragmentos de mis cuentos. Cambia de hoja y de párrafos sin sentido y entona las frases como si fuera retrasado. Está borracho. No es el único. Todos lloran. Hay gente que no vino. Deben estar muertos.  El novio de Alicia busca un tomacorriente. Para enchufe de tres patas.

 

*

Cantan Sergio Denis, cantan boleros. Cantan “Moni, Moni” para que Moni se anime. Hoy está más tímida y callada. Sos casi de la familia, le digo. La empujo con una palmadita en el culo. Nadie se da cuenta.

Moni canta Gilda. Deja el micrófono antes de que termina el tema. Se acerca a limpiarle la boca a mi mamá.

Miro la hora. Quiero dormir. Alicia lleva la torta a la mesa: tiene el número 90 en velas de cera rosa.  Mi prima apaga la luz. Desafinamos el feliz cumpleaños. La vela la soplan los hijos y nietos. Son nenes. No están borrachos.

 

*

Desafinan el feliz cumpleaños. Me piden que piense tres deseos. No llego a elegirlos:  los chicos soplan las velas. Cierro los ojos. Uno: una hamaca y Duke Ellington. Dos: treinta y cinco años menos y escribir buena poesía. Tres:  que no me duela tanto. Sigue el festejo. No abro los ojos. Moni me da un beso en la frente, se sienta a mi lado y me toma de la mano.

No es el mejor momento.

los-amantesLa angustió ver así a Martín, pero estaba cagada de frío. Era una mañana helada y ella se había puesto un vestido corto que fue lo único elegante y negro que encontró. Cuando llegó, notó que todos tenían puesta la misma ropa que en el velorio y el aspecto de no haberse ido a dormir nunca. Se arrepintió. Tendría que haber insistido y quedarse a pasar la noche con él. Decirle acá tenés mi hombro, Martín. Yo te amo. Vas a salir de esta.

Él lloraba que daba miedo. Lola jamás había visto a un hombre llorar de esa manera.  Llevaba el cajón, iba al frente. No le dedicó a Lola ni una mirada y, en cambio, estiraba cada tanto el brazo que le sobraba hasta la espalda de Josefina, para darle un consuelo imposible, una muestra de apoyo porque ahí, en ese momento que nunca imaginaron compartir, no eran una ex pareja. Eran padres que nunca entenderían, congelados para siempre como ese día.

Los pasos de Josefina se volvieron lentos, pesados. Lola caminó a su lado. Ahora no le temía. Josefina la ignoró, como la ignoraba el resto del cortejo. Preferían, seguro, que ella no estuviera.

El cura que ofició la pequeña ceremonia fue el mismo que los había casado. Habló de Martín y Josefina, del amor que se tenían desde siempre y el amor eterno de ese ángel que nacía. Todo era horrible. No tan horrible como las muertes de Tablada o Chacarita, pero horrible. Lola procuraba mirar a Josefina con dulzura, compasiva, cómplice. El momento perfecto para mostrar las mejores intenciones.

Cuando todo terminó, con una lluvia de flores (rosas, margaritas) y aullidos desconsolados, Lola se acercó al cura.

– Santo Padre – le dijo inclinando la cabeza.

– Solamente Padre, hija.

Se presentó y mientras todos caminaban para volver a sus casas (esos lugares nuevos), Lola lo retuvo y le confesó que no creía en Dios como su Martín pero que le gustaría saber si Dios podía bendecir el amor que se tenían.

– No es el mejor momento.

Lola se ajustó la bufanda y caminó. Quería llegar primero a la casa de Martín y esperarlo con un té, o con algo bien caliente.