Despojo en La Habana

En 2008 hicimos con Diego un viaje de hermanos. A Cuba, un destino que soñamos juntos y por separado, que imaginábamos lleno de música e historia.
Antes de viajar leímos (sobre la Revolución, sobre el Che, a Marti). En el avión no pude ver la peli que pasaban porque no me andaban los auriculares y para seguir con la racha pedí carne y ya no quedaba. Nos reímos de mi mala suerte.
Llegamos a una casa en la que creíamos que nos esperaban, pero los supuestos anfitriones no tenían idea. Entregamos una carta en la que un cubano de acá le rogaba a unos cubanos de allá que se encargaran de nosotros. Nos instalamos en un departamento gigante, parte de una casona del Vedado. A la mañana siguiente salimos con nuestra cámara de rollo y las pieles pálidas. Hablamos con un montón de gente, caminamos por el malecón. Esa misma noche nos percatamos de que algo no andaba bien.

En un confuso episodio, habíamos perdido el 95% de la plata que llevamos: ahorros, aguinaldo. Yo lloré (lágrima gorda), mi hermano golpeó con el puño una mesa. Los dos estábamos desolados, heridos en el orgullo de pibes de barrio que la tienen atada. Tanto que al otro día intentamos cambiar el pasaje y regresar a Buenos Aires. La aerolínea no lo permitía. Era el único lugar en el que nos servía la tarjeta de crédito. Me senté en una escalerita a putear por mi suerte y se largó a llover. Nos quedaban más de dos semanas: chau excursiones a los Cayos, chau tragos en el Nacional, chau escala en Perú “y tal vez nos quedamos a conocer”.

Cuando nos asumimos así, varados en una isla, volvimos a la caminata. Y de a poco, La Habana fue La Habana.
Nuestra vecina molía café y tenía montones de revistas de los 40 y 50. Cuando se enteró del percance, nos dijo dónde comer, dónde comprar, nos hizo café. Fuimos a los mercados, vimos las libretitas, abarrotamos la cocina de arroz, aprendí a hacer plátano frito, comimos fruta. Encontramos un bar que vendía Heineken y pecamos. Con el correr de los días hicimos cuentas. Nos mandamos a las playas del este, Santa María, las playas de locales. Tomamos mojitos en vasos de plástico mirando el mar más turquesa que habíamos conicido. Tomamos mojitos en los bares de La Habana vieja. Yo leí sin parar, me enamoré de Hemingway en ese viaje. Diego se copó con libros sobre Fidel. Un chico le preguntó cuánto había pagado por sus tatuajes. Comprobamos eso de las escuelas y hospitales para todos. Escuchamos música: el que toca lo hace bien. Yo bailé con un negro altísimo. Sacamos las fotos obligadas. Nos despertó cada día el sonido de FM Taíno levantando noticias de Radio Rebelde desde un minicomponente sin cd. Cada frase en las paredes nos dejó pensando.
Lo último que nos quedaba lo gastamos en comprar regalitos: cuadros, un dominó. La dueña del departamento me mandó una carta porque supo que yo trabajaba en la tele. La carta era para Mirtha Legrand.
Nuestros viejos nos esperaban en Ezeiza y después de las bienvenidas, contamos la anécdota del despojo. Yo la repetí en cada encuentro con amigos.
Siempre con humor y detalles. Tal vez para sentirme menos boluda.
Pero fundamentalmente para hablar de lo extraordinario, de las cosas que nos trascienden. De la vecina con café y revistas. De las percusiones y el mojito. De la ciudad maravillosa que nos devolvió bronceados por su sol y felices por su historia.

Italia

Recorrí la mitad de Italia y no me acuerdo casi nada.

La primera vez fui con mi amiga Pitu. Yo estaba en mi “año francés“, viviendo junto a Solcito en París, trabajando como niñera. Me tomé las vacaciones para conocer Roma, Venecia, Pisa y Florencia. Un circuito clásico, durante uno de los veranos más calurosos de la historia de Europa.

sienaPitu viajó desde Buenos Aires y trajo con ella mapas y guías. También una bolsa de ropa nueva que Silda y mi mamá nos enviaban porque habíamos engordado y no nos entraban los pantalones, y videos y cartas de nuestros amigos (incluyendo un compilado de los hits del 2003 armado en CD por Ernesto). Además, llevó las ganas de verme. En el aeropuerto ella, mi amiga punk, medio que lagrimeó a la hora del reencuentro y del abrazo.

La pasamos como la pueden pasar dos chicas de 22 sueltas y sin responsabilidades en un lugar caótico e intenso. Siempre tuvimos de qué hablar, sacamos fotos con la cámara de rollo, tomamos cerveza con las piernas colgando sobre el Gran Canal, fuimos a los museos, vimos al Papa JP2 (?)  y reflexionamos sobre la importancia de los ríos y los puentes en las capitales más del mundo.

También miramos para adelante y nos contamos qué esperábamos del futuro.

Durante ese año y particularmente esas vacaciones, yo supe que quería viajar. Era mi debut tan lejos de casa y me gustaba (porque total, la casa de uno nunca se va a ningún lado). La mayor parte de la gente tiene ese sueño. Yo me propuse trabajar para viajar y viajar para trabajar.

Ese deseo de la vida se me cumplió. Poco después de regresar a Buenos Aires entré a laburar para un canal de gastronomía y viajes. Y, efectivamente, los aviones me llevaron un montón de lugares impensados. No me podía quejar.

A pesar de los momentos maravillosos, con el paso del tiempo empecé a cansarme. No estaba cómoda en mi trabajo, quería crecer, hacer cosas nuevas, volver a dedicarme a algunos temas postergados. Los viajes de laburo eran cada vez más estresantes y agotadores y para colmo me mataba la culpa (¿no tenía el mejor trabajo existente?). Tomé la decisión y me busqué otro sueño.

Justo ahí,  surgió el último viaje: Italia.

Como había pegado un par de hits para el canal, les pareció que lo tenía que hacer yo. Y un poco por mis ancestros, el apellido, el viaje con Pitu y el recorrido, me tenté.

Má sí. Lo hago.

Me embarqué en la preproducción y todo fue entusiasmo.

Viajamos la noche del día en el que descendió River. Cuando llegamos a Roma, supe que la productora no me había depositado la guita para movernos y rebotó la tarjeta de crédito cuando fuimos a buscar el auto de alquiler. A partir de ahí, todo lo que podía salir mal salió peor.

Yo no fui la excepción.

Me enfermé como pensé que se enfermaba solo la gente exagerada. Ese cansancio al que no había escuchado, se convirtió en una hormiga en el cerebro. No pude dormir nada durante diez días y diez noches. Tomé las pastillas que me había llevado para el avión y aun así no lo logré. Cuando lo conseguí, amanecí meada. Una tarde en la camioneta creí que me había quedado ciega. No veía más que blanco. No encontraba los papeles, perdí mi cronograma, no tenía idea que había que hacer al otro día.

Cumplí 30 estando así, allá.

Yo, que festejé mi cumpleaños todos los años y había planeado para mis 30 la fiesta del siglo.

La noche anterior cenamos y la pasamos bien, mis compañeros camarógrafos me mimaron. Pero no fue suficiente. En criollo: se pudrió todo.

Mi jefa tuvo que viajar a cubrirme. Yo creí de verdad que me moría, no cazaba una. Pensaba que jamás volvería a trabajar ni de productora ni de nada.

En un momento empecé a llamar a Buenos Aires. Hablaba con mi mamá y mi papá. Hablaba de cualquier cosa. Lo llamaba a Pochi o a Sol o a Mome. Hablaba de cualquier cosa. Le escribí a Pitu y le conté que me había meado encima.

Necesitaba estar en casa.

Aventurera sí. Canceriana también.

Del resto, no recuerdo nada. Me aparecen flashes de comidas increíbles, de paseos por la Toscana, de un vino blanco. Miro los mapas y ahí registro que estuve en lugares espectaculares, que recorrí la mitad de Italia.

Cuando volví me sometí a una psiquiatra y a todo tipo de estudios.

Me recetaron un cuartito de alplax y vitaminas. Porque, claro, no tenía nada.

Lo que no creo que sea casual es haberme enfermado, de verdad, con biopsias y tratamientos, unos meses después. Ahí también estuvo Pitu y estuvieron todos.

Aunque parezca mentira, conseguí los trabajos que quise. De Italia se olvidaron, o no les importó, o me entendieron.

Ahora lo que deseo es volver a visitar Ancona, a Siena, a San Geminiano. Si alguien quiere acompañarme, bienvenido.  Mientras tanto, lo escribo, recordando la moneda y los deseos que arrojé en la Fontana di Trevi.

Mudar un piano

Rodolfo Luna era un tipo confiable, como lógicamente debe ser un tipo que dedica su vida a mudar pianos. Imagino que sabrán que él fue responsable del traslado del piano de cola original del Teatro Colón durante la inédita gira que Arrieta hizo por el interior del país. Una empresa épica.

Rodolfo no tocaba el ppianoiano, no entendía de melodías, ni arpegios ni sabía nada sobre ninguna música en particular. No tenía siquiera un tocadiscos en su casa y Arrieta para él no era más que un engreído con smoking que salía cada tanto en algunos diarios. De cualquier manera,  aquella responsabilidad fue enorme y Rodolfo Luna se dedicó a lo que mejor sabía: le hizo el amor al piano, con sus guantes esponjosos, con sus mejores hombres, con las sogas y las telas que lo cubrían cada vez que callaba.  Lo mismo hizo con los pianos de los edificios más importantes de la ciudad, durante sus casi cuarenta años de trayectoria, pero la gira de Arrieta fue legendaria.

Recordar la carrera de Luna me trae, inevitablemente, la amargura de su absurda muerte: la mano del operario resbalando de la soga. La caída desalmada desde aquel séptimo piso en Recoleta. El sonido del acorde más desafinado que jamás alguien haya oído. Morir por mudar un piano, cuando el piano cae sobre tu cabeza.

Me hice cargo del negocio tres meses después, en cuanto la Sra. Luna me dio permiso. Durante las primeras mudanzas alquilé un furgón. Al cuarto trabajo pude comprar el propio porque eran otras épocas. Incluso no levanté un piano más. Yo me limitaba a acariciarlos, a conocer el terreno, a medir los ambientes que esperaban el instrumento. Especialmente a hablar con los dueños, a veces músicos dotados, o melómanos.  Otras, caprichosos propietarios que se hacían de un piano como de un jarrón o una cabeza de animal embalsamada. A estos yo los odiaba, como los odiaba Rodolfo Luna.

Años después, en medio de una tarde de lluvia recibí en el galpón a la viuda de Arrieta. Por supuesto que yo no lo sabía, hubiera preparado algún tipo de bienvenida. Ella se presentó, curiosamente, como la Sra. Méndez  y solo dijo que necesitaba mudar un piano. Le pedí su dirección y recién supe quién era cuando fui a su casa a conocerlo. Contuve las ganas de hablar de su esposo y lo conseguí, hasta que ví un retrato de él tocando el piano original del Colón.  Le conté que yo sabía la historia del monumental traslado por el interior, que yo había conocido a  Rodolfo Luna.

Claro, dijo la viuda de Arrieta. Por eso confío en usted. Lléveselo.

Mañana mismo volveré con mis muchachos, pero necesito saber a dónde lo vamos a llevar.

La viuda de Arrieta miró por la ventana para avisar: ese no es mi problema. Y dejó ir su piano como dejó ir su apellido.