Mudar un piano

Rodolfo Luna era un tipo confiable, como lógicamente debe ser un tipo que dedica su vida a mudar pianos. Imagino que sabrán que él fue responsable del traslado del piano de cola original del Teatro Colón durante la inédita gira que Arrieta hizo por el interior del país. Una empresa épica.

Rodolfo no tocaba el ppianoiano, no entendía de melodías, ni arpegios ni sabía nada sobre ninguna música en particular. No tenía siquiera un tocadiscos en su casa y Arrieta para él no era más que un engreído con smoking que salía cada tanto en algunos diarios. De cualquier manera,  aquella responsabilidad fue enorme y Rodolfo Luna se dedicó a lo que mejor sabía: le hizo el amor al piano, con sus guantes esponjosos, con sus mejores hombres, con las sogas y las telas que lo cubrían cada vez que callaba.  Lo mismo hizo con los pianos de los edificios más importantes de la ciudad, durante sus casi cuarenta años de trayectoria, pero la gira de Arrieta fue legendaria.

Recordar la carrera de Luna me trae, inevitablemente, la amargura de su absurda muerte: la mano del operario resbalando de la soga. La caída desalmada desde aquel séptimo piso en Recoleta. El sonido del acorde más desafinado que jamás alguien haya oído. Morir por mudar un piano, cuando el piano cae sobre tu cabeza.

Me hice cargo del negocio tres meses después, en cuanto la Sra. Luna me dio permiso. Durante las primeras mudanzas alquilé un furgón. Al cuarto trabajo pude comprar el propio porque eran otras épocas. Incluso no levanté un piano más. Yo me limitaba a acariciarlos, a conocer el terreno, a medir los ambientes que esperaban el instrumento. Especialmente a hablar con los dueños, a veces músicos dotados, o melómanos.  Otras, caprichosos propietarios que se hacían de un piano como de un jarrón o una cabeza de animal embalsamada. A estos yo los odiaba, como los odiaba Rodolfo Luna.

Años después, en medio de una tarde de lluvia recibí en el galpón a la viuda de Arrieta. Por supuesto que yo no lo sabía, hubiera preparado algún tipo de bienvenida. Ella se presentó, curiosamente, como la Sra. Méndez  y solo dijo que necesitaba mudar un piano. Le pedí su dirección y recién supe quién era cuando fui a su casa a conocerlo. Contuve las ganas de hablar de su esposo y lo conseguí, hasta que ví un retrato de él tocando el piano original del Colón.  Le conté que yo sabía la historia del monumental traslado por el interior, que yo había conocido a  Rodolfo Luna.

Claro, dijo la viuda de Arrieta. Por eso confío en usted. Lléveselo.

Mañana mismo volveré con mis muchachos, pero necesito saber a dónde lo vamos a llevar.

La viuda de Arrieta miró por la ventana para avisar: ese no es mi problema. Y dejó ir su piano como dejó ir su apellido.

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