Italia

Recorrí la mitad de Italia y no me acuerdo casi nada.

La primera vez fui con mi amiga Pitu. Yo estaba en mi “año francés“, viviendo junto a Solcito en París, trabajando como niñera. Me tomé las vacaciones para conocer Roma, Venecia, Pisa y Florencia. Un circuito clásico, durante uno de los veranos más calurosos de la historia de Europa.

sienaPitu viajó desde Buenos Aires y trajo con ella mapas y guías. También una bolsa de ropa nueva que Silda y mi mamá nos enviaban porque habíamos engordado y no nos entraban los pantalones, y videos y cartas de nuestros amigos (incluyendo un compilado de los hits del 2003 armado en CD por Ernesto). Además, llevó las ganas de verme. En el aeropuerto ella, mi amiga punk, medio que lagrimeó a la hora del reencuentro y del abrazo.

La pasamos como la pueden pasar dos chicas de 22 sueltas y sin responsabilidades en un lugar caótico e intenso. Siempre tuvimos de qué hablar, sacamos fotos con la cámara de rollo, tomamos cerveza con las piernas colgando sobre el Gran Canal, fuimos a los museos, vimos al Papa JP2 (?)  y reflexionamos sobre la importancia de los ríos y los puentes en las capitales más del mundo.

También miramos para adelante y nos contamos qué esperábamos del futuro.

Durante ese año y particularmente esas vacaciones, yo supe que quería viajar. Era mi debut tan lejos de casa y me gustaba (porque total, la casa de uno nunca se va a ningún lado). La mayor parte de la gente tiene ese sueño. Yo me propuse trabajar para viajar y viajar para trabajar.

Ese deseo de la vida se me cumplió. Poco después de regresar a Buenos Aires entré a laburar para un canal de gastronomía y viajes. Y, efectivamente, los aviones me llevaron un montón de lugares impensados. No me podía quejar.

A pesar de los momentos maravillosos, con el paso del tiempo empecé a cansarme. No estaba cómoda en mi trabajo, quería crecer, hacer cosas nuevas, volver a dedicarme a algunos temas postergados. Los viajes de laburo eran cada vez más estresantes y agotadores y para colmo me mataba la culpa (¿no tenía el mejor trabajo existente?). Tomé la decisión y me busqué otro sueño.

Justo ahí,  surgió el último viaje: Italia.

Como había pegado un par de hits para el canal, les pareció que lo tenía que hacer yo. Y un poco por mis ancestros, el apellido, el viaje con Pitu y el recorrido, me tenté.

Má sí. Lo hago.

Me embarqué en la preproducción y todo fue entusiasmo.

Viajamos la noche del día en el que descendió River. Cuando llegamos a Roma, supe que la productora no me había depositado la guita para movernos y rebotó la tarjeta de crédito cuando fuimos a buscar el auto de alquiler. A partir de ahí, todo lo que podía salir mal salió peor.

Yo no fui la excepción.

Me enfermé como pensé que se enfermaba solo la gente exagerada. Ese cansancio al que no había escuchado, se convirtió en una hormiga en el cerebro. No pude dormir nada durante diez días y diez noches. Tomé las pastillas que me había llevado para el avión y aun así no lo logré. Cuando lo conseguí, amanecí meada. Una tarde en la camioneta creí que me había quedado ciega. No veía más que blanco. No encontraba los papeles, perdí mi cronograma, no tenía idea que había que hacer al otro día.

Cumplí 30 estando así, allá.

Yo, que festejé mi cumpleaños todos los años y había planeado para mis 30 la fiesta del siglo.

La noche anterior cenamos y la pasamos bien, mis compañeros camarógrafos me mimaron. Pero no fue suficiente. En criollo: se pudrió todo.

Mi jefa tuvo que viajar a cubrirme. Yo creí de verdad que me moría, no cazaba una. Pensaba que jamás volvería a trabajar ni de productora ni de nada.

En un momento empecé a llamar a Buenos Aires. Hablaba con mi mamá y mi papá. Hablaba de cualquier cosa. Lo llamaba a Pochi o a Sol o a Mome. Hablaba de cualquier cosa. Le escribí a Pitu y le conté que me había meado encima.

Necesitaba estar en casa.

Aventurera sí. Canceriana también.

Del resto, no recuerdo nada. Me aparecen flashes de comidas increíbles, de paseos por la Toscana, de un vino blanco. Miro los mapas y ahí registro que estuve en lugares espectaculares, que recorrí la mitad de Italia.

Cuando volví me sometí a una psiquiatra y a todo tipo de estudios.

Me recetaron un cuartito de alplax y vitaminas. Porque, claro, no tenía nada.

Lo que no creo que sea casual es haberme enfermado, de verdad, con biopsias y tratamientos, unos meses después. Ahí también estuvo Pitu y estuvieron todos.

Aunque parezca mentira, conseguí los trabajos que quise. De Italia se olvidaron, o no les importó, o me entendieron.

Ahora lo que deseo es volver a visitar Ancona, a Siena, a San Geminiano. Si alguien quiere acompañarme, bienvenido.  Mientras tanto, lo escribo, recordando la moneda y los deseos que arrojé en la Fontana di Trevi.

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