La pregunta de mis viernes

Todos los viernes L. me pregunta para cuándo el novio. Dice que es importante encontrar un buen muchacho y que yo soy una linda chica. Que me lo merezco. Que se me está pasando el tiempo. Es lo que le enseñaron a ella y lo que siempre le dice a sus hijas.

mate mal.jpgEsto sucede mientras compartimos la pava en dos mates. El mío, amargo, con la bombilla correntina de boca ancha. El de ella con azúcar, en el mate de madera, porque para amarga está la vida.

Hace treinta años L. conquistó el podio de “las chicas“ de mi bobe. Fue la que duró más de un mes y se quedó para siempre, porque además de limpiar bien, sabía de peluquería y no escatimaba en spray fijador.

Le nacieron los hijos y los nietos. Siguió trabajando, también, mientras hacía la primaria en una nocturna. La vimos esconder la cara con un ojo reventado porque el marido llegó borracho y justo, justito, se resbaló arriba de ella.

Trabajó con mi mamá. Con ella, los viernes, también se tomaban la pava en mates separados. Y también le preguntaba para cuándo el novio. A veces, si yo pasaba a saludar o a buscar algo de mi antiguo cuarto, me confesaba que, en realidad, ella quería que mi mamá volviera con mi papá.

L., no seas tan loca y no seas tan chusma.

Cuando murió mi vieja, en medio de la conmoción y la sorpresa, pedí que llamaran a L. Un instante ridículo y alienado. No pensé en avisarle: yo quería que limpiara la casa.

Del otro lado del celular, sonó un grito-desgarro.

Treinta años de mates.

L. viene a mi casa todos los viernes. A la pregunta de siempre le sumó las siguientes afirmaciones:

Ay, Paulita y el muchacho, qué linda pareja que son.

y

Qué bien está tu hermano con esa chica, eh.

Pero hoy  L. llegó con lágrimas vivas.

Su hija más chica se tajeó las muñecas. No es la primera vez. Lo hace porque “los hombres siempre la decepcionan“

L. ya está jubilada y sigue trabajando. Armó su casa, le hizo un cuarto a los nietos. Pudo alejarse del borracho que justo justito se resbalaba y la lastimaba. Logró que sus hijos terminen la escuela.

Yo creo que con algunos mates más, va a entender que es hora de dejar de preguntarle, al menos a su hija, para cuándo el novio.

El balcón de los pájaros

captura-de-pantalla-2017-02-22-a-las-7-00-47-p-m

La esquina de 24 de Noviembre y Cátulo Castillo está distinta.

Tiraron abajo los galpones que llegaban a Rondeau, la enredadera de la casa tapó completamente los muros y hace añares que cerró Esquina Sur: de la rotisería de los apuros queda solo el óxido en las rejas.

Ayer pasé. En la hora azul y después de la lluvia.

Me detuve en un detalle lleno de vida. Un sonido que no ha cambiado.

El balcón de los pájaros.

De un paso a otro, se escucha el canto polifónico de cientos de pájaros.

El cuello al cielo. Y  la adivinanza: ¿dónde están? porque son muchos, no se ven y ahí no hay ni un árbol.

Misterios del barrio.

Para mí, están en el balcón. Tal vez en la terraza.

Prefiero no saber si en una jaula o si andan sueltos. Me desafío a imaginarlos. Serán de mil colores. Es como una selva.

La sensación dura una vereda.

Después, dobla el 6 desde la avenida Brasil, y te llenás de sus ruidos y del barro que escupen las baldosas flojas.

Es como otra selva.

Y este temazo

Indio, Virginia, los fans, San Valentín y Facebook. Sí, todo eso.

captura-de-pantalla-2017-02-20-a-las-5-04-35-p-m
Uso facebook desde 2008. Mis compañeros de la secundaria ya me habían dicho que era ideal para mí, que se generaban reencuentros y un montón de ñoñadas a las que soy vulnerable. Pero concretamente abrí la cuenta para saber más sobre un pibe que tenía mega flechada a una amiga: googleamos su nombre y el único link que amarreteaba data era el que te llevaba a su perfil.
A partir de ahí, con intermitencias, me hice medio adicta. Armé grupos con los de la primaria y la colonia (sí, quiéranme como soy). Armé uno que aún administro, el del barrio: una locura imparable que resultó en conocer en la vida “real“ a muchos de mis vecinos. Lo uso para laburar o para compartir fotos con la familia en Israel. Miro videos, subo imágenes de (¡mis!) gatitos, difundo pedidos varios. Contacté a grosos con los que hice cursos. Le armamos con Dani el perfil a Checa y lo gastamos para la radio.
Escribo algunas cosas, chusmeo otras. Prometo no engranarme cuando me topo con un forista fascista modo on, pero no siempre lo logro y termino escribiendo con mayúsculas. Cuento a quién voto y también si voy a un recital. Descubro gente que escribe genial y acepto recomendaciones de series o películas. Como no tengo poder de síntesis y nunca invertí en smartphones de mil megapíxeles, es la red social que más cómoda me queda.
Sin mucho sobresalto, más bien desorganizada rutina. Hasta que apareció Virumancia.
-ALERTA: A partir de este párrafo, todo será y parecerá especulación, expectativa y exageración-.
Virumancia es la fan page que encabeza Virginia, la mujer del Indio Solari. El día que empezó a publicar me sumé, gracias a un posteo de un contacto que decía algo así como “ahora sí que Facebook tiene sentido“. Ya dije que iba a sonar exagerado, pero me temblaron las piernas. De un saque empezaron a aparecer retratos inéditos, fotos de sus perros, los rincones de la casa de mi héroe del rocanrolnenen. Virginia (¿Virginia?) comenzó a contestar a los seguidores y (decía y dice) a transmitir los mensajes que todos nosotros queríamos hacerle llegar al Artista Invitado, a Caballo Loco, al Monje Libertino y, claro, al Indio.
Estamos hablando (con los hechos) del tipo más convocante del país (supera a cualquier otro rockero, o cantante melódico o escritor o equipo de fútbol). De un chabón que dio poquísimas notas en su larga carrera y eligió vivir entre muros, haciendo música y familia puertas adentro. Un tipo que parece no tener muchos amigos ni haber hecho demasiadas migas entre colegas. Mucho menos contacto con sus fans. Y, de repente, aparece ahí, con discreta intimidad, a un click y una mujer de distancia.
Entro a Virumancia al menos una vez por semana. Hay cosas que me conmueven, y tienen que ver, sí, con el amor. Por un lado (aquí las especulaciones) pensar en la mujer de toda la vida. Imaginarla admiradora, acoplándose a las decisiones de esa suerte de semidios. Soñándola, al mismo tiempo, fuerte, decidida y fascinante (porque las genuinas musas del rock son así). Por otro, la emoción de los seguidores, verdaderos fanáticos que encuentran en ese espacio el lugar para volver literatura (popular, visceral) las sensaciones de cada misa pasada y la expectativa por las que vienen (el plural es una expresión de deseo).
En el medio de todo, más amor (o que no haya nada). Supongo que no es casualidad que Virumancia vea la luz poco después de que se haga pública la enfermedad del Indio. Hora de capitalizar en toneladas de afecto lo que el chabón sembró en canciones inconfundibles.
Hoy es San Valentín y me sorprende el cínico alboroto de las redes. La mercantilización exagerada del amor que hacen las marcas y los comercios, y el desprecio un poquito impostado de casados y solteros para dejar bien en claro que no hay nada que festejar.
Yo también pienso que el amor romántico es una especie de trampa. No porque no exista, si no por el peligro de creer que es lo único, que es la meta.Y por las condiciones que la historia impone (en especial, a las mujeres). Soy, además, muy vaga como para ser fan de cualquier cosa (hay que leer, memorizar, estar pendiente). Sin embargo, me movilizo con esos pequeños temblores que a todos nos produce la belleza de los buenos momentos. Que se pueden encontrar en las canciones, en los libros, en la cancha. Con tu chico, tu chica, tu perro, tu guitarra. Las que se hacen recuerdo. Y con los mimos, de donde vengan, que necesita hasta el más rey de reyes en su torre (o mi amiga, hurgando el perfil de su pretendido).