Indio, Virginia, los fans, San Valentín y Facebook. Sí, todo eso.

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Uso facebook desde 2008. Mis compañeros de la secundaria ya me habían dicho que era ideal para mí, que se generaban reencuentros y un montón de ñoñadas a las que soy vulnerable. Pero concretamente abrí la cuenta para saber más sobre un pibe que tenía mega flechada a una amiga: googleamos su nombre y el único link que amarreteaba data era el que te llevaba a su perfil.
A partir de ahí, con intermitencias, me hice medio adicta. Armé grupos con los de la primaria y la colonia (sí, quiéranme como soy). Armé uno que aún administro, el del barrio: una locura imparable que resultó en conocer en la vida “real“ a muchos de mis vecinos. Lo uso para laburar o para compartir fotos con la familia en Israel. Miro videos, subo imágenes de (¡mis!) gatitos, difundo pedidos varios. Contacté a grosos con los que hice cursos. Le armamos con Dani el perfil a Checa y lo gastamos para la radio.
Escribo algunas cosas, chusmeo otras. Prometo no engranarme cuando me topo con un forista fascista modo on, pero no siempre lo logro y termino escribiendo con mayúsculas. Cuento a quién voto y también si voy a un recital. Descubro gente que escribe genial y acepto recomendaciones de series o películas. Como no tengo poder de síntesis y nunca invertí en smartphones de mil megapíxeles, es la red social que más cómoda me queda.
Sin mucho sobresalto, más bien desorganizada rutina. Hasta que apareció Virumancia.
-ALERTA: A partir de este párrafo, todo será y parecerá especulación, expectativa y exageración-.
Virumancia es la fan page que encabeza Virginia, la mujer del Indio Solari. El día que empezó a publicar me sumé, gracias a un posteo de un contacto que decía algo así como “ahora sí que Facebook tiene sentido“. Ya dije que iba a sonar exagerado, pero me temblaron las piernas. De un saque empezaron a aparecer retratos inéditos, fotos de sus perros, los rincones de la casa de mi héroe del rocanrolnenen. Virginia (¿Virginia?) comenzó a contestar a los seguidores y (decía y dice) a transmitir los mensajes que todos nosotros queríamos hacerle llegar al Artista Invitado, a Caballo Loco, al Monje Libertino y, claro, al Indio.
Estamos hablando (con los hechos) del tipo más convocante del país (supera a cualquier otro rockero, o cantante melódico o escritor o equipo de fútbol). De un chabón que dio poquísimas notas en su larga carrera y eligió vivir entre muros, haciendo música y familia puertas adentro. Un tipo que parece no tener muchos amigos ni haber hecho demasiadas migas entre colegas. Mucho menos contacto con sus fans. Y, de repente, aparece ahí, con discreta intimidad, a un click y una mujer de distancia.
Entro a Virumancia al menos una vez por semana. Hay cosas que me conmueven, y tienen que ver, sí, con el amor. Por un lado (aquí las especulaciones) pensar en la mujer de toda la vida. Imaginarla admiradora, acoplándose a las decisiones de esa suerte de semidios. Soñándola, al mismo tiempo, fuerte, decidida y fascinante (porque las genuinas musas del rock son así). Por otro, la emoción de los seguidores, verdaderos fanáticos que encuentran en ese espacio el lugar para volver literatura (popular, visceral) las sensaciones de cada misa pasada y la expectativa por las que vienen (el plural es una expresión de deseo).
En el medio de todo, más amor (o que no haya nada). Supongo que no es casualidad que Virumancia vea la luz poco después de que se haga pública la enfermedad del Indio. Hora de capitalizar en toneladas de afecto lo que el chabón sembró en canciones inconfundibles.
Hoy es San Valentín y me sorprende el cínico alboroto de las redes. La mercantilización exagerada del amor que hacen las marcas y los comercios, y el desprecio un poquito impostado de casados y solteros para dejar bien en claro que no hay nada que festejar.
Yo también pienso que el amor romántico es una especie de trampa. No porque no exista, si no por el peligro de creer que es lo único, que es la meta.Y por las condiciones que la historia impone (en especial, a las mujeres). Soy, además, muy vaga como para ser fan de cualquier cosa (hay que leer, memorizar, estar pendiente). Sin embargo, me movilizo con esos pequeños temblores que a todos nos produce la belleza de los buenos momentos. Que se pueden encontrar en las canciones, en los libros, en la cancha. Con tu chico, tu chica, tu perro, tu guitarra. Las que se hacen recuerdo. Y con los mimos, de donde vengan, que necesita hasta el más rey de reyes en su torre (o mi amiga, hurgando el perfil de su pretendido).
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