Los amantes de Celestina Manzano

La abracé fuerte. Fue un abrazo solemne, sin sonrisas, en la esquina del consultorio. Yo la apreté con firmeza y hundí mi cara en sus hombros. Me daba culpa no tener dinero para prestarle. Tuvo que vender la flauta traversa.

Sacó de su bolso un sobre abultado que decía Sra. Angie  escrito con su letra. Me pidió que lo guardara y se lo diera a quien nos pidiera la plata. No sabíamos si Angie era la recepcionista o la esposa o la madre del doctor, pero Carolina estaba demasiado nerviosa como para hacerse cargo también del pago, así que agarré el sobre y me lo guardé en el jean.

El edificio tenía uno de esos portones de hierro y un gran picaporte dorado. Estábamos en el microcentro, bastante lejos de donde pensé que pasaban estas cosas. Nos abrió el encargado cuando nos vio dudar frente al portero eléctrico. Anunciamos que íbamos al tercero d y no nos echó ninguna mirada especial. El ruido del ascensor era insoportable.

La puerta la abrió una señora muy menuda que nos saludó con un beso y se presentó como Angie. Inmediatamente saqué el sobre. Angie me dijo que después arresantoglábamos.

En la coqueta sala de espera solo estábamos Carolina, Angie en su escritorio y yo. Nos sentamos en los sillones y Carolina sacó de la cartera la estampita de un santo. La besó y me pidió que la tenga y que le rezara. Yo de santos y rezos nunca supe demasiado. Este tenía un bebé en los brazos.

El doctor se asomó por la puerta. Aunque yo estaba más gordita enseguida supo que Carolina era la paciente y la hizo pasar al consultorio. A mí no me invitó, pero me paré y entré con ellos. El doctor hizo un chiste (“me imagino que no sos el padre“). No me reí ni un poco,  Carolina apenas.

Yo no le había preguntado a ella quién era el padre porque no quería incomodarla. Solo sabía que no era Leo.  Hacía muy poco que salían y estaba entusiasmada con la relación.  Esto era empezar con el pie izquierdo. Una cortina celeste muy finita transparentaba la camilla.

Después de explicar el procedimiento, el doctor me pidió que aguardara afuera.

Angie me ofreció un té. Tenía aspecto de haber sido deportista. La podía imaginar con ropa de atletismo, con el pelo canoso incluso siendo más joven, sujetado por una vincha de las que rodean la frente. Acepté y le pregunté si tenía limón.

Con la taza y su platito en la mano, caminé inquieta por la sala. Recorrí con la vista las paredes, con sus cuadros (el diploma del doctor, algunas menciones a sus trabajos) y las fotos. Todas eran de lugares (París, Mundo Marino), solo había un retrato. Una foto vieja que bien podría haber sido un dibujo.

Es Celestina Manzano, me dijo Angie. Partera rosarina ¿Sabés la historia?.

No, no sé de santos ni rezos ni parteras (rosarinas o de ninguna parte).

Sentate y terminá el tecito, que yo te cuento. Y ahí nomás abrió un cajón y sacó un libro, o un cuaderno, que no pude ver de cerca. En voz alta, leyó:

Celestina Manzano, dos veces viuda, de López primero y de Viale después, nunca se sacó su apellido. Ella decía que no era de nadie y lo de andar usando el nombre de un marido era como encomendarle la historia de una a cualquier diablo.  Eso entre las vecinas del barrio Godoy no caía muy bien, a pesar de que Rosario fue siempre una ciudad moderna y civilizada.  Eran otras épocas. A Celestina se la respetaba  con discreción, por este asunto del apellido y otras tantas opiniones que caían pesadas en las tribunas de la vereda, pero se la respetaba, digo, porque a las parteras se las considera siempre y bien: ella traía al mundo a los críos de la chusma de todas las clases.

            El problema era que Celestina tenía carácter duro. Una matrona enorme y adelantada, que se enfrentaba a los médicos de la provincia para conseguirle camas a las parturientas, cuando todavía era costumbre recibir a los nacientes en las casas. Se ocupaba también de aconsejar a las jovencitas sobre temas de los que no se hablaban, y eso no le gustaba ni a las doñas bien ni a las mujeres de los obreros.

            Y como si todas estas cosas no le valieran ya varios inconvenientes, Celestina tenía un secreto que no era tan secreto, ni en Godoy ni en ningún otro barrio de Rosario: después de enviudar de Viale, el segundo marido, Celestina Manzano se entregó  a los placeres de la carne.

            Se le atribuyeron trescientos quince amantes, entre solteros, casados, padres de las criaturas que ella ayudaba a nacer, profesionales y trabajadores del campo. Incluso se hablaba del párroco de Godoy, pero su séquito católico logró que eso dejara de mencionarse. Trescientos quince y en esos tiempos.

            Lo cierto es que Celestina imponía su temple también en el dormitorio, y adelantada como era, instruía a sus compañeros de turno en prácticas amatorias novedosas, con objetos, juegos de rol e incluso violencia.

            La población asumió que Celestina Manzano era infértil, pues parecía extraño que entre tanto paseo nocturno, y después de dos maridos, nunca hubiera tenido hijos. Pero si algo sabía Celestina era cómo evitar un embarazo y cómo tratar su anatomía.

          Entre rumores y mientras tanto, a la luz del día Celestina Manzano era para todos la mujer que ayudaba a otras mujeres a parir. Lo de los trescientos quince amantes se supo porque Celestina cometió el peor error que puede cometer la hembra caliente. Celestina Manzano se enamoró.

          Y el destinatario de ese amor no era otro que Benigno el boticario de la zona, con quien Celestina se encontraba por placer y por negocios al menos una vez por semana. Benigno, casado con una miembro de la Sociedad de Fomento, cometió el peor error que puede cometer el hombre infiel: una noche volvió ebrio a su hogar y le propuso una rareza a su esposa. Ésta se asustó de muerte y él reaccionó con enojo, enrostrándole que así era como lo hacía con Celestina Manzano.

            La mujer, furiosa, comenzó a decir en voz alta y en cada esquina lo que antes se susurraba: que Celestina Manzano era una persona de dudosa moral, y a eso le agregó la palabra rompehogares. La Sociedad de Fomento denunció ante las autoridades de salud que la partera era una ninfómana peligrosa diciendo tener la lista de los más de trescientos amantes que habían caído en sus redes.

            Los médicos tal vez por miedo a ver sus nombres en esas listas tomaron por válida la denuncia y le quitaron a Celestina Manzano su permiso para partos. Celestina se encerró en su casita de Godoy, donde jamás se volvió a ver entrar ni mujeres embarazadas ni varones impacientes.

Todo esto me leía Angie y yo ya me había tomado tres tés cuando quise preguntarle cómo había llegado esta historia a sus manos, pero justo se abrió la puerta y el doctor me dijo que ya podía entrar a ver a Carolina.

Me dolía un poco la cabeza, a Carolina se la veía peor. El doctor le recomendó que tomara agua e hiciera reposo, al menos tres días. Angie nos saludó a las dos con un beso y caminamos lento al ascensor. Abajo nos abrió el encargado que le dijo a Carolina “que te mejores“.

Cuando subimos al taxi nos dimos la mano y no hablamos hasta llegar a su casa. La ayudé a acostarse y le llevé agua. Prendimos la tele de su cuarto pero ya habían empezado los noticieros y los programas de archivo, no estábamos de humor para eso. Ella estaba atontada por la anestesia que le quedaba y dolorida por la que ya no le hacía efecto.

Habló después de un rato. Como queriendo reírse (o llorar, no sé), dijo que todo esto le había pasado por puta. Por haber estado con tantos tipos. Tantos que ni siquiera podía indicar quién la había puesto en esta situación. Que Dios no la iba a perdonar nunca.

Yo le dije que no creía que fueran tantos. Que muchos, lo que se dice muchos, habían sido los amantes de Celestina Manzano.

La invité a descansar, y ahí nomás le conté mi versión de la historia.

Últimas desmemorias junto a la ventana (Pablo y su papá)

 

–Pablo ¿te dije alguna vez que el otoño me pone nervioso? Es por el jardín. No soporto la incertidumbre de las hojas que mueren. Me da vértigo no saber si volverán a crecer, si las plantas reflorecen en los phelechoróximos meses o si quedan ahí las ramas, crujiendo para siempre. Mirá eso. Mirá el helecho. Esplendoroso. Parece plateado. Lo plantó tu abuela y…- dijo esto, lento, mi padre y siguió hablando pero yo estaba absorto con una caja de las pesadas entre las manos, por la sorpresa de que me haya llamado Pablo, y me hable de mi abuela y use la palabra esplendoroso. Me había reconocido después de muchas visitas, justo ese día, el último que pasaría en su casa, ahí junto a la ventana que da al jardín. Con las decisiones tomadas.

 

Tan sorprendido estaba que no pude disfrutar esa imagen absurda del vértigo frente al otoño y sus motivos. Me perdí el momento hasta que me subí al camión de la mudanza y se lo conté al fletero cuando se dio cuenta que tenía los ojos húmedos y me preguntó qué pasaba. Le dije después que los poetas vivimos de esos repulgues de la realidad: las miradas extraordinarias sobre las cosas ordinarias. El tipo me dijo que seguramente eso era una forma de decir, porque los poetas deben vivir de vender sus libros. También me preguntó, con respeto (así dijo, “te lo pregunto con respeto“) si yo era puto como la mayoría de los poetas y como estábamos ahí, encerrados en la cabina de esa F100 destartalada y faltaba bastante para llegar, le mostré el anillo, le hablé de Analía y de los nenes y le dije que la mayoría de mis colegas más que putos son putañeros. Se quedó tranquilo. También le di la razón: no vivo de poesía. Soy poeta, trabajo de otra cosa.

 

Esa mañana llamé a Elsa para saber cómo estaba todo. Me dijo que papá ya estaba bañado, que le pegó un par de gritos como siempre y que ni se mosqueó ante la pila de bolsos o los armarios vacíos. Todo normal. Después llamé a la residencia (así le digo desde que lo decidimos: residencia, que es más imponente que asilo y más elegante que geriátrico),  para saber si estaba todo listo. La Licenciada Medina me dijo que sí, que llevara las copias de la historia clínica, la ropa (me repitió tres veces que lo más importante eran los pijamas, las medias y los calzones) y, claro, a mi padre, al que esperaban con mucho cariño y actividades toda la semana.

 

–Lo tiene en los folletos, igual. Son actividades de estimulación, especialmente para trabajar la memoria- tan entusiasta la Licenciada Medina.

–¿Memoria?  Él ya no se acuerda de nada- la interrumpí. Qué grosero.

 

Quedó todo para último momento. El mismo día tenía que sacar las cosas que quedaban en la casa de mi padre, llevarlas a la mía (por suerte Elsa se quedó con los muebles grandes, Analía no me hubiera dejado conservarlos),  y dejar a mi papá en la residencia.

 

–Pablo, ¿estás escribiendo?- dijo él después de hablar sobre el helecho de mi abuela y  yo sentí que todo estaba ocurriendo diez años antes. Además de no confundirme con un extraño me reconocía como Pablo, su hijo, el que escribe.

–Sí, papá. Pero ahora escribo poesía- contesté emocionado, apoyé otra de las cajas pesadas en el suelo y le agarré la mano.

–Leele algo a tu viejo- pidió.

 

Solo tenía algunas notas en el celular,  garabatos digitales que guardo cuando se me ocurre alguna idea en el subte, camino a la oficina, y suelo descartar cuando llego al escritorio. Me dio bronca no tener mi cuaderno o la computadora, pero ese rato no tenía que acabarse, asique leí.

¿Un consejo?
Y, depende.
A veces, es algo que se dice
porque sí.
Porque hay que decir algo.
Aconsejan los opinadores,
que tienen que meterse,
en todo, siempre.
Porque sí.

En el mejor de los casos,
uno pregunta,
uno lo pide.
Y tal vez se tope,
con un capo
que la tenga re clara
y le cante la posta.

Yo digo: de ahora, y para siempre
las cosas buenas.
Sacar de órbita
La mierda, los mierdas.

No es una cuestión
metafísica o de vibras.
Tampoco de destinos o suertes o dioses.
No es autoayuda.

Es sacar los yuyos
y sembrar jazmines.

Las cosas buenas, la gente buena.
Los abrazos.
Los reclamos justos.
Las treguas.

 

Papá no dijo nada. Elsa lloraba. No supe bien si era de emoción. Es lo que hay, dije yo.

Desde que me fui de esa casa me mudé mil veces. Con dos amigos, con una novia, solo, con Analía, con Analía y los nenes. Pero ese día mudaba mi vida: una biblioteca de tres generaciones discretas, los ceniceros,  carpetitas bordadas, mi padre. Subí las cajas al furgón con poca ayuda del fletero.

Cuando arrancamos sucedió aquello de mis ojos húmedos, el qué te anda pasando y los poetas son todos putos. Después el tipo manejó conversando por celular y tuve muchas ganas de pedirle que cortara. Hablaba a los gritos con una mujer a la que trataba mal acerca de un hombre al que se refería como “ese que es medio bobo, casi mogólico“. Me miraba cómplice de costado cada vez que solapaba un insulto. Luego cortó y me avisó que iba a frenar en un almacén a comprar cerveza para el camino. Lanzó una carcajada con eco antes de que yo pudiera decirle que era mala idea beber y conducir  y me aclaró que solo quería una coca cola.

Ahí nomás bajó del furgón a la vereda. Se desplomó antes de entrar al almacén.  Dos pasos dio y se fue al piso.

Llamé al 911. Llamé a Analía y le avisé que sería un día largo y que iba a demorarme. Después de cerrar el furgón y mientras subían al fletero a la ambulancia, llamé a Elsa y le pedí que trasplantara el helecho a cualquier balde. Que lo dejara, por favor, listo junto a mi padre, al lado de la ventana.  Que más tarde los pasaba a buscar.