Últimas desmemorias junto a la ventana (Pablo y su papá)

 

–Pablo ¿te dije alguna vez que el otoño me pone nervioso? Es por el jardín. No soporto la incertidumbre de las hojas que mueren. Me da vértigo no saber si volverán a crecer, si las plantas reflorecen en los phelechoróximos meses o si quedan ahí las ramas, crujiendo para siempre. Mirá eso. Mirá el helecho. Esplendoroso. Parece plateado. Lo plantó tu abuela y…- dijo esto, lento, mi padre y siguió hablando pero yo estaba absorto con una caja de las pesadas entre las manos, por la sorpresa de que me haya llamado Pablo, y me hable de mi abuela y use la palabra esplendoroso. Me había reconocido después de muchas visitas, justo ese día, el último que pasaría en su casa, ahí junto a la ventana que da al jardín. Con las decisiones tomadas.

 

Tan sorprendido estaba que no pude disfrutar esa imagen absurda del vértigo frente al otoño y sus motivos. Me perdí el momento hasta que me subí al camión de la mudanza y se lo conté al fletero cuando se dio cuenta que tenía los ojos húmedos y me preguntó qué pasaba. Le dije después que los poetas vivimos de esos repulgues de la realidad: las miradas extraordinarias sobre las cosas ordinarias. El tipo me dijo que seguramente eso era una forma de decir, porque los poetas deben vivir de vender sus libros. También me preguntó, con respeto (así dijo, “te lo pregunto con respeto“) si yo era puto como la mayoría de los poetas y como estábamos ahí, encerrados en la cabina de esa F100 destartalada y faltaba bastante para llegar, le mostré el anillo, le hablé de Analía y de los nenes y le dije que la mayoría de mis colegas más que putos son putañeros. Se quedó tranquilo. También le di la razón: no vivo de poesía. Soy poeta, trabajo de otra cosa.

 

Esa mañana llamé a Elsa para saber cómo estaba todo. Me dijo que papá ya estaba bañado, que le pegó un par de gritos como siempre y que ni se mosqueó ante la pila de bolsos o los armarios vacíos. Todo normal. Después llamé a la residencia (así le digo desde que lo decidimos: residencia, que es más imponente que asilo y más elegante que geriátrico),  para saber si estaba todo listo. La Licenciada Medina me dijo que sí, que llevara las copias de la historia clínica, la ropa (me repitió tres veces que lo más importante eran los pijamas, las medias y los calzones) y, claro, a mi padre, al que esperaban con mucho cariño y actividades toda la semana.

 

–Lo tiene en los folletos, igual. Son actividades de estimulación, especialmente para trabajar la memoria- tan entusiasta la Licenciada Medina.

–¿Memoria?  Él ya no se acuerda de nada- la interrumpí. Qué grosero.

 

Quedó todo para último momento. El mismo día tenía que sacar las cosas que quedaban en la casa de mi padre, llevarlas a la mía (por suerte Elsa se quedó con los muebles grandes, Analía no me hubiera dejado conservarlos),  y dejar a mi papá en la residencia.

 

–Pablo, ¿estás escribiendo?- dijo él después de hablar sobre el helecho de mi abuela y  yo sentí que todo estaba ocurriendo diez años antes. Además de no confundirme con un extraño me reconocía como Pablo, su hijo, el que escribe.

–Sí, papá. Pero ahora escribo poesía- contesté emocionado, apoyé otra de las cajas pesadas en el suelo y le agarré la mano.

–Leele algo a tu viejo- pidió.

 

Solo tenía algunas notas en el celular,  garabatos digitales que guardo cuando se me ocurre alguna idea en el subte, camino a la oficina, y suelo descartar cuando llego al escritorio. Me dio bronca no tener mi cuaderno o la computadora, pero ese rato no tenía que acabarse, asique leí.

¿Un consejo?
Y, depende.
A veces, es algo que se dice
porque sí.
Porque hay que decir algo.
Aconsejan los opinadores,
que tienen que meterse,
en todo, siempre.
Porque sí.

En el mejor de los casos,
uno pregunta,
uno lo pide.
Y tal vez se tope,
con un capo
que la tenga re clara
y le cante la posta.

Yo digo: de ahora, y para siempre
las cosas buenas.
Sacar de órbita
La mierda, los mierdas.

No es una cuestión
metafísica o de vibras.
Tampoco de destinos o suertes o dioses.
No es autoayuda.

Es sacar los yuyos
y sembrar jazmines.

Las cosas buenas, la gente buena.
Los abrazos.
Los reclamos justos.
Las treguas.

 

Papá no dijo nada. Elsa lloraba. No supe bien si era de emoción. Es lo que hay, dije yo.

Desde que me fui de esa casa me mudé mil veces. Con dos amigos, con una novia, solo, con Analía, con Analía y los nenes. Pero ese día mudaba mi vida: una biblioteca de tres generaciones discretas, los ceniceros,  carpetitas bordadas, mi padre. Subí las cajas al furgón con poca ayuda del fletero.

Cuando arrancamos sucedió aquello de mis ojos húmedos, el qué te anda pasando y los poetas son todos putos. Después el tipo manejó conversando por celular y tuve muchas ganas de pedirle que cortara. Hablaba a los gritos con una mujer a la que trataba mal acerca de un hombre al que se refería como “ese que es medio bobo, casi mogólico“. Me miraba cómplice de costado cada vez que solapaba un insulto. Luego cortó y me avisó que iba a frenar en un almacén a comprar cerveza para el camino. Lanzó una carcajada con eco antes de que yo pudiera decirle que era mala idea beber y conducir  y me aclaró que solo quería una coca cola.

Ahí nomás bajó del furgón a la vereda. Se desplomó antes de entrar al almacén.  Dos pasos dio y se fue al piso.

Llamé al 911. Llamé a Analía y le avisé que sería un día largo y que iba a demorarme. Después de cerrar el furgón y mientras subían al fletero a la ambulancia, llamé a Elsa y le pedí que trasplantara el helecho a cualquier balde. Que lo dejara, por favor, listo junto a mi padre, al lado de la ventana.  Que más tarde los pasaba a buscar.

 

 

 

 

 

 

 

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