Cadena

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1.

Esto me lo reveló mi tía Silda. Lo bueno de las imprecisiones en su relato es que ahora no voy a contar una anécdota sobre mi mamá, si no que voy a escribir un cuento. Gran oportunidad también para confesar que Silda no es mi tía de sangre (doble mérito habernos adoptado) y  en realidad se llama Casilda.

            En una digresión de almuerzo de domingo charlábamos sobre religión y fe. Me sorprende no recordar cómo llegamos a irnos a la cocina para hablar del tema, especialmente porque sucedió hace menos de diez días y yo suelo tener muy buena memoria para este tipo de asuntos. Supongo que entre ese momento y ahora tomé bastante vino o escuché demasiado Arcade Fire, o le saqué lustre al on demand con el password de cablevisión play que me prestó Ernesto. O todo eso junto, entonces se me escapan los detalles como a Silda, solo que ella me hablaba de algo que pasó hace cuarenta años.

            Me quería contar (insisto, no sé cuál fue el puntapié, tal vez  la proximidad de la Semana Santa) sobre la extraña relación que tuvo mi madre con el catolicismo. Más precisamente con las iglesias. Con la solemnidad, el aire frío y  el eco de los susurros de las iglesias. Extraña la relación entre otras cosas porque mi mamá fue hija de mi bobe. Vientre judío.

            En mi familia materna no eran ni son ortodoxos. Tampoco fueron nunca fanáticos del templo, pero todos se educaron bajo costumbres hebreas, no había arbolito en diciembre y pesaj era obligatorio. El hermano mayor de mi mamá se fue con toda su cría a Israel en el 88. La hermana menor, mi querida tía Vivi, también vive allá hace unos años. Mis primos hicieron aquí sus bar mitzvás y allá la colimba. En definitiva: una familia judía.

            Una de las tantas ovejanegreadas de mi mamá fue desprenderse de esas tradiciones con el correr del tiempo. Un streaptease de creencias que dio lugar al abrigo de las convicciones (se me ocurre una: el peronismo, hablando de ovejanegreadas).

Ella, tan progre y desprendida, cada tanto, antes y hasta hace poco, se refugiaba en las iglesias.

            ¿Cómo reza alguien que no sabe rezar?

            El  relato de Silda no termina de ubicarse en el tiempo, pero cualquier tiempo posible era espeso. Pudo suceder en el 74 o el 75, con el ambiente caldeado y mi vieja boyando entre casas amigas (como la de Silda). O en el 76, con sus compañeros desapareciendo y las escondidas. Los siguientes años, seguro que no.

2.

Mi mamá caminaba por la ciudad con la mirada entrenada y los hombros pesados. En una parada de colectivos se topó con un papel doblado y en un impulso del azar lo abrió. Ahí fue que encontró  un fractal diabólico. Se usaron por años, antes de los mails y los celulares. Una carta manuscrita que decía que quién la leyera caería víctima de las peores tragedias.  Que la única forma de librarse de eso era escribir la misma carta diez veces para que la encontraran otras diez personas. Y que aún peor y más dramático sería romperla o tirarla.  Mi mamá (¡increíble!) se asustó.

            Además, no iba a hacerlo. Diez personas envueltas en la misma maldición, tal vez diez amigos o diez compañeros. De ninguna manera. Guardó la carta y se angustió por semanas pensando cómo solucionar ese pesar del destino. La llevaba consigo en bolsillos o carteras y la releía en su mente a cada rato.

            Una noche se lo contó a Silda y ella no supo si era una pavada o una cuestión verdaderamente grave, pero si alguien apoyaba a mi mamá (en esa y todas las épocas) era Silda, así que la ayudó a pensar cómo encontrar una salida. A alguna de las dos se le ocurrió la respuesta.

            Al día siguiente caminaron hasta la San Antonio, en Parque Patricios. Entraron y buscaron al cura, seguramente acostumbrado en ese entonces a los recados pesados. Mi mamá le contó con remordimiento lo de la carta. Él se la pidió y sin leerla la hizo pedazos en su cara.

 Listo, hija, me ocurrirán a mí todas esas cosas horribles, aunque viviendo en la casa de Dios, no lo creo.

3.

Toda muerte sorpresiva conlleva peripecias logísticas. Así fue tantos años después del corte de aquella cadena endemoniada y tantas otras visitas a iglesias cuando murió mi mamá. La sala de velorios fue la que encontramos disponible,sin pretensiones estéticas ni tiempo para catering. El cajón estaba debajo de un Cristo plateado crucificado en madera. El lugar se llenó de gente.

            Berta, la adorable y peculiar bobe de mis primos (mi único reducto de knijes) vino a saludar y no por compromiso. Mi mamá había sido una persona muy querida en toda la periferia familiar. Después de su abrazo de consuelo me dijo muy seria que debíamos tapar la cruz porque “ella era judía”.

El velatorio estaba lleno de personas de todas las eras. Parientes, amigos, compañeras de la escuela, militantes, vecinos, mi gente y la de mi hermano. También estaban sus compañeros de Los Tíos, el último espacio que la tuvo militando, y toda la Básica. No sé si alguno de ellos la escuchó a Berta, pero la cruz apareció tapada con una bandera argentina y una remera de La Cámpora.

4.

Un niño al que quiero mucho y a veces accede al celular de su mamá, suele mandarme como chiste cadenas virtuales que dicen que si no las reenvío me pasarán cosas terroríficas. Yo por las dudas como ya sé de qué se trata borro los mensajes antes de terminar de leerlos.

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¡Finde!

Me puse contenta

porque el pronóstico paraguas
anunció lluvias para el finde.


Yo ya tenía
toda una lista
de series pendientes
y una clave
prestada
de cablevisión play.


Además
me había bajado
una receta de pan casero
para hacer y comer
antes del lunes
que empiezo la dieta.

El asunto es que el finde
trajo
además de lluvia
Una piba muerta.
Que se suma a la montaña
de pibas muertas
con las caras y las conchas violentadas.

Al limbo de padres sin consuelo.

Y entonces
los rostros de esa montaña vuelven
montados en sus cuerpos

jóvenes
y vuelve, también,
la mirada de todos los gastados,
cínicos, que aburren,
puesta en el minishort.

Ay.
Qué ganas
de clavarme un minishort cometrapo
y reggetonearle la napia a la gilada
con mi culo adulto y poseado
Para explicarle a los gastados
que no importa la ropa.
Ni la hora.
Ni el boliche.
Ni la junta.

Tal
como dijo mi app
de weather cannel
la lluvia no paró.

Solo un poco más tranquila
después de algunos
abrazos
de mujeres paraguas
me topo
en el domingo
que en inglés se dice Sunday
o sea
día de sol
con la forrada anacrónica
de los gases
y los palos
y los escudos que le cobran peaje
a la protesta alternativa
,
para que cierre el modelo
y la gente no chille.

Ay
Qué rara
Esta sensación
De querer
Que sea lunes.