Diálogo

—Che, ¿qué onda? ¿No escribís más, vos?

—Sí, sí. Escribo. Pero viste que mucho tiempo no tengo, a veces se complica.

—Qué boluda, después te quejás. Estaba bastante bien lo del blog, no lo abandones.

—¿Te parece? ¿Seguir con el blog? ¿No es medio 2004?

—La verdad que sí.

—…

—Es lo que hay. Tampoco sos tan buena. Aprovechá que así te leen dos o tres. Yo te leo.

—Gracias.

—¿Tenés algo para publicar? Subilo hoy. Llueve, no sale nadie, hay mucha gente sola. Tal vez te leen un par más.

—Mmm…no se me ocurre nada. Estaba con la historia de Carlos, que es el gato de una amiga de una amiga. Un flash. Lo rescató en la escena de un crimen. Creo. Bah, no sé. Pero es viejito, y discapacitado…

—No, no me gustan los gatos.

—Ah. Bueno. Igual estaba bloqueada. No la seguí.

—¿Por qué no posteás ese cuento que leíste en el taller, el de la mina que hace caca cuando…?

—¡Ni loca! Lo leen mis tíos el blog. Y mi papá.

—¿Viste? Somos más que dos, entonces.

—Al final me metiste fichas y no me tirás un centro.

—¡Ya sé! Tenés que terminar el cuento de la corista. A ese si le das una vuelta de tuerca le podés sacar el jugo.

—Lo tengo que trabajar mucho, ni ganas.

—Metete en Facebook y escribí sobre algún contacto. Siempre hay algún patético del que hablar.

—Esos se cargan solos.

—Inventale una trama al que sube fotos de quesos.

—Me da hambre.

—¿Una historia de amor entre esa que era medio macrista y el ultra-k que armaba esos memes horribles?

—No me quedan más contactos macristas.

—Eso es lo que vos creés.

—Es lo que elijo creer.

—No funciona así. Además, mostrás la hilacha: sos intolerante.

—No voy a tolerar que me digas eso.

—Sos muy prejuiciosa.

—Hay que ver dónde se para uno para decir eso. En definitiva el prejuicio es estadística aplicada.

—Seguís sin escribir.

—Estamos hablando.

—O no.

—Sí. Esa raya que hay delante de cada línea es un guion de diálogo.

—¿Y?

—Es el signo que demuestra que esta es una intervención mía.

—¿Y esta?

—Tuya.

—Igual guion va con acento en la o.

—No. Chequealo en la web de la RAE.

—Ahora la señorita está atenta a las reglas ortográficas.

—No entiendo la agresión.

—Qué sensible, ¿estás indispuesta?

—No. Podrida. Vos me tenés podrida.

—En el fondo me querés.

—El tiempo lo dirá.

—Podés escribir sobre el tiempo.

—Toda escritura es sobre el tiempo. Por eso es inabarcable e infinita.

—En tu caso, parece que se termina todos los días. Finita.

—El límite que impone la capacidad.

—Eso lo dijiste vos.

 

La corista

 

Lo bien que hacía la madre de Sole en estar atenta y preocupada. Una cosa era el coro, con todos chicos y chicas de la misma edad, del barrio, de la parroquia. Otra cosa. Otra cosa. Otra cosa era la banda.

En la banda Sole era la única mujer. A la madre no le gustaba nada. Y eso que la madre no sabía ni la mitad del asunto, porque si hubiera estado enterada habría hecho lo que cualquier buena madre: encerrarla hasta que reflexione, se arrepienta y pida perdón.

 

—No. No me sale. Ni ganas.

 

 coristaaaa

 

 

 

 

 

 

 

 

Pequeño ejercicio sobre algunas instituciones

1.

Le pido a Lorante permiso para ir al baño. Desde la puerta del aula le hago una seña a Anto para que me acompañe. Ella ya sabe pero se hace la concentrada en las ecuaciones y mira fijo el pizarrón. Agito las manos intentando que Lorante no me vea y Antonella reaccione. Ella me pone cara de qué hambre y se levanta. Escucho desde el pasillo como Lorante le dice que así vos y tu amiguita no van a aprobar nunca y Antonella le contesta con toda simpatía que no le importa, que ella va a ser actriz y  matemática no le va a servir para nada. Lo deja balbuceando algo como estás equivocada matemática sirve para todo. Pega un portazo, me agarra de una manga y me arrastra diciendo apurate o este nos manda a marzo directo. Corremos. Ella corre tironeando la pollera de su uniforme para que parezca más larga.

Entramos al baño. Las dos tenemos cara de náusea. El olor es insoportable. Las monjas no le pagan hace un mes a las de maestranza, que improvisaron una huelga y toman mate en un cuartito. Nadie limpia.

Antonella me pregunta si no podía haber esperado al recreo. Yo le digo que me aguanté el pis toda la noche y que ni siquiera desayuné, que al recreo no llego. Las instrucciones dicen que bastan tres horas de retención, pero todo el mundo sabe que cualquier análisis importante debe hacerse con el primer meo de la mañana.

2.

Juli vino a vivir con nosotras cuando yo tenía cuatro años. La veíamos seguido, pero una noche llegó llorando desconsolada y se quedó para siempre. Traía una valija y una botella que abrieron con mi mamá (yo todavía le decía mamá).  Me quedé en el sillón acurrucada. Juli contó algo sobre el novio con el que vivía. Él no la quería más. De hecho la odiaba. Se tomaron la botella y mamá trajo otra de la cocina.  La terminaron y Juli no lloraba más. Yo me quedé dormida. Cuando abrí los ojos, Juli y mamá bailaban. Sonreí y me quise sumar, pero no lo logré. Ellas bailaban abrazadas. En la mesa ratona había cuatro botellas vacías. Ni siquiera me miraron.

3.

Salimos del baño. Antonella me pregunta cosas. Qué vas a hacer. A quién le vas a decir. En un claustro cruzamos a Sixta, la hermana más joven. Nos frena. Sabe algo. No. Quiere saber por qué no estamos en clase. Ya vamos, decimos. Caminamos en silencio al aula.

Suena el timbre. Salimos al recreo. Tomo agua mineral.  Antonella me abraza. Nos sentamos en un banco largo. Me dice que Mariana me va a matar, pero que tal vez Juli me ayuda. Antonella sabe, tiene razón. Les digo que por ahora no voy a contarles nada.

4.

Durante la primera época para los vecinos del edificio Juli era una amiga de la familia o mi mamá les decía que era mi tía. Después dejaron de preguntar. Más adelante mi mamá me dijo que Juli también era mi mamá, pero que eso no lo anduviera diciendo, menos en la escuela y menos que menos a mis abuelos, porque toda esa gente cercana a Dios no iba a entender nada. En casa sí: Juli podía darme órdenes, retarme o controlarme la tarea como hace una mamá. Esa época era confusa. No entendía cómo todo eso podía ser un problema para nadie ni que tenía que ver Dios, si nosotras le rezábamos casi todas las noches. Y lo que no comprendía ni un poco era cómo Juli podía ser mi mamá y al mismo tiempo no serlo.

Yo era chica pero decidida: le saqué el título a mi madre y empecé a llamarla Mariana. Si ella y Juli iban a tener las mismas obligaciones, que tuvieran también, o no,  los mismos privilegios.

Juli era la que me leía todas las noches. Mariana trabajaba más horas, me traía regalos (cuanto más tarde llegaba, más grandes los regalos) y  era la que más me retaba.

Todos los viernes y sábados y algunos otros días de la semana la mesa ratona se llenaba de botellas vacías y ellas bailaban. A veces yo también. Al otro día ellas dormían o vomitaban. Yo tiraba las botellas en bolsas gigantes de nylon negro.

5.

Le pregunto a Antonella si puedo dormir en su casa. Pasamos por la mía buscar ropa. Juli está en el living. Me acerco a darle un beso y ella me olfatea el hocico. Piensa que estoy fumando. La que tiene ese olor es Antonella. Yo no fumo, ahora tampoco podría aunque quisiera. Juli sigue sospechando y me dice no seas boluda, que no te vaya a encontrar Mariana con un pucho.  Salimos y en el ascensor Antonella me reta. A Juli tendrías que haberle dicho algo.

6.

Las malas palabras las aprendí con Juli. Mariana también puteaba pero si me llegaba a escuchar a mí se enojaba muchísimo. En cambio Juli se reía y me apretaba los cachetes.

Las tres hablábamos de muchas cosas, especialmente durante las noches de botellas y baile. Casi siempre Mariana terminaba recordándome que lo que habláramos se quedara allí porque no en todas las casas se conversaba tanto y otras familias se podían ofender. Creo que lo decía por las familias de mis compañeras en la escuela de monjas a la que quiso mandarme. A mí me daba risa porque se refería a la escuela como si fuera un internado estricto y exclusivo. No. La verdad  es que es un colegio privado de barrio, ni siquiera tan caro, y para nada exigente. A ella siempre le pareció importante que yo supiera rezar, que le hiciera caso a la catequista y que no ofendiera a Dios.

Si no hacés nada que ofenda a Dios, va a estar todo bien.

7.

Los cuatro hermanitos de Antonella están merendando. La mamá reta a Antonella por no avisar que llegaba más tarde. La castiga pidiéndole que le cambie el pañal al más chiquito. Yo lo alzo. Huele peor que los baños del colegio. Lo llevo a upa hasta su cuarto. Antonella me dice al oído: andá practicando.

Acuesto al bebé en el cambiador. Saco el pañal y lo cierro con una mano. Con la otra le tengo las patas y le queda el culo sucio en el aire. Antonella me trae todo para limpiarlo. Me explica cómo hacerlo. Después de ponerle talco me quedo mirándole el pito al bebé. Con un algodón le rozo la punta y se mata de risa. Yo me río por primera vez en todo el día. Es un pito inofensivo.

8.

Una noche, hace un par de años, después de algunas botellas,  Juli y Mariana se sentaron para hablarme sobre sexo. No era la primera vez que salía el tema  pero me veían más grande y se preocupaban. Especialmente Mariana.

A medida que pasaban las copas, la conversación se ponía más explícita. Juli nombraba a las partes del cuerpo con las mismas palabras que usamos con las chicas de mi edad. Mariana insistía con las de diccionario: pene, vagina, coito. Juli me preguntó si me habían explicado en la escuela. Mariana dijo por supuesto que no, es un colegio de monjas, para esto nos tiene a nosotras. Después hizo fondo blanco con la última copa, me miró y me dijo que lo importante, lo verdaderamente importante, era que yo no fuese una puta. Juli puso la cara de qué hambre que siempre pone Antonella, y las tres estallamos de risa.

9.

Alzamos al bebé. Vamos al cuarto de Anto. Ponemos música. Yo bailo con el nene a upa.

No sé muy bien qué hacer.

10.

Hace unos meses les conté que me gustaba un chico. Que era divino. No era noche de baile y botellas pero  en silencio Mariana sacó un vino del estante y lo descorchó. Juli agarró su copa y me miró tierna con una sonrisa.  Yo no comenté más nada ni les hablé de cómo nos apretujábamos cuando me pasaba a buscar por la escuela. Mariana me dijo que ella no me podía prohibir tener novio, pero que la idea no le gustaba. Que los chicos te quieren solo para eso y después se borran y que hay que cuidarse y que es una distracción. Se puso a caminar con la copa de lado a lado y supuse que se había acordado de mi papá.

Yo les dije que siempre me portaba bien, que no podían decir nada malo de mí, que era buena alumna, que ni siquiera decía malas palabras (eso era un poquito mentira, Juli me relojeó de costado). Me enojé.

11.

Digo que Mariana me va a matar, que ella me manda a un colegio religioso y  yo le salgo con esto. Que al final es como dicen los del industrial: las que vamos al de monjas somos las peores. Y que ahora tengo que tomar una decisión o fugarme.

Con tanta mala suerte digo esto que la mamá de Antonella está apoyada en el marco de la puerta y me escucha. Hago como si no estuviera hablando de lo que hablo. La madre de Antonella le pregunta a la hija qué pasa. Antonella no le cuenta nada a la mamá pero tampoco le miente a la mamá porque en la casa de Anto, igual que en la escuela, mentir está mal. Como no se le ocurre nada, dice en voz alta: Celeste está embarazada. Y me señala con el dedo como si la madre no supiera que yo soy Celeste.

12.

Hasta hace un tiempo escuchaba a Mariana hacer ruidos. Yo creía que eran ruidos que hacía por hacer cosas con Juli, pero una vez dejaron la puerta abierta y la vi llorando y rezando.  Me pregunté cómo hacía Juli para aguantarla.

13.

Varias hermanas me rodean en el despacho de la rectora. Reconozco a Sixta porque es la más joven. Las otras me parecen todas iguales.

Me interrogan. Buscan saber si es cierto lo que cuenta la madre de Antonella. Quiero mentir pero mentir está mal. Les digo que sí. Empieza el sermón. Pecado. Decepción. Carnal. Colegio. Expulsión. Me dicen que van a tener que hablar con mi madre.

¿Con cuál de las dos?, les pregunto.

14.

Yo siempre le contaba a Juli que en el colegio las monjas y las preceptoras me miraban raro. Ella me decía que no había sido su decisión mandarme ahí y que a Mariana no le pudo sacar de la cabeza la idea de la escuela privada y católica, porque pensaba que en las públicas y laicas no se ponían límites y que cualquier niño o adolescente los necesita y ella sola no iba a poder.

15.

Llueve. Salimos con Juli a buscar un taxi porque pedirlo por teléfono es imposible. Pisamos baldosas flojas y mi paraguas se da vuelta con el viento. Caminamos hasta la esquina. Le pregunto si sabe cuánto reposo voy a tener que hacer. Me dice que vamos a hacerle al médico todas las preguntas. Yo quiero que todo se termine y empezar en la escuela nueva. Vemos venir un taxi por la avenida. Le digo que no lo pare y que no se enoje, pero que volvamos porque quiero que me acompañe mi mamá.

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Cadena

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1.

Esto me lo reveló mi tía Silda. Lo bueno de las imprecisiones en su relato es que ahora no voy a contar una anécdota sobre mi mamá, si no que voy a escribir un cuento. Gran oportunidad también para confesar que Silda no es mi tía de sangre (doble mérito habernos adoptado) y  en realidad se llama Casilda.

            En una digresión de almuerzo de domingo charlábamos sobre religión y fe. Me sorprende no recordar cómo llegamos a irnos a la cocina para hablar del tema, especialmente porque sucedió hace menos de diez días y yo suelo tener muy buena memoria para este tipo de asuntos. Supongo que entre ese momento y ahora tomé bastante vino o escuché demasiado Arcade Fire, o le saqué lustre al on demand con el password de cablevisión play que me prestó Ernesto. O todo eso junto, entonces se me escapan los detalles como a Silda, solo que ella me hablaba de algo que pasó hace cuarenta años.

            Me quería contar (insisto, no sé cuál fue el puntapié, tal vez  la proximidad de la Semana Santa) sobre la extraña relación que tuvo mi madre con el catolicismo. Más precisamente con las iglesias. Con la solemnidad, el aire frío y  el eco de los susurros de las iglesias. Extraña la relación entre otras cosas porque mi mamá fue hija de mi bobe. Vientre judío.

            En mi familia materna no eran ni son ortodoxos. Tampoco fueron nunca fanáticos del templo, pero todos se educaron bajo costumbres hebreas, no había arbolito en diciembre y pesaj era obligatorio. El hermano mayor de mi mamá se fue con toda su cría a Israel en el 88. La hermana menor, mi querida tía Vivi, también vive allá hace unos años. Mis primos hicieron aquí sus bar mitzvás y allá la colimba. En definitiva: una familia judía.

            Una de las tantas ovejanegreadas de mi mamá fue desprenderse de esas tradiciones con el correr del tiempo. Un streaptease de creencias que dio lugar al abrigo de las convicciones (se me ocurre una: el peronismo, hablando de ovejanegreadas).

Ella, tan progre y desprendida, cada tanto, antes y hasta hace poco, se refugiaba en las iglesias.

            ¿Cómo reza alguien que no sabe rezar?

            El  relato de Silda no termina de ubicarse en el tiempo, pero cualquier tiempo posible era espeso. Pudo suceder en el 74 o el 75, con el ambiente caldeado y mi vieja boyando entre casas amigas (como la de Silda). O en el 76, con sus compañeros desapareciendo y las escondidas. Los siguientes años, seguro que no.

2.

Mi mamá caminaba por la ciudad con la mirada entrenada y los hombros pesados. En una parada de colectivos se topó con un papel doblado y en un impulso del azar lo abrió. Ahí fue que encontró  un fractal diabólico. Se usaron por años, antes de los mails y los celulares. Una carta manuscrita que decía que quién la leyera caería víctima de las peores tragedias.  Que la única forma de librarse de eso era escribir la misma carta diez veces para que la encontraran otras diez personas. Y que aún peor y más dramático sería romperla o tirarla.  Mi mamá (¡increíble!) se asustó.

            Además, no iba a hacerlo. Diez personas envueltas en la misma maldición, tal vez diez amigos o diez compañeros. De ninguna manera. Guardó la carta y se angustió por semanas pensando cómo solucionar ese pesar del destino. La llevaba consigo en bolsillos o carteras y la releía en su mente a cada rato.

            Una noche se lo contó a Silda y ella no supo si era una pavada o una cuestión verdaderamente grave, pero si alguien apoyaba a mi mamá (en esa y todas las épocas) era Silda, así que la ayudó a pensar cómo encontrar una salida. A alguna de las dos se le ocurrió la respuesta.

            Al día siguiente caminaron hasta la San Antonio, en Parque Patricios. Entraron y buscaron al cura, seguramente acostumbrado en ese entonces a los recados pesados. Mi mamá le contó con remordimiento lo de la carta. Él se la pidió y sin leerla la hizo pedazos en su cara.

 Listo, hija, me ocurrirán a mí todas esas cosas horribles, aunque viviendo en la casa de Dios, no lo creo.

3.

Toda muerte sorpresiva conlleva peripecias logísticas. Así fue tantos años después del corte de aquella cadena endemoniada y tantas otras visitas a iglesias cuando murió mi mamá. La sala de velorios fue la que encontramos disponible,sin pretensiones estéticas ni tiempo para catering. El cajón estaba debajo de un Cristo plateado crucificado en madera. El lugar se llenó de gente.

            Berta, la adorable y peculiar bobe de mis primos (mi único reducto de knijes) vino a saludar y no por compromiso. Mi mamá había sido una persona muy querida en toda la periferia familiar. Después de su abrazo de consuelo me dijo muy seria que debíamos tapar la cruz porque “ella era judía”.

El velatorio estaba lleno de personas de todas las eras. Parientes, amigos, compañeras de la escuela, militantes, vecinos, mi gente y la de mi hermano. También estaban sus compañeros de Los Tíos, el último espacio que la tuvo militando, y toda la Básica. No sé si alguno de ellos la escuchó a Berta, pero la cruz apareció tapada con una bandera argentina y una remera de La Cámpora.

4.

Un niño al que quiero mucho y a veces accede al celular de su mamá, suele mandarme como chiste cadenas virtuales que dicen que si no las reenvío me pasarán cosas terroríficas. Yo por las dudas como ya sé de qué se trata borro los mensajes antes de terminar de leerlos.

¡Finde!

Me puse contenta

porque el pronóstico paraguas
anunció lluvias para el finde.


Yo ya tenía
toda una lista
de series pendientes
y una clave
prestada
de cablevisión play.


Además
me había bajado
una receta de pan casero
para hacer y comer
antes del lunes
que empiezo la dieta.

El asunto es que el finde
trajo
además de lluvia
Una piba muerta.
Que se suma a la montaña
de pibas muertas
con las caras y las conchas violentadas.

Al limbo de padres sin consuelo.

Y entonces
los rostros de esa montaña vuelven
montados en sus cuerpos

jóvenes
y vuelve, también,
la mirada de todos los gastados,
cínicos, que aburren,
puesta en el minishort.

Ay.
Qué ganas
de clavarme un minishort cometrapo
y reggetonearle la napia a la gilada
con mi culo adulto y poseado
Para explicarle a los gastados
que no importa la ropa.
Ni la hora.
Ni el boliche.
Ni la junta.

Tal
como dijo mi app
de weather cannel
la lluvia no paró.

Solo un poco más tranquila
después de algunos
abrazos
de mujeres paraguas
me topo
en el domingo
que en inglés se dice Sunday
o sea
día de sol
con la forrada anacrónica
de los gases
y los palos
y los escudos que le cobran peaje
a la protesta alternativa
,
para que cierre el modelo
y la gente no chille.

Ay
Qué rara
Esta sensación
De querer
Que sea lunes.

Los amantes de Celestina Manzano

La abracé fuerte. Fue un abrazo solemne, sin sonrisas, en la esquina del consultorio. Yo la apreté con firmeza y hundí mi cara en sus hombros. Me daba culpa no tener dinero para prestarle. Tuvo que vender la flauta traversa.

Sacó de su bolso un sobre abultado que decía Sra. Angie  escrito con su letra. Me pidió que lo guardara y se lo diera a quien nos pidiera la plata. No sabíamos si Angie era la recepcionista o la esposa o la madre del doctor, pero Carolina estaba demasiado nerviosa como para hacerse cargo también del pago, así que agarré el sobre y me lo guardé en el jean.

El edificio tenía uno de esos portones de hierro y un gran picaporte dorado. Estábamos en el microcentro, bastante lejos de donde pensé que pasaban estas cosas. Nos abrió el encargado cuando nos vio dudar frente al portero eléctrico. Anunciamos que íbamos al tercero d y no nos echó ninguna mirada especial. El ruido del ascensor era insoportable.

La puerta la abrió una señora muy menuda que nos saludó con un beso y se presentó como Angie. Inmediatamente saqué el sobre. Angie me dijo que después arresantoglábamos.

En la coqueta sala de espera solo estábamos Carolina, Angie en su escritorio y yo. Nos sentamos en los sillones y Carolina sacó de la cartera la estampita de un santo. La besó y me pidió que la tenga y que le rezara. Yo de santos y rezos nunca supe demasiado. Este tenía un bebé en los brazos.

El doctor se asomó por la puerta. Aunque yo estaba más gordita enseguida supo que Carolina era la paciente y la hizo pasar al consultorio. A mí no me invitó, pero me paré y entré con ellos. El doctor hizo un chiste (“me imagino que no sos el padre“). No me reí ni un poco,  Carolina apenas.

Yo no le había preguntado a ella quién era el padre porque no quería incomodarla. Solo sabía que no era Leo.  Hacía muy poco que salían y estaba entusiasmada con la relación.  Esto era empezar con el pie izquierdo. Una cortina celeste muy finita transparentaba la camilla.

Después de explicar el procedimiento, el doctor me pidió que aguardara afuera.

Angie me ofreció un té. Tenía aspecto de haber sido deportista. La podía imaginar con ropa de atletismo, con el pelo canoso incluso siendo más joven, sujetado por una vincha de las que rodean la frente. Acepté y le pregunté si tenía limón.

Con la taza y su platito en la mano, caminé inquieta por la sala. Recorrí con la vista las paredes, con sus cuadros (el diploma del doctor, algunas menciones a sus trabajos) y las fotos. Todas eran de lugares (París, Mundo Marino), solo había un retrato. Una foto vieja que bien podría haber sido un dibujo.

Es Celestina Manzano, me dijo Angie. Partera rosarina ¿Sabés la historia?.

No, no sé de santos ni rezos ni parteras (rosarinas o de ninguna parte).

Sentate y terminá el tecito, que yo te cuento. Y ahí nomás abrió un cajón y sacó un libro, o un cuaderno, que no pude ver de cerca. En voz alta, leyó:

Celestina Manzano, dos veces viuda, de López primero y de Viale después, nunca se sacó su apellido. Ella decía que no era de nadie y lo de andar usando el nombre de un marido era como encomendarle la historia de una a cualquier diablo.  Eso entre las vecinas del barrio Godoy no caía muy bien, a pesar de que Rosario fue siempre una ciudad moderna y civilizada.  Eran otras épocas. A Celestina se la respetaba  con discreción, por este asunto del apellido y otras tantas opiniones que caían pesadas en las tribunas de la vereda, pero se la respetaba, digo, porque a las parteras se las considera siempre y bien: ella traía al mundo a los críos de la chusma de todas las clases.

            El problema era que Celestina tenía carácter duro. Una matrona enorme y adelantada, que se enfrentaba a los médicos de la provincia para conseguirle camas a las parturientas, cuando todavía era costumbre recibir a los nacientes en las casas. Se ocupaba también de aconsejar a las jovencitas sobre temas de los que no se hablaban, y eso no le gustaba ni a las doñas bien ni a las mujeres de los obreros.

            Y como si todas estas cosas no le valieran ya varios inconvenientes, Celestina tenía un secreto que no era tan secreto, ni en Godoy ni en ningún otro barrio de Rosario: después de enviudar de Viale, el segundo marido, Celestina Manzano se entregó  a los placeres de la carne.

            Se le atribuyeron trescientos quince amantes, entre solteros, casados, padres de las criaturas que ella ayudaba a nacer, profesionales y trabajadores del campo. Incluso se hablaba del párroco de Godoy, pero su séquito católico logró que eso dejara de mencionarse. Trescientos quince y en esos tiempos.

            Lo cierto es que Celestina imponía su temple también en el dormitorio, y adelantada como era, instruía a sus compañeros de turno en prácticas amatorias novedosas, con objetos, juegos de rol e incluso violencia.

            La población asumió que Celestina Manzano era infértil, pues parecía extraño que entre tanto paseo nocturno, y después de dos maridos, nunca hubiera tenido hijos. Pero si algo sabía Celestina era cómo evitar un embarazo y cómo tratar su anatomía.

          Entre rumores y mientras tanto, a la luz del día Celestina Manzano era para todos la mujer que ayudaba a otras mujeres a parir. Lo de los trescientos quince amantes se supo porque Celestina cometió el peor error que puede cometer la hembra caliente. Celestina Manzano se enamoró.

          Y el destinatario de ese amor no era otro que Benigno el boticario de la zona, con quien Celestina se encontraba por placer y por negocios al menos una vez por semana. Benigno, casado con una miembro de la Sociedad de Fomento, cometió el peor error que puede cometer el hombre infiel: una noche volvió ebrio a su hogar y le propuso una rareza a su esposa. Ésta se asustó de muerte y él reaccionó con enojo, enrostrándole que así era como lo hacía con Celestina Manzano.

            La mujer, furiosa, comenzó a decir en voz alta y en cada esquina lo que antes se susurraba: que Celestina Manzano era una persona de dudosa moral, y a eso le agregó la palabra rompehogares. La Sociedad de Fomento denunció ante las autoridades de salud que la partera era una ninfómana peligrosa diciendo tener la lista de los más de trescientos amantes que habían caído en sus redes.

            Los médicos tal vez por miedo a ver sus nombres en esas listas tomaron por válida la denuncia y le quitaron a Celestina Manzano su permiso para partos. Celestina se encerró en su casita de Godoy, donde jamás se volvió a ver entrar ni mujeres embarazadas ni varones impacientes.

Todo esto me leía Angie y yo ya me había tomado tres tés cuando quise preguntarle cómo había llegado esta historia a sus manos, pero justo se abrió la puerta y el doctor me dijo que ya podía entrar a ver a Carolina.

Me dolía un poco la cabeza, a Carolina se la veía peor. El doctor le recomendó que tomara agua e hiciera reposo, al menos tres días. Angie nos saludó a las dos con un beso y caminamos lento al ascensor. Abajo nos abrió el encargado que le dijo a Carolina “que te mejores“.

Cuando subimos al taxi nos dimos la mano y no hablamos hasta llegar a su casa. La ayudé a acostarse y le llevé agua. Prendimos la tele de su cuarto pero ya habían empezado los noticieros y los programas de archivo, no estábamos de humor para eso. Ella estaba atontada por la anestesia que le quedaba y dolorida por la que ya no le hacía efecto.

Habló después de un rato. Como queriendo reírse (o llorar, no sé), dijo que todo esto le había pasado por puta. Por haber estado con tantos tipos. Tantos que ni siquiera podía indicar quién la había puesto en esta situación. Que Dios no la iba a perdonar nunca.

Yo le dije que no creía que fueran tantos. Que muchos, lo que se dice muchos, habían sido los amantes de Celestina Manzano.

La invité a descansar, y ahí nomás le conté mi versión de la historia.

Últimas desmemorias junto a la ventana (Pablo y su papá)

 

–Pablo ¿te dije alguna vez que el otoño me pone nervioso? Es por el jardín. No soporto la incertidumbre de las hojas que mueren. Me da vértigo no saber si volverán a crecer, si las plantas reflorecen en los phelechoróximos meses o si quedan ahí las ramas, crujiendo para siempre. Mirá eso. Mirá el helecho. Esplendoroso. Parece plateado. Lo plantó tu abuela y…- dijo esto, lento, mi padre y siguió hablando pero yo estaba absorto con una caja de las pesadas entre las manos, por la sorpresa de que me haya llamado Pablo, y me hable de mi abuela y use la palabra esplendoroso. Me había reconocido después de muchas visitas, justo ese día, el último que pasaría en su casa, ahí junto a la ventana que da al jardín. Con las decisiones tomadas.

 

Tan sorprendido estaba que no pude disfrutar esa imagen absurda del vértigo frente al otoño y sus motivos. Me perdí el momento hasta que me subí al camión de la mudanza y se lo conté al fletero cuando se dio cuenta que tenía los ojos húmedos y me preguntó qué pasaba. Le dije después que los poetas vivimos de esos repulgues de la realidad: las miradas extraordinarias sobre las cosas ordinarias. El tipo me dijo que seguramente eso era una forma de decir, porque los poetas deben vivir de vender sus libros. También me preguntó, con respeto (así dijo, “te lo pregunto con respeto“) si yo era puto como la mayoría de los poetas y como estábamos ahí, encerrados en la cabina de esa F100 destartalada y faltaba bastante para llegar, le mostré el anillo, le hablé de Analía y de los nenes y le dije que la mayoría de mis colegas más que putos son putañeros. Se quedó tranquilo. También le di la razón: no vivo de poesía. Soy poeta, trabajo de otra cosa.

 

Esa mañana llamé a Elsa para saber cómo estaba todo. Me dijo que papá ya estaba bañado, que le pegó un par de gritos como siempre y que ni se mosqueó ante la pila de bolsos o los armarios vacíos. Todo normal. Después llamé a la residencia (así le digo desde que lo decidimos: residencia, que es más imponente que asilo y más elegante que geriátrico),  para saber si estaba todo listo. La Licenciada Medina me dijo que sí, que llevara las copias de la historia clínica, la ropa (me repitió tres veces que lo más importante eran los pijamas, las medias y los calzones) y, claro, a mi padre, al que esperaban con mucho cariño y actividades toda la semana.

 

–Lo tiene en los folletos, igual. Son actividades de estimulación, especialmente para trabajar la memoria- tan entusiasta la Licenciada Medina.

–¿Memoria?  Él ya no se acuerda de nada- la interrumpí. Qué grosero.

 

Quedó todo para último momento. El mismo día tenía que sacar las cosas que quedaban en la casa de mi padre, llevarlas a la mía (por suerte Elsa se quedó con los muebles grandes, Analía no me hubiera dejado conservarlos),  y dejar a mi papá en la residencia.

 

–Pablo, ¿estás escribiendo?- dijo él después de hablar sobre el helecho de mi abuela y  yo sentí que todo estaba ocurriendo diez años antes. Además de no confundirme con un extraño me reconocía como Pablo, su hijo, el que escribe.

–Sí, papá. Pero ahora escribo poesía- contesté emocionado, apoyé otra de las cajas pesadas en el suelo y le agarré la mano.

–Leele algo a tu viejo- pidió.

 

Solo tenía algunas notas en el celular,  garabatos digitales que guardo cuando se me ocurre alguna idea en el subte, camino a la oficina, y suelo descartar cuando llego al escritorio. Me dio bronca no tener mi cuaderno o la computadora, pero ese rato no tenía que acabarse, asique leí.

¿Un consejo?
Y, depende.
A veces, es algo que se dice
porque sí.
Porque hay que decir algo.
Aconsejan los opinadores,
que tienen que meterse,
en todo, siempre.
Porque sí.

En el mejor de los casos,
uno pregunta,
uno lo pide.
Y tal vez se tope,
con un capo
que la tenga re clara
y le cante la posta.

Yo digo: de ahora, y para siempre
las cosas buenas.
Sacar de órbita
La mierda, los mierdas.

No es una cuestión
metafísica o de vibras.
Tampoco de destinos o suertes o dioses.
No es autoayuda.

Es sacar los yuyos
y sembrar jazmines.

Las cosas buenas, la gente buena.
Los abrazos.
Los reclamos justos.
Las treguas.

 

Papá no dijo nada. Elsa lloraba. No supe bien si era de emoción. Es lo que hay, dije yo.

Desde que me fui de esa casa me mudé mil veces. Con dos amigos, con una novia, solo, con Analía, con Analía y los nenes. Pero ese día mudaba mi vida: una biblioteca de tres generaciones discretas, los ceniceros,  carpetitas bordadas, mi padre. Subí las cajas al furgón con poca ayuda del fletero.

Cuando arrancamos sucedió aquello de mis ojos húmedos, el qué te anda pasando y los poetas son todos putos. Después el tipo manejó conversando por celular y tuve muchas ganas de pedirle que cortara. Hablaba a los gritos con una mujer a la que trataba mal acerca de un hombre al que se refería como “ese que es medio bobo, casi mogólico“. Me miraba cómplice de costado cada vez que solapaba un insulto. Luego cortó y me avisó que iba a frenar en un almacén a comprar cerveza para el camino. Lanzó una carcajada con eco antes de que yo pudiera decirle que era mala idea beber y conducir  y me aclaró que solo quería una coca cola.

Ahí nomás bajó del furgón a la vereda. Se desplomó antes de entrar al almacén.  Dos pasos dio y se fue al piso.

Llamé al 911. Llamé a Analía y le avisé que sería un día largo y que iba a demorarme. Después de cerrar el furgón y mientras subían al fletero a la ambulancia, llamé a Elsa y le pedí que trasplantara el helecho a cualquier balde. Que lo dejara, por favor, listo junto a mi padre, al lado de la ventana.  Que más tarde los pasaba a buscar.

 

 

 

 

 

 

 

La pregunta de mis viernes

Todos los viernes L. me pregunta para cuándo el novio. Dice que es importante encontrar un buen muchacho y que yo soy una linda chica. Que me lo merezco. Que se me está pasando el tiempo. Es lo que le enseñaron a ella y lo que siempre le dice a sus hijas.

mate mal.jpgEsto sucede mientras compartimos la pava en dos mates. El mío, amargo, con la bombilla correntina de boca ancha. El de ella con azúcar, en el mate de madera, porque para amarga está la vida.

Hace treinta años L. conquistó el podio de “las chicas“ de mi bobe. Fue la que duró más de un mes y se quedó para siempre, porque además de limpiar bien, sabía de peluquería y no escatimaba en spray fijador.

Le nacieron los hijos y los nietos. Siguió trabajando, también, mientras hacía la primaria en una nocturna. La vimos esconder la cara con un ojo reventado porque el marido llegó borracho y justo, justito, se resbaló arriba de ella.

Trabajó con mi mamá. Con ella, los viernes, también se tomaban la pava en mates separados. Y también le preguntaba para cuándo el novio. A veces, si yo pasaba a saludar o a buscar algo de mi antiguo cuarto, me confesaba que, en realidad, ella quería que mi mamá volviera con mi papá.

L., no seas tan loca y no seas tan chusma.

Cuando murió mi vieja, en medio de la conmoción y la sorpresa, pedí que llamaran a L. Un instante ridículo y alienado. No pensé en avisarle: yo quería que limpiara la casa.

Del otro lado del celular, sonó un grito-desgarro.

Treinta años de mates.

L. viene a mi casa todos los viernes. A la pregunta de siempre le sumó las siguientes afirmaciones:

Ay, Paulita y el muchacho, qué linda pareja que son.

y

Qué bien está tu hermano con esa chica, eh.

Pero hoy  L. llegó con lágrimas vivas.

Su hija más chica se tajeó las muñecas. No es la primera vez. Lo hace porque “los hombres siempre la decepcionan“

L. ya está jubilada y sigue trabajando. Armó su casa, le hizo un cuarto a los nietos. Pudo alejarse del borracho que justo justito se resbalaba y la lastimaba. Logró que sus hijos terminen la escuela.

Yo creo que con algunos mates más, va a entender que es hora de dejar de preguntarle, al menos a su hija, para cuándo el novio.