Diálogo II

Ella dice:

Me mandaron una foto tuya por whatsapp. No sé quién te la habrá sacado pero me lo imagino. Estás en un lugar hermoso. Por el color del agua debe ser a la orilla de algún lago del sur. En la foto vos estás sacando fotos. O sea, no exactamente en ese momento: tenés la cámara en la mano y la cámara está prendida. Por el visor se ve un recorte del lago. Imagino que antes y después de ese instante disparaste varias veces. El paisaje amerita. Estás usando un buzo rayado, tipo el de Freddie Krueger. Podría ser un buzo que te compró tu mamá a los quince. Tal vez te lo compró hace poco tu mamá porque la verdad es que no te veo revisando percheros ni gastando plata en ropa nueva. Además, estás muy ocupado, me enteré.

Igual el tema acá es que en esa foto tenés puesta mi gorra. La gorra que me regalaste cuando volviste del primer viaje y que yo hace años estoy buscando. Me peleé con mi hermano, lo acusé de haberla perdido. La busqué en todas las casas en las que viví este tiempo. Le pegué a mi perra porque la vi con un retazo azul y pensé que la había despedazado. Y no, ¿sabés qué? Era un zoquete lo que me había roto, pero yo le pegué una patada que la dejó aullándole a la luna toda una noche. Ahora duerme en mi cama la perra. Todo porque pensé que me había destrozado la gorra que en definitiva era lo único tuyo que me quedaba y resulta que la tenés vos. Vos. Limpita, como nueva, defendiéndote las pecas.

Decime dónde y cuándo te veo así me la devolvés.

Él dice:

La gorra está limpita y como nueva, porque es nueva. Viajo seguido. Ya te lo deben haber contado. No sé quién te mandó la foto, pero me lo imagino. Igual si querés nos vemos.lake

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Cadena

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1.

Esto me lo reveló mi tía Silda. Lo bueno de las imprecisiones en su relato es que ahora no voy a contar una anécdota sobre mi mamá, si no que voy a escribir un cuento. Gran oportunidad también para confesar que Silda no es mi tía de sangre (doble mérito habernos adoptado) y  en realidad se llama Casilda.

            En una digresión de almuerzo de domingo charlábamos sobre religión y fe. Me sorprende no recordar cómo llegamos a irnos a la cocina para hablar del tema, especialmente porque sucedió hace menos de diez días y yo suelo tener muy buena memoria para este tipo de asuntos. Supongo que entre ese momento y ahora tomé bastante vino o escuché demasiado Arcade Fire, o le saqué lustre al on demand con el password de cablevisión play que me prestó Ernesto. O todo eso junto, entonces se me escapan los detalles como a Silda, solo que ella me hablaba de algo que pasó hace cuarenta años.

            Me quería contar (insisto, no sé cuál fue el puntapié, tal vez  la proximidad de la Semana Santa) sobre la extraña relación que tuvo mi madre con el catolicismo. Más precisamente con las iglesias. Con la solemnidad, el aire frío y  el eco de los susurros de las iglesias. Extraña la relación entre otras cosas porque mi mamá fue hija de mi bobe. Vientre judío.

            En mi familia materna no eran ni son ortodoxos. Tampoco fueron nunca fanáticos del templo, pero todos se educaron bajo costumbres hebreas, no había arbolito en diciembre y pesaj era obligatorio. El hermano mayor de mi mamá se fue con toda su cría a Israel en el 88. La hermana menor, mi querida tía Vivi, también vive allá hace unos años. Mis primos hicieron aquí sus bar mitzvás y allá la colimba. En definitiva: una familia judía.

            Una de las tantas ovejanegreadas de mi mamá fue desprenderse de esas tradiciones con el correr del tiempo. Un streaptease de creencias que dio lugar al abrigo de las convicciones (se me ocurre una: el peronismo, hablando de ovejanegreadas).

Ella, tan progre y desprendida, cada tanto, antes y hasta hace poco, se refugiaba en las iglesias.

            ¿Cómo reza alguien que no sabe rezar?

            El  relato de Silda no termina de ubicarse en el tiempo, pero cualquier tiempo posible era espeso. Pudo suceder en el 74 o el 75, con el ambiente caldeado y mi vieja boyando entre casas amigas (como la de Silda). O en el 76, con sus compañeros desapareciendo y las escondidas. Los siguientes años, seguro que no.

2.

Mi mamá caminaba por la ciudad con la mirada entrenada y los hombros pesados. En una parada de colectivos se topó con un papel doblado y en un impulso del azar lo abrió. Ahí fue que encontró  un fractal diabólico. Se usaron por años, antes de los mails y los celulares. Una carta manuscrita que decía que quién la leyera caería víctima de las peores tragedias.  Que la única forma de librarse de eso era escribir la misma carta diez veces para que la encontraran otras diez personas. Y que aún peor y más dramático sería romperla o tirarla.  Mi mamá (¡increíble!) se asustó.

            Además, no iba a hacerlo. Diez personas envueltas en la misma maldición, tal vez diez amigos o diez compañeros. De ninguna manera. Guardó la carta y se angustió por semanas pensando cómo solucionar ese pesar del destino. La llevaba consigo en bolsillos o carteras y la releía en su mente a cada rato.

            Una noche se lo contó a Silda y ella no supo si era una pavada o una cuestión verdaderamente grave, pero si alguien apoyaba a mi mamá (en esa y todas las épocas) era Silda, así que la ayudó a pensar cómo encontrar una salida. A alguna de las dos se le ocurrió la respuesta.

            Al día siguiente caminaron hasta la San Antonio, en Parque Patricios. Entraron y buscaron al cura, seguramente acostumbrado en ese entonces a los recados pesados. Mi mamá le contó con remordimiento lo de la carta. Él se la pidió y sin leerla la hizo pedazos en su cara.

 Listo, hija, me ocurrirán a mí todas esas cosas horribles, aunque viviendo en la casa de Dios, no lo creo.

3.

Toda muerte sorpresiva conlleva peripecias logísticas. Así fue tantos años después del corte de aquella cadena endemoniada y tantas otras visitas a iglesias cuando murió mi mamá. La sala de velorios fue la que encontramos disponible,sin pretensiones estéticas ni tiempo para catering. El cajón estaba debajo de un Cristo plateado crucificado en madera. El lugar se llenó de gente.

            Berta, la adorable y peculiar bobe de mis primos (mi único reducto de knijes) vino a saludar y no por compromiso. Mi mamá había sido una persona muy querida en toda la periferia familiar. Después de su abrazo de consuelo me dijo muy seria que debíamos tapar la cruz porque “ella era judía”.

El velatorio estaba lleno de personas de todas las eras. Parientes, amigos, compañeras de la escuela, militantes, vecinos, mi gente y la de mi hermano. También estaban sus compañeros de Los Tíos, el último espacio que la tuvo militando, y toda la Básica. No sé si alguno de ellos la escuchó a Berta, pero la cruz apareció tapada con una bandera argentina y una remera de La Cámpora.

4.

Un niño al que quiero mucho y a veces accede al celular de su mamá, suele mandarme como chiste cadenas virtuales que dicen que si no las reenvío me pasarán cosas terroríficas. Yo por las dudas como ya sé de qué se trata borro los mensajes antes de terminar de leerlos.

Indio, Virginia, los fans, San Valentín y Facebook. Sí, todo eso.

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Uso facebook desde 2008. Mis compañeros de la secundaria ya me habían dicho que era ideal para mí, que se generaban reencuentros y un montón de ñoñadas a las que soy vulnerable. Pero concretamente abrí la cuenta para saber más sobre un pibe que tenía mega flechada a una amiga: googleamos su nombre y el único link que amarreteaba data era el que te llevaba a su perfil.
A partir de ahí, con intermitencias, me hice medio adicta. Armé grupos con los de la primaria y la colonia (sí, quiéranme como soy). Armé uno que aún administro, el del barrio: una locura imparable que resultó en conocer en la vida “real“ a muchos de mis vecinos. Lo uso para laburar o para compartir fotos con la familia en Israel. Miro videos, subo imágenes de (¡mis!) gatitos, difundo pedidos varios. Contacté a grosos con los que hice cursos. Le armamos con Dani el perfil a Checa y lo gastamos para la radio.
Escribo algunas cosas, chusmeo otras. Prometo no engranarme cuando me topo con un forista fascista modo on, pero no siempre lo logro y termino escribiendo con mayúsculas. Cuento a quién voto y también si voy a un recital. Descubro gente que escribe genial y acepto recomendaciones de series o películas. Como no tengo poder de síntesis y nunca invertí en smartphones de mil megapíxeles, es la red social que más cómoda me queda.
Sin mucho sobresalto, más bien desorganizada rutina. Hasta que apareció Virumancia.
-ALERTA: A partir de este párrafo, todo será y parecerá especulación, expectativa y exageración-.
Virumancia es la fan page que encabeza Virginia, la mujer del Indio Solari. El día que empezó a publicar me sumé, gracias a un posteo de un contacto que decía algo así como “ahora sí que Facebook tiene sentido“. Ya dije que iba a sonar exagerado, pero me temblaron las piernas. De un saque empezaron a aparecer retratos inéditos, fotos de sus perros, los rincones de la casa de mi héroe del rocanrolnenen. Virginia (¿Virginia?) comenzó a contestar a los seguidores y (decía y dice) a transmitir los mensajes que todos nosotros queríamos hacerle llegar al Artista Invitado, a Caballo Loco, al Monje Libertino y, claro, al Indio.
Estamos hablando (con los hechos) del tipo más convocante del país (supera a cualquier otro rockero, o cantante melódico o escritor o equipo de fútbol). De un chabón que dio poquísimas notas en su larga carrera y eligió vivir entre muros, haciendo música y familia puertas adentro. Un tipo que parece no tener muchos amigos ni haber hecho demasiadas migas entre colegas. Mucho menos contacto con sus fans. Y, de repente, aparece ahí, con discreta intimidad, a un click y una mujer de distancia.
Entro a Virumancia al menos una vez por semana. Hay cosas que me conmueven, y tienen que ver, sí, con el amor. Por un lado (aquí las especulaciones) pensar en la mujer de toda la vida. Imaginarla admiradora, acoplándose a las decisiones de esa suerte de semidios. Soñándola, al mismo tiempo, fuerte, decidida y fascinante (porque las genuinas musas del rock son así). Por otro, la emoción de los seguidores, verdaderos fanáticos que encuentran en ese espacio el lugar para volver literatura (popular, visceral) las sensaciones de cada misa pasada y la expectativa por las que vienen (el plural es una expresión de deseo).
En el medio de todo, más amor (o que no haya nada). Supongo que no es casualidad que Virumancia vea la luz poco después de que se haga pública la enfermedad del Indio. Hora de capitalizar en toneladas de afecto lo que el chabón sembró en canciones inconfundibles.
Hoy es San Valentín y me sorprende el cínico alboroto de las redes. La mercantilización exagerada del amor que hacen las marcas y los comercios, y el desprecio un poquito impostado de casados y solteros para dejar bien en claro que no hay nada que festejar.
Yo también pienso que el amor romántico es una especie de trampa. No porque no exista, si no por el peligro de creer que es lo único, que es la meta.Y por las condiciones que la historia impone (en especial, a las mujeres). Soy, además, muy vaga como para ser fan de cualquier cosa (hay que leer, memorizar, estar pendiente). Sin embargo, me movilizo con esos pequeños temblores que a todos nos produce la belleza de los buenos momentos. Que se pueden encontrar en las canciones, en los libros, en la cancha. Con tu chico, tu chica, tu perro, tu guitarra. Las que se hacen recuerdo. Y con los mimos, de donde vengan, que necesita hasta el más rey de reyes en su torre (o mi amiga, hurgando el perfil de su pretendido).

Herencias.

Algo obvio, para quién tenga un mínimo de sensibilidad: armar el soundtrack de tu vida.

Random en mi cabeza.

Seru Giran, que a veces aparece escrito con tildes en la ú  y en la á, es para mi papá la mejor banda argentina de todos los tiempos.

De chica, escuchaba lo que mis padres escuchaban y por suerte Charly y sus secuaces sonaban seguido. Acepté esa herencia.

Hoy: Eiti Leda.

Para dejarse atravezar por la espada vengadora.