Regalos (cada navidad un cuentito)

Se incendia mi casa y yo estoy a ciento veinte kilómetros de ahí. Me avisaron los vecinos, ya llamaron a los bomberos. Todavía no sé cuánto se lleva el fuego. ¿Se lleva los cactus, las cartas, un mueble? ¿Se lleva la casa entera, las vivencias y la humedad de los techos? Se llevará, sí, mi verano de ocio, o, mejor dicho, lo traerá con fuerza, más caliente. Imagino enero entre escombros que todavía crujen, que son como las brasas de un asado que nadie comió y que dejan un polvo sin alma. Me veo arriba de una montaña en la que yace mi próximo pasado. Tal vez tenga suerte y con las sillas y la tele se incendien algunos recuerdos y ya no vuelvan.

Falta media hora para las doce, estamos reunidos los de siempre, en el campo de mi hermana. Dos mil grados de temperatura, copas de más, ensalada de frutas a la que le agregan sidra. No voy a encontrar quién me lleve a la ciudad en estas horas de fiesta. El fuego ya le arruinó la navidad a mis vecinos: están en la vereda esperando que no llegue a sus propias casas, tal vez tapándose la boca para no tragar el humo y más aturdidos que nunca con el calor y los petardos.  A mi familia no le digo nada, intento resolverlo mandando mensajes de texto que no se envían y llegarán cuando sean inútiles.  Me voy detrás de una arbolada a llamar a Pablo. Quiero pedirle que se acerque a ver cómo está todo, pero no me atiende. ¿Debería haber pasado esta noche con él y con su padre? ¿Habría cambiado algo? ¿Sería nuestra relación más seria, se hubiera salvado mi casa? Le quiero preguntar todas esas cosas, pero no me atiende. Le dejo un mensaje.

A las doce brindamos. Mi tía llora por todos sus muertos y Male corre al arbolito a buscar sus regalos. Ella todavía cree. Me encantaría ser yo la que se lo diga, verle el desencanto en los ojos y darle una bienvenida amorosa a este mundo de mierda, tomarla de la mano y explicarle que los regalos se acaban, que los sueños no se cumplen. Que tarde o temprano se te quema la cabeza y tal vez la casa. Mi vecina me manda un mensaje que dice ¡Felicidades! y también dice que los bomberos rompieron la puerta y están adentro, pero no dejan pasar a nadie por precaución. Pusieron una cinta. Le pido que me tenga al tanto y ya no contesta más.

Acá la música está cada vez más fuerte, me duele la cabeza. Me cargan porque no suelto el celular. Quiero saber qué pasó. ¿Una cañita voladora? ¿Algo que dejé enchufado? ¿El gas? Les grito que no suelto el celular porque estoy aburrida, que no me gusta la música que suena y que tengo calor. Los estoy cuidando, si les cuento lo que pasa se van a subir a sus autos, así, borrachos, tal vez choquen y mueran o maten a alguien y no me extrañaría porque esta noche parece estar llena de desgracias. También me van a abrazar, transpirados, y a decirme que todo va a estar bien, que probablemente no sea nada, que lo cubre el seguro. Yo les diré que no pago ningún seguro y ahí, sí, empezará la pelea. Q12670744_10209259162222199_4757017743988523673_nue soy grande, que debo ser más responsable. Métanse en sus cosas.

Suena el teléfono. Es Pablo. Escuchó mi mensaje y salió corriendo.  Me dice que me ama y que no me preocupe, que me puedo quedar con él todo lo que sea necesario.

Entonces es así, se quemó todo. Gracias, Pablo. Llego de mañana, si querés almorzamos con tu viejo.

Traen el pan dulce. ¿Qué festejo habrán abandonado los bomberos? ¿Van las familias a los cuarteles, llevan pan dulce? No tengo nada fuera de mi casa. Una familia, sí, pero nada que pueda agarrar o meterme en un bolsillo. Me veo otra vez en la montaña de escombros, los recuerdos no se quemaron.

Tengo calor, ladran los perros y siguen en la mesa hablándose a los gritos. Lanzo una única idea amable, divertida, a ver si se callan y si la noche se pasa más rápido. Vamos a tirarnos así, vestidos, a la pileta. Se paran, no lo dudan, celebran. Nos metemos, salpicamos.  Male no hace pie, le hago upa, se muere de risa. Yo rompo en llanto. Male me abraza y me dice que tiene una buena noticia: Papá Noel no me dejó nada en el arbolito pero estoy a tiempo de pedirle algo a los Reyes.

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¡Finde!

Me puse contenta

porque el pronóstico paraguas
anunció lluvias para el finde.


Yo ya tenía
toda una lista
de series pendientes
y una clave
prestada
de cablevisión play.


Además
me había bajado
una receta de pan casero
para hacer y comer
antes del lunes
que empiezo la dieta.

El asunto es que el finde
trajo
además de lluvia
Una piba muerta.
Que se suma a la montaña
de pibas muertas
con las caras y las conchas violentadas.

Al limbo de padres sin consuelo.

Y entonces
los rostros de esa montaña vuelven
montados en sus cuerpos

jóvenes
y vuelve, también,
la mirada de todos los gastados,
cínicos, que aburren,
puesta en el minishort.

Ay.
Qué ganas
de clavarme un minishort cometrapo
y reggetonearle la napia a la gilada
con mi culo adulto y poseado
Para explicarle a los gastados
que no importa la ropa.
Ni la hora.
Ni el boliche.
Ni la junta.

Tal
como dijo mi app
de weather cannel
la lluvia no paró.

Solo un poco más tranquila
después de algunos
abrazos
de mujeres paraguas
me topo
en el domingo
que en inglés se dice Sunday
o sea
día de sol
con la forrada anacrónica
de los gases
y los palos
y los escudos que le cobran peaje
a la protesta alternativa
,
para que cierre el modelo
y la gente no chille.

Ay
Qué rara
Esta sensación
De querer
Que sea lunes.