Los amantes de Celestina Manzano

La abracé fuerte. Fue un abrazo solemne, sin sonrisas, en la esquina del consultorio. Yo la apreté con firmeza y hundí mi cara en sus hombros. Me daba culpa no tener dinero para prestarle. Tuvo que vender la flauta traversa.

Sacó de su bolso un sobre abultado que decía Sra. Angie  escrito con su letra. Me pidió que lo guardara y se lo diera a quien nos pidiera la plata. No sabíamos si Angie era la recepcionista o la esposa o la madre del doctor, pero Carolina estaba demasiado nerviosa como para hacerse cargo también del pago, así que agarré el sobre y me lo guardé en el jean.

El edificio tenía uno de esos portones de hierro y un gran picaporte dorado. Estábamos en el microcentro, bastante lejos de donde pensé que pasaban estas cosas. Nos abrió el encargado cuando nos vio dudar frente al portero eléctrico. Anunciamos que íbamos al tercero d y no nos echó ninguna mirada especial. El ruido del ascensor era insoportable.

La puerta la abrió una señora muy menuda que nos saludó con un beso y se presentó como Angie. Inmediatamente saqué el sobre. Angie me dijo que después arresantoglábamos.

En la coqueta sala de espera solo estábamos Carolina, Angie en su escritorio y yo. Nos sentamos en los sillones y Carolina sacó de la cartera la estampita de un santo. La besó y me pidió que la tenga y que le rezara. Yo de santos y rezos nunca supe demasiado. Este tenía un bebé en los brazos.

El doctor se asomó por la puerta. Aunque yo estaba más gordita enseguida supo que Carolina era la paciente y la hizo pasar al consultorio. A mí no me invitó, pero me paré y entré con ellos. El doctor hizo un chiste (“me imagino que no sos el padre“). No me reí ni un poco,  Carolina apenas.

Yo no le había preguntado a ella quién era el padre porque no quería incomodarla. Solo sabía que no era Leo.  Hacía muy poco que salían y estaba entusiasmada con la relación.  Esto era empezar con el pie izquierdo. Una cortina celeste muy finita transparentaba la camilla.

Después de explicar el procedimiento, el doctor me pidió que aguardara afuera.

Angie me ofreció un té. Tenía aspecto de haber sido deportista. La podía imaginar con ropa de atletismo, con el pelo canoso incluso siendo más joven, sujetado por una vincha de las que rodean la frente. Acepté y le pregunté si tenía limón.

Con la taza y su platito en la mano, caminé inquieta por la sala. Recorrí con la vista las paredes, con sus cuadros (el diploma del doctor, algunas menciones a sus trabajos) y las fotos. Todas eran de lugares (París, Mundo Marino), solo había un retrato. Una foto vieja que bien podría haber sido un dibujo.

Es Celestina Manzano, me dijo Angie. Partera rosarina ¿Sabés la historia?.

No, no sé de santos ni rezos ni parteras (rosarinas o de ninguna parte).

Sentate y terminá el tecito, que yo te cuento. Y ahí nomás abrió un cajón y sacó un libro, o un cuaderno, que no pude ver de cerca. En voz alta, leyó:

Celestina Manzano, dos veces viuda, de López primero y de Viale después, nunca se sacó su apellido. Ella decía que no era de nadie y lo de andar usando el nombre de un marido era como encomendarle la historia de una a cualquier diablo.  Eso entre las vecinas del barrio Godoy no caía muy bien, a pesar de que Rosario fue siempre una ciudad moderna y civilizada.  Eran otras épocas. A Celestina se la respetaba  con discreción, por este asunto del apellido y otras tantas opiniones que caían pesadas en las tribunas de la vereda, pero se la respetaba, digo, porque a las parteras se las considera siempre y bien: ella traía al mundo a los críos de la chusma de todas las clases.

            El problema era que Celestina tenía carácter duro. Una matrona enorme y adelantada, que se enfrentaba a los médicos de la provincia para conseguirle camas a las parturientas, cuando todavía era costumbre recibir a los nacientes en las casas. Se ocupaba también de aconsejar a las jovencitas sobre temas de los que no se hablaban, y eso no le gustaba ni a las doñas bien ni a las mujeres de los obreros.

            Y como si todas estas cosas no le valieran ya varios inconvenientes, Celestina tenía un secreto que no era tan secreto, ni en Godoy ni en ningún otro barrio de Rosario: después de enviudar de Viale, el segundo marido, Celestina Manzano se entregó  a los placeres de la carne.

            Se le atribuyeron trescientos quince amantes, entre solteros, casados, padres de las criaturas que ella ayudaba a nacer, profesionales y trabajadores del campo. Incluso se hablaba del párroco de Godoy, pero su séquito católico logró que eso dejara de mencionarse. Trescientos quince y en esos tiempos.

            Lo cierto es que Celestina imponía su temple también en el dormitorio, y adelantada como era, instruía a sus compañeros de turno en prácticas amatorias novedosas, con objetos, juegos de rol e incluso violencia.

            La población asumió que Celestina Manzano era infértil, pues parecía extraño que entre tanto paseo nocturno, y después de dos maridos, nunca hubiera tenido hijos. Pero si algo sabía Celestina era cómo evitar un embarazo y cómo tratar su anatomía.

          Entre rumores y mientras tanto, a la luz del día Celestina Manzano era para todos la mujer que ayudaba a otras mujeres a parir. Lo de los trescientos quince amantes se supo porque Celestina cometió el peor error que puede cometer la hembra caliente. Celestina Manzano se enamoró.

          Y el destinatario de ese amor no era otro que Benigno el boticario de la zona, con quien Celestina se encontraba por placer y por negocios al menos una vez por semana. Benigno, casado con una miembro de la Sociedad de Fomento, cometió el peor error que puede cometer el hombre infiel: una noche volvió ebrio a su hogar y le propuso una rareza a su esposa. Ésta se asustó de muerte y él reaccionó con enojo, enrostrándole que así era como lo hacía con Celestina Manzano.

            La mujer, furiosa, comenzó a decir en voz alta y en cada esquina lo que antes se susurraba: que Celestina Manzano era una persona de dudosa moral, y a eso le agregó la palabra rompehogares. La Sociedad de Fomento denunció ante las autoridades de salud que la partera era una ninfómana peligrosa diciendo tener la lista de los más de trescientos amantes que habían caído en sus redes.

            Los médicos tal vez por miedo a ver sus nombres en esas listas tomaron por válida la denuncia y le quitaron a Celestina Manzano su permiso para partos. Celestina se encerró en su casita de Godoy, donde jamás se volvió a ver entrar ni mujeres embarazadas ni varones impacientes.

Todo esto me leía Angie y yo ya me había tomado tres tés cuando quise preguntarle cómo había llegado esta historia a sus manos, pero justo se abrió la puerta y el doctor me dijo que ya podía entrar a ver a Carolina.

Me dolía un poco la cabeza, a Carolina se la veía peor. El doctor le recomendó que tomara agua e hiciera reposo, al menos tres días. Angie nos saludó a las dos con un beso y caminamos lento al ascensor. Abajo nos abrió el encargado que le dijo a Carolina “que te mejores“.

Cuando subimos al taxi nos dimos la mano y no hablamos hasta llegar a su casa. La ayudé a acostarse y le llevé agua. Prendimos la tele de su cuarto pero ya habían empezado los noticieros y los programas de archivo, no estábamos de humor para eso. Ella estaba atontada por la anestesia que le quedaba y dolorida por la que ya no le hacía efecto.

Habló después de un rato. Como queriendo reírse (o llorar, no sé), dijo que todo esto le había pasado por puta. Por haber estado con tantos tipos. Tantos que ni siquiera podía indicar quién la había puesto en esta situación. Que Dios no la iba a perdonar nunca.

Yo le dije que no creía que fueran tantos. Que muchos, lo que se dice muchos, habían sido los amantes de Celestina Manzano.

La invité a descansar, y ahí nomás le conté mi versión de la historia.

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Últimas desmemorias junto a la ventana (Pablo y su papá)

 

–Pablo ¿te dije alguna vez que el otoño me pone nervioso? Es por el jardín. No soporto la incertidumbre de las hojas que mueren. Me da vértigo no saber si volverán a crecer, si las plantas reflorecen en los phelechoróximos meses o si quedan ahí las ramas, crujiendo para siempre. Mirá eso. Mirá el helecho. Esplendoroso. Parece plateado. Lo plantó tu abuela y…- dijo esto, lento, mi padre y siguió hablando pero yo estaba absorto con una caja de las pesadas entre las manos, por la sorpresa de que me haya llamado Pablo, y me hable de mi abuela y use la palabra esplendoroso. Me había reconocido después de muchas visitas, justo ese día, el último que pasaría en su casa, ahí junto a la ventana que da al jardín. Con las decisiones tomadas.

 

Tan sorprendido estaba que no pude disfrutar esa imagen absurda del vértigo frente al otoño y sus motivos. Me perdí el momento hasta que me subí al camión de la mudanza y se lo conté al fletero cuando se dio cuenta que tenía los ojos húmedos y me preguntó qué pasaba. Le dije después que los poetas vivimos de esos repulgues de la realidad: las miradas extraordinarias sobre las cosas ordinarias. El tipo me dijo que seguramente eso era una forma de decir, porque los poetas deben vivir de vender sus libros. También me preguntó, con respeto (así dijo, “te lo pregunto con respeto“) si yo era puto como la mayoría de los poetas y como estábamos ahí, encerrados en la cabina de esa F100 destartalada y faltaba bastante para llegar, le mostré el anillo, le hablé de Analía y de los nenes y le dije que la mayoría de mis colegas más que putos son putañeros. Se quedó tranquilo. También le di la razón: no vivo de poesía. Soy poeta, trabajo de otra cosa.

 

Esa mañana llamé a Elsa para saber cómo estaba todo. Me dijo que papá ya estaba bañado, que le pegó un par de gritos como siempre y que ni se mosqueó ante la pila de bolsos o los armarios vacíos. Todo normal. Después llamé a la residencia (así le digo desde que lo decidimos: residencia, que es más imponente que asilo y más elegante que geriátrico),  para saber si estaba todo listo. La Licenciada Medina me dijo que sí, que llevara las copias de la historia clínica, la ropa (me repitió tres veces que lo más importante eran los pijamas, las medias y los calzones) y, claro, a mi padre, al que esperaban con mucho cariño y actividades toda la semana.

 

–Lo tiene en los folletos, igual. Son actividades de estimulación, especialmente para trabajar la memoria- tan entusiasta la Licenciada Medina.

–¿Memoria?  Él ya no se acuerda de nada- la interrumpí. Qué grosero.

 

Quedó todo para último momento. El mismo día tenía que sacar las cosas que quedaban en la casa de mi padre, llevarlas a la mía (por suerte Elsa se quedó con los muebles grandes, Analía no me hubiera dejado conservarlos),  y dejar a mi papá en la residencia.

 

–Pablo, ¿estás escribiendo?- dijo él después de hablar sobre el helecho de mi abuela y  yo sentí que todo estaba ocurriendo diez años antes. Además de no confundirme con un extraño me reconocía como Pablo, su hijo, el que escribe.

–Sí, papá. Pero ahora escribo poesía- contesté emocionado, apoyé otra de las cajas pesadas en el suelo y le agarré la mano.

–Leele algo a tu viejo- pidió.

 

Solo tenía algunas notas en el celular,  garabatos digitales que guardo cuando se me ocurre alguna idea en el subte, camino a la oficina, y suelo descartar cuando llego al escritorio. Me dio bronca no tener mi cuaderno o la computadora, pero ese rato no tenía que acabarse, asique leí.

¿Un consejo?
Y, depende.
A veces, es algo que se dice
porque sí.
Porque hay que decir algo.
Aconsejan los opinadores,
que tienen que meterse,
en todo, siempre.
Porque sí.

En el mejor de los casos,
uno pregunta,
uno lo pide.
Y tal vez se tope,
con un capo
que la tenga re clara
y le cante la posta.

Yo digo: de ahora, y para siempre
las cosas buenas.
Sacar de órbita
La mierda, los mierdas.

No es una cuestión
metafísica o de vibras.
Tampoco de destinos o suertes o dioses.
No es autoayuda.

Es sacar los yuyos
y sembrar jazmines.

Las cosas buenas, la gente buena.
Los abrazos.
Los reclamos justos.
Las treguas.

 

Papá no dijo nada. Elsa lloraba. No supe bien si era de emoción. Es lo que hay, dije yo.

Desde que me fui de esa casa me mudé mil veces. Con dos amigos, con una novia, solo, con Analía, con Analía y los nenes. Pero ese día mudaba mi vida: una biblioteca de tres generaciones discretas, los ceniceros,  carpetitas bordadas, mi padre. Subí las cajas al furgón con poca ayuda del fletero.

Cuando arrancamos sucedió aquello de mis ojos húmedos, el qué te anda pasando y los poetas son todos putos. Después el tipo manejó conversando por celular y tuve muchas ganas de pedirle que cortara. Hablaba a los gritos con una mujer a la que trataba mal acerca de un hombre al que se refería como “ese que es medio bobo, casi mogólico“. Me miraba cómplice de costado cada vez que solapaba un insulto. Luego cortó y me avisó que iba a frenar en un almacén a comprar cerveza para el camino. Lanzó una carcajada con eco antes de que yo pudiera decirle que era mala idea beber y conducir  y me aclaró que solo quería una coca cola.

Ahí nomás bajó del furgón a la vereda. Se desplomó antes de entrar al almacén.  Dos pasos dio y se fue al piso.

Llamé al 911. Llamé a Analía y le avisé que sería un día largo y que iba a demorarme. Después de cerrar el furgón y mientras subían al fletero a la ambulancia, llamé a Elsa y le pedí que trasplantara el helecho a cualquier balde. Que lo dejara, por favor, listo junto a mi padre, al lado de la ventana.  Que más tarde los pasaba a buscar.

 

 

 

 

 

 

 

La pregunta de mis viernes

Todos los viernes L. me pregunta para cuándo el novio. Dice que es importante encontrar un buen muchacho y que yo soy una linda chica. Que me lo merezco. Que se me está pasando el tiempo. Es lo que le enseñaron a ella y lo que siempre le dice a sus hijas.

mate mal.jpgEsto sucede mientras compartimos la pava en dos mates. El mío, amargo, con la bombilla correntina de boca ancha. El de ella con azúcar, en el mate de madera, porque para amarga está la vida.

Hace treinta años L. conquistó el podio de “las chicas“ de mi bobe. Fue la que duró más de un mes y se quedó para siempre, porque además de limpiar bien, sabía de peluquería y no escatimaba en spray fijador.

Le nacieron los hijos y los nietos. Siguió trabajando, también, mientras hacía la primaria en una nocturna. La vimos esconder la cara con un ojo reventado porque el marido llegó borracho y justo, justito, se resbaló arriba de ella.

Trabajó con mi mamá. Con ella, los viernes, también se tomaban la pava en mates separados. Y también le preguntaba para cuándo el novio. A veces, si yo pasaba a saludar o a buscar algo de mi antiguo cuarto, me confesaba que, en realidad, ella quería que mi mamá volviera con mi papá.

L., no seas tan loca y no seas tan chusma.

Cuando murió mi vieja, en medio de la conmoción y la sorpresa, pedí que llamaran a L. Un instante ridículo y alienado. No pensé en avisarle: yo quería que limpiara la casa.

Del otro lado del celular, sonó un grito-desgarro.

Treinta años de mates.

L. viene a mi casa todos los viernes. A la pregunta de siempre le sumó las siguientes afirmaciones:

Ay, Paulita y el muchacho, qué linda pareja que son.

y

Qué bien está tu hermano con esa chica, eh.

Pero hoy  L. llegó con lágrimas vivas.

Su hija más chica se tajeó las muñecas. No es la primera vez. Lo hace porque “los hombres siempre la decepcionan“

L. ya está jubilada y sigue trabajando. Armó su casa, le hizo un cuarto a los nietos. Pudo alejarse del borracho que justo justito se resbalaba y la lastimaba. Logró que sus hijos terminen la escuela.

Yo creo que con algunos mates más, va a entender que es hora de dejar de preguntarle, al menos a su hija, para cuándo el novio.

El balcón de los pájaros

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La esquina de 24 de Noviembre y Cátulo Castillo está distinta.

Tiraron abajo los galpones que llegaban a Rondeau, la enredadera de la casa tapó completamente los muros y hace añares que cerró Esquina Sur: de la rotisería de los apuros queda solo el óxido en las rejas.

Ayer pasé. En la hora azul y después de la lluvia.

Me detuve en un detalle lleno de vida. Un sonido que no ha cambiado.

El balcón de los pájaros.

De un paso a otro, se escucha el canto polifónico de cientos de pájaros.

El cuello al cielo. Y  la adivinanza: ¿dónde están? porque son muchos, no se ven y ahí no hay ni un árbol.

Misterios del barrio.

Para mí, están en el balcón. Tal vez en la terraza.

Prefiero no saber si en una jaula o si andan sueltos. Me desafío a imaginarlos. Serán de mil colores. Es como una selva.

La sensación dura una vereda.

Después, dobla el 6 desde la avenida Brasil, y te llenás de sus ruidos y del barro que escupen las baldosas flojas.

Es como otra selva.

Y este temazo

Indio, Virginia, los fans, San Valentín y Facebook. Sí, todo eso.

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Uso facebook desde 2008. Mis compañeros de la secundaria ya me habían dicho que era ideal para mí, que se generaban reencuentros y un montón de ñoñadas a las que soy vulnerable. Pero concretamente abrí la cuenta para saber más sobre un pibe que tenía mega flechada a una amiga: googleamos su nombre y el único link que amarreteaba data era el que te llevaba a su perfil.
A partir de ahí, con intermitencias, me hice medio adicta. Armé grupos con los de la primaria y la colonia (sí, quiéranme como soy). Armé uno que aún administro, el del barrio: una locura imparable que resultó en conocer en la vida “real“ a muchos de mis vecinos. Lo uso para laburar o para compartir fotos con la familia en Israel. Miro videos, subo imágenes de (¡mis!) gatitos, difundo pedidos varios. Contacté a grosos con los que hice cursos. Le armamos con Dani el perfil a Checa y lo gastamos para la radio.
Escribo algunas cosas, chusmeo otras. Prometo no engranarme cuando me topo con un forista fascista modo on, pero no siempre lo logro y termino escribiendo con mayúsculas. Cuento a quién voto y también si voy a un recital. Descubro gente que escribe genial y acepto recomendaciones de series o películas. Como no tengo poder de síntesis y nunca invertí en smartphones de mil megapíxeles, es la red social que más cómoda me queda.
Sin mucho sobresalto, más bien desorganizada rutina. Hasta que apareció Virumancia.
-ALERTA: A partir de este párrafo, todo será y parecerá especulación, expectativa y exageración-.
Virumancia es la fan page que encabeza Virginia, la mujer del Indio Solari. El día que empezó a publicar me sumé, gracias a un posteo de un contacto que decía algo así como “ahora sí que Facebook tiene sentido“. Ya dije que iba a sonar exagerado, pero me temblaron las piernas. De un saque empezaron a aparecer retratos inéditos, fotos de sus perros, los rincones de la casa de mi héroe del rocanrolnenen. Virginia (¿Virginia?) comenzó a contestar a los seguidores y (decía y dice) a transmitir los mensajes que todos nosotros queríamos hacerle llegar al Artista Invitado, a Caballo Loco, al Monje Libertino y, claro, al Indio.
Estamos hablando (con los hechos) del tipo más convocante del país (supera a cualquier otro rockero, o cantante melódico o escritor o equipo de fútbol). De un chabón que dio poquísimas notas en su larga carrera y eligió vivir entre muros, haciendo música y familia puertas adentro. Un tipo que parece no tener muchos amigos ni haber hecho demasiadas migas entre colegas. Mucho menos contacto con sus fans. Y, de repente, aparece ahí, con discreta intimidad, a un click y una mujer de distancia.
Entro a Virumancia al menos una vez por semana. Hay cosas que me conmueven, y tienen que ver, sí, con el amor. Por un lado (aquí las especulaciones) pensar en la mujer de toda la vida. Imaginarla admiradora, acoplándose a las decisiones de esa suerte de semidios. Soñándola, al mismo tiempo, fuerte, decidida y fascinante (porque las genuinas musas del rock son así). Por otro, la emoción de los seguidores, verdaderos fanáticos que encuentran en ese espacio el lugar para volver literatura (popular, visceral) las sensaciones de cada misa pasada y la expectativa por las que vienen (el plural es una expresión de deseo).
En el medio de todo, más amor (o que no haya nada). Supongo que no es casualidad que Virumancia vea la luz poco después de que se haga pública la enfermedad del Indio. Hora de capitalizar en toneladas de afecto lo que el chabón sembró en canciones inconfundibles.
Hoy es San Valentín y me sorprende el cínico alboroto de las redes. La mercantilización exagerada del amor que hacen las marcas y los comercios, y el desprecio un poquito impostado de casados y solteros para dejar bien en claro que no hay nada que festejar.
Yo también pienso que el amor romántico es una especie de trampa. No porque no exista, si no por el peligro de creer que es lo único, que es la meta.Y por las condiciones que la historia impone (en especial, a las mujeres). Soy, además, muy vaga como para ser fan de cualquier cosa (hay que leer, memorizar, estar pendiente). Sin embargo, me movilizo con esos pequeños temblores que a todos nos produce la belleza de los buenos momentos. Que se pueden encontrar en las canciones, en los libros, en la cancha. Con tu chico, tu chica, tu perro, tu guitarra. Las que se hacen recuerdo. Y con los mimos, de donde vengan, que necesita hasta el más rey de reyes en su torre (o mi amiga, hurgando el perfil de su pretendido).

Despojo en La Habana

En 2008 hicimos con Diego un viaje de hermanos. A Cuba, un destino que soñamos juntos y por separado, que imaginábamos lleno de música e historia.
Antes de viajar leímos (sobre la Revolución, sobre el Che, a Marti). En el avión no pude ver la peli que pasaban porque no me andaban los auriculares y para seguir con la racha pedí carne y ya no quedaba. Nos reímos de mi mala suerte.
Llegamos a una casa en la que creíamos que nos esperaban, pero los supuestos anfitriones no tenían idea. Entregamos una carta en la que un cubano de acá le rogaba a unos cubanos de allá que se encargaran de nosotros. Nos instalamos en un departamento gigante, parte de una casona del Vedado. A la mañana siguiente salimos con nuestra cámara de rollo y las pieles pálidas. Hablamos con un montón de gente, caminamos por el malecón. Esa misma noche nos percatamos de que algo no andaba bien.

En un confuso episodio, habíamos perdido el 95% de la plata que llevamos: ahorros, aguinaldo. Yo lloré (lágrima gorda), mi hermano golpeó con el puño una mesa. Los dos estábamos desolados, heridos en el orgullo de pibes de barrio que la tienen atada. Tanto que al otro día intentamos cambiar el pasaje y regresar a Buenos Aires. La aerolínea no lo permitía. Era el único lugar en el que nos servía la tarjeta de crédito. Me senté en una escalerita a putear por mi suerte y se largó a llover. Nos quedaban más de dos semanas: chau excursiones a los Cayos, chau tragos en el Nacional, chau escala en Perú “y tal vez nos quedamos a conocer”.

Cuando nos asumimos así, varados en una isla, volvimos a la caminata. Y de a poco, La Habana fue La Habana.
Nuestra vecina molía café y tenía montones de revistas de los 40 y 50. Cuando se enteró del percance, nos dijo dónde comer, dónde comprar, nos hizo café. Fuimos a los mercados, vimos las libretitas, abarrotamos la cocina de arroz, aprendí a hacer plátano frito, comimos fruta. Encontramos un bar que vendía Heineken y pecamos. Con el correr de los días hicimos cuentas. Nos mandamos a las playas del este, Santa María, las playas de locales. Tomamos mojitos en vasos de plástico mirando el mar más turquesa que habíamos conicido. Tomamos mojitos en los bares de La Habana vieja. Yo leí sin parar, me enamoré de Hemingway en ese viaje. Diego se copó con libros sobre Fidel. Un chico le preguntó cuánto había pagado por sus tatuajes. Comprobamos eso de las escuelas y hospitales para todos. Escuchamos música: el que toca lo hace bien. Yo bailé con un negro altísimo. Sacamos las fotos obligadas. Nos despertó cada día el sonido de FM Taíno levantando noticias de Radio Rebelde desde un minicomponente sin cd. Cada frase en las paredes nos dejó pensando.
Lo último que nos quedaba lo gastamos en comprar regalitos: cuadros, un dominó. La dueña del departamento me mandó una carta porque supo que yo trabajaba en la tele. La carta era para Mirtha Legrand.
Nuestros viejos nos esperaban en Ezeiza y después de las bienvenidas, contamos la anécdota del despojo. Yo la repetí en cada encuentro con amigos.
Siempre con humor y detalles. Tal vez para sentirme menos boluda.
Pero fundamentalmente para hablar de lo extraordinario, de las cosas que nos trascienden. De la vecina con café y revistas. De las percusiones y el mojito. De la ciudad maravillosa que nos devolvió bronceados por su sol y felices por su historia.

Italia

Recorrí la mitad de Italia y no me acuerdo casi nada.

La primera vez fui con mi amiga Pitu. Yo estaba en mi “año francés“, viviendo junto a Solcito en París, trabajando como niñera. Me tomé las vacaciones para conocer Roma, Venecia, Pisa y Florencia. Un circuito clásico, durante uno de los veranos más calurosos de la historia de Europa.

sienaPitu viajó desde Buenos Aires y trajo con ella mapas y guías. También una bolsa de ropa nueva que Silda y mi mamá nos enviaban porque habíamos engordado y no nos entraban los pantalones, y videos y cartas de nuestros amigos (incluyendo un compilado de los hits del 2003 armado en CD por Ernesto). Además, llevó las ganas de verme. En el aeropuerto ella, mi amiga punk, medio que lagrimeó a la hora del reencuentro y del abrazo.

La pasamos como la pueden pasar dos chicas de 22 sueltas y sin responsabilidades en un lugar caótico e intenso. Siempre tuvimos de qué hablar, sacamos fotos con la cámara de rollo, tomamos cerveza con las piernas colgando sobre el Gran Canal, fuimos a los museos, vimos al Papa JP2 (?)  y reflexionamos sobre la importancia de los ríos y los puentes en las capitales más del mundo.

También miramos para adelante y nos contamos qué esperábamos del futuro.

Durante ese año y particularmente esas vacaciones, yo supe que quería viajar. Era mi debut tan lejos de casa y me gustaba (porque total, la casa de uno nunca se va a ningún lado). La mayor parte de la gente tiene ese sueño. Yo me propuse trabajar para viajar y viajar para trabajar.

Ese deseo de la vida se me cumplió. Poco después de regresar a Buenos Aires entré a laburar para un canal de gastronomía y viajes. Y, efectivamente, los aviones me llevaron un montón de lugares impensados. No me podía quejar.

A pesar de los momentos maravillosos, con el paso del tiempo empecé a cansarme. No estaba cómoda en mi trabajo, quería crecer, hacer cosas nuevas, volver a dedicarme a algunos temas postergados. Los viajes de laburo eran cada vez más estresantes y agotadores y para colmo me mataba la culpa (¿no tenía el mejor trabajo existente?). Tomé la decisión y me busqué otro sueño.

Justo ahí,  surgió el último viaje: Italia.

Como había pegado un par de hits para el canal, les pareció que lo tenía que hacer yo. Y un poco por mis ancestros, el apellido, el viaje con Pitu y el recorrido, me tenté.

Má sí. Lo hago.

Me embarqué en la preproducción y todo fue entusiasmo.

Viajamos la noche del día en el que descendió River. Cuando llegamos a Roma, supe que la productora no me había depositado la guita para movernos y rebotó la tarjeta de crédito cuando fuimos a buscar el auto de alquiler. A partir de ahí, todo lo que podía salir mal salió peor.

Yo no fui la excepción.

Me enfermé como pensé que se enfermaba solo la gente exagerada. Ese cansancio al que no había escuchado, se convirtió en una hormiga en el cerebro. No pude dormir nada durante diez días y diez noches. Tomé las pastillas que me había llevado para el avión y aun así no lo logré. Cuando lo conseguí, amanecí meada. Una tarde en la camioneta creí que me había quedado ciega. No veía más que blanco. No encontraba los papeles, perdí mi cronograma, no tenía idea que había que hacer al otro día.

Cumplí 30 estando así, allá.

Yo, que festejé mi cumpleaños todos los años y había planeado para mis 30 la fiesta del siglo.

La noche anterior cenamos y la pasamos bien, mis compañeros camarógrafos me mimaron. Pero no fue suficiente. En criollo: se pudrió todo.

Mi jefa tuvo que viajar a cubrirme. Yo creí de verdad que me moría, no cazaba una. Pensaba que jamás volvería a trabajar ni de productora ni de nada.

En un momento empecé a llamar a Buenos Aires. Hablaba con mi mamá y mi papá. Hablaba de cualquier cosa. Lo llamaba a Pochi o a Sol o a Mome. Hablaba de cualquier cosa. Le escribí a Pitu y le conté que me había meado encima.

Necesitaba estar en casa.

Aventurera sí. Canceriana también.

Del resto, no recuerdo nada. Me aparecen flashes de comidas increíbles, de paseos por la Toscana, de un vino blanco. Miro los mapas y ahí registro que estuve en lugares espectaculares, que recorrí la mitad de Italia.

Cuando volví me sometí a una psiquiatra y a todo tipo de estudios.

Me recetaron un cuartito de alplax y vitaminas. Porque, claro, no tenía nada.

Lo que no creo que sea casual es haberme enfermado, de verdad, con biopsias y tratamientos, unos meses después. Ahí también estuvo Pitu y estuvieron todos.

Aunque parezca mentira, conseguí los trabajos que quise. De Italia se olvidaron, o no les importó, o me entendieron.

Ahora lo que deseo es volver a visitar Ancona, a Siena, a San Geminiano. Si alguien quiere acompañarme, bienvenido.  Mientras tanto, lo escribo, recordando la moneda y los deseos que arrojé en la Fontana di Trevi.