El balcón de los pájaros

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La esquina de 24 de Noviembre y Cátulo Castillo está distinta.

Tiraron abajo los galpones que llegaban a Rondeau, la enredadera de la casa tapó completamente los muros y hace añares que cerró Esquina Sur: de la rotisería de los apuros queda solo el óxido en las rejas.

Ayer pasé. En la hora azul y después de la lluvia.

Me detuve en un detalle lleno de vida. Un sonido que no ha cambiado.

El balcón de los pájaros.

De un paso a otro, se escucha el canto polifónico de cientos de pájaros.

El cuello al cielo. Y  la adivinanza: ¿dónde están? porque son muchos, no se ven y ahí no hay ni un árbol.

Misterios del barrio.

Para mí, están en el balcón. Tal vez en la terraza.

Prefiero no saber si en una jaula o si andan sueltos. Me desafío a imaginarlos. Serán de mil colores. Es como una selva.

La sensación dura una vereda.

Después, dobla el 6 desde la avenida Brasil, y te llenás de sus ruidos y del barro que escupen las baldosas flojas.

Es como otra selva.

Y este temazo

Indio, Virginia, los fans, San Valentín y Facebook. Sí, todo eso.

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Uso facebook desde 2008. Mis compañeros de la secundaria ya me habían dicho que era ideal para mí, que se generaban reencuentros y un montón de ñoñadas a las que soy vulnerable. Pero concretamente abrí la cuenta para saber más sobre un pibe que tenía mega flechada a una amiga: googleamos su nombre y el único link que amarreteaba data era el que te llevaba a su perfil.
A partir de ahí, con intermitencias, me hice medio adicta. Armé grupos con los de la primaria y la colonia (sí, quiéranme como soy). Armé uno que aún administro, el del barrio: una locura imparable que resultó en conocer en la vida “real“ a muchos de mis vecinos. Lo uso para laburar o para compartir fotos con la familia en Israel. Miro videos, subo imágenes de (¡mis!) gatitos, difundo pedidos varios. Contacté a grosos con los que hice cursos. Le armamos con Dani el perfil a Checa y lo gastamos para la radio.
Escribo algunas cosas, chusmeo otras. Prometo no engranarme cuando me topo con un forista fascista modo on, pero no siempre lo logro y termino escribiendo con mayúsculas. Cuento a quién voto y también si voy a un recital. Descubro gente que escribe genial y acepto recomendaciones de series o películas. Como no tengo poder de síntesis y nunca invertí en smartphones de mil megapíxeles, es la red social que más cómoda me queda.
Sin mucho sobresalto, más bien desorganizada rutina. Hasta que apareció Virumancia.
-ALERTA: A partir de este párrafo, todo será y parecerá especulación, expectativa y exageración-.
Virumancia es la fan page que encabeza Virginia, la mujer del Indio Solari. El día que empezó a publicar me sumé, gracias a un posteo de un contacto que decía algo así como “ahora sí que Facebook tiene sentido“. Ya dije que iba a sonar exagerado, pero me temblaron las piernas. De un saque empezaron a aparecer retratos inéditos, fotos de sus perros, los rincones de la casa de mi héroe del rocanrolnenen. Virginia (¿Virginia?) comenzó a contestar a los seguidores y (decía y dice) a transmitir los mensajes que todos nosotros queríamos hacerle llegar al Artista Invitado, a Caballo Loco, al Monje Libertino y, claro, al Indio.
Estamos hablando (con los hechos) del tipo más convocante del país (supera a cualquier otro rockero, o cantante melódico o escritor o equipo de fútbol). De un chabón que dio poquísimas notas en su larga carrera y eligió vivir entre muros, haciendo música y familia puertas adentro. Un tipo que parece no tener muchos amigos ni haber hecho demasiadas migas entre colegas. Mucho menos contacto con sus fans. Y, de repente, aparece ahí, con discreta intimidad, a un click y una mujer de distancia.
Entro a Virumancia al menos una vez por semana. Hay cosas que me conmueven, y tienen que ver, sí, con el amor. Por un lado (aquí las especulaciones) pensar en la mujer de toda la vida. Imaginarla admiradora, acoplándose a las decisiones de esa suerte de semidios. Soñándola, al mismo tiempo, fuerte, decidida y fascinante (porque las genuinas musas del rock son así). Por otro, la emoción de los seguidores, verdaderos fanáticos que encuentran en ese espacio el lugar para volver literatura (popular, visceral) las sensaciones de cada misa pasada y la expectativa por las que vienen (el plural es una expresión de deseo).
En el medio de todo, más amor (o que no haya nada). Supongo que no es casualidad que Virumancia vea la luz poco después de que se haga pública la enfermedad del Indio. Hora de capitalizar en toneladas de afecto lo que el chabón sembró en canciones inconfundibles.
Hoy es San Valentín y me sorprende el cínico alboroto de las redes. La mercantilización exagerada del amor que hacen las marcas y los comercios, y el desprecio un poquito impostado de casados y solteros para dejar bien en claro que no hay nada que festejar.
Yo también pienso que el amor romántico es una especie de trampa. No porque no exista, si no por el peligro de creer que es lo único, que es la meta.Y por las condiciones que la historia impone (en especial, a las mujeres). Soy, además, muy vaga como para ser fan de cualquier cosa (hay que leer, memorizar, estar pendiente). Sin embargo, me movilizo con esos pequeños temblores que a todos nos produce la belleza de los buenos momentos. Que se pueden encontrar en las canciones, en los libros, en la cancha. Con tu chico, tu chica, tu perro, tu guitarra. Las que se hacen recuerdo. Y con los mimos, de donde vengan, que necesita hasta el más rey de reyes en su torre (o mi amiga, hurgando el perfil de su pretendido).

Despojo en La Habana

En 2008 hicimos con Diego un viaje de hermanos. A Cuba, un destino que soñamos juntos y por separado, que imaginábamos lleno de música e historia.
Antes de viajar leímos (sobre la Revolución, sobre el Che, a Marti). En el avión no pude ver la peli que pasaban porque no me andaban los auriculares y para seguir con la racha pedí carne y ya no quedaba. Nos reímos de mi mala suerte.
Llegamos a una casa en la que creíamos que nos esperaban, pero los supuestos anfitriones no tenían idea. Entregamos una carta en la que un cubano de acá le rogaba a unos cubanos de allá que se encargaran de nosotros. Nos instalamos en un departamento gigante, parte de una casona del Vedado. A la mañana siguiente salimos con nuestra cámara de rollo y las pieles pálidas. Hablamos con un montón de gente, caminamos por el malecón. Esa misma noche nos percatamos de que algo no andaba bien.

En un confuso episodio, habíamos perdido el 95% de la plata que llevamos: ahorros, aguinaldo. Yo lloré (lágrima gorda), mi hermano golpeó con el puño una mesa. Los dos estábamos desolados, heridos en el orgullo de pibes de barrio que la tienen atada. Tanto que al otro día intentamos cambiar el pasaje y regresar a Buenos Aires. La aerolínea no lo permitía. Era el único lugar en el que nos servía la tarjeta de crédito. Me senté en una escalerita a putear por mi suerte y se largó a llover. Nos quedaban más de dos semanas: chau excursiones a los Cayos, chau tragos en el Nacional, chau escala en Perú “y tal vez nos quedamos a conocer”.

Cuando nos asumimos así, varados en una isla, volvimos a la caminata. Y de a poco, La Habana fue La Habana.
Nuestra vecina molía café y tenía montones de revistas de los 40 y 50. Cuando se enteró del percance, nos dijo dónde comer, dónde comprar, nos hizo café. Fuimos a los mercados, vimos las libretitas, abarrotamos la cocina de arroz, aprendí a hacer plátano frito, comimos fruta. Encontramos un bar que vendía Heineken y pecamos. Con el correr de los días hicimos cuentas. Nos mandamos a las playas del este, Santa María, las playas de locales. Tomamos mojitos en vasos de plástico mirando el mar más turquesa que habíamos conicido. Tomamos mojitos en los bares de La Habana vieja. Yo leí sin parar, me enamoré de Hemingway en ese viaje. Diego se copó con libros sobre Fidel. Un chico le preguntó cuánto había pagado por sus tatuajes. Comprobamos eso de las escuelas y hospitales para todos. Escuchamos música: el que toca lo hace bien. Yo bailé con un negro altísimo. Sacamos las fotos obligadas. Nos despertó cada día el sonido de FM Taíno levantando noticias de Radio Rebelde desde un minicomponente sin cd. Cada frase en las paredes nos dejó pensando.
Lo último que nos quedaba lo gastamos en comprar regalitos: cuadros, un dominó. La dueña del departamento me mandó una carta porque supo que yo trabajaba en la tele. La carta era para Mirtha Legrand.
Nuestros viejos nos esperaban en Ezeiza y después de las bienvenidas, contamos la anécdota del despojo. Yo la repetí en cada encuentro con amigos.
Siempre con humor y detalles. Tal vez para sentirme menos boluda.
Pero fundamentalmente para hablar de lo extraordinario, de las cosas que nos trascienden. De la vecina con café y revistas. De las percusiones y el mojito. De la ciudad maravillosa que nos devolvió bronceados por su sol y felices por su historia.

Italia

Recorrí la mitad de Italia y no me acuerdo casi nada.

La primera vez fui con mi amiga Pitu. Yo estaba en mi “año francés“, viviendo junto a Solcito en París, trabajando como niñera. Me tomé las vacaciones para conocer Roma, Venecia, Pisa y Florencia. Un circuito clásico, durante uno de los veranos más calurosos de la historia de Europa.

sienaPitu viajó desde Buenos Aires y trajo con ella mapas y guías. También una bolsa de ropa nueva que Silda y mi mamá nos enviaban porque habíamos engordado y no nos entraban los pantalones, y videos y cartas de nuestros amigos (incluyendo un compilado de los hits del 2003 armado en CD por Ernesto). Además, llevó las ganas de verme. En el aeropuerto ella, mi amiga punk, medio que lagrimeó a la hora del reencuentro y del abrazo.

La pasamos como la pueden pasar dos chicas de 22 sueltas y sin responsabilidades en un lugar caótico e intenso. Siempre tuvimos de qué hablar, sacamos fotos con la cámara de rollo, tomamos cerveza con las piernas colgando sobre el Gran Canal, fuimos a los museos, vimos al Papa JP2 (?)  y reflexionamos sobre la importancia de los ríos y los puentes en las capitales más del mundo.

También miramos para adelante y nos contamos qué esperábamos del futuro.

Durante ese año y particularmente esas vacaciones, yo supe que quería viajar. Era mi debut tan lejos de casa y me gustaba (porque total, la casa de uno nunca se va a ningún lado). La mayor parte de la gente tiene ese sueño. Yo me propuse trabajar para viajar y viajar para trabajar.

Ese deseo de la vida se me cumplió. Poco después de regresar a Buenos Aires entré a laburar para un canal de gastronomía y viajes. Y, efectivamente, los aviones me llevaron un montón de lugares impensados. No me podía quejar.

A pesar de los momentos maravillosos, con el paso del tiempo empecé a cansarme. No estaba cómoda en mi trabajo, quería crecer, hacer cosas nuevas, volver a dedicarme a algunos temas postergados. Los viajes de laburo eran cada vez más estresantes y agotadores y para colmo me mataba la culpa (¿no tenía el mejor trabajo existente?). Tomé la decisión y me busqué otro sueño.

Justo ahí,  surgió el último viaje: Italia.

Como había pegado un par de hits para el canal, les pareció que lo tenía que hacer yo. Y un poco por mis ancestros, el apellido, el viaje con Pitu y el recorrido, me tenté.

Má sí. Lo hago.

Me embarqué en la preproducción y todo fue entusiasmo.

Viajamos la noche del día en el que descendió River. Cuando llegamos a Roma, supe que la productora no me había depositado la guita para movernos y rebotó la tarjeta de crédito cuando fuimos a buscar el auto de alquiler. A partir de ahí, todo lo que podía salir mal salió peor.

Yo no fui la excepción.

Me enfermé como pensé que se enfermaba solo la gente exagerada. Ese cansancio al que no había escuchado, se convirtió en una hormiga en el cerebro. No pude dormir nada durante diez días y diez noches. Tomé las pastillas que me había llevado para el avión y aun así no lo logré. Cuando lo conseguí, amanecí meada. Una tarde en la camioneta creí que me había quedado ciega. No veía más que blanco. No encontraba los papeles, perdí mi cronograma, no tenía idea que había que hacer al otro día.

Cumplí 30 estando así, allá.

Yo, que festejé mi cumpleaños todos los años y había planeado para mis 30 la fiesta del siglo.

La noche anterior cenamos y la pasamos bien, mis compañeros camarógrafos me mimaron. Pero no fue suficiente. En criollo: se pudrió todo.

Mi jefa tuvo que viajar a cubrirme. Yo creí de verdad que me moría, no cazaba una. Pensaba que jamás volvería a trabajar ni de productora ni de nada.

En un momento empecé a llamar a Buenos Aires. Hablaba con mi mamá y mi papá. Hablaba de cualquier cosa. Lo llamaba a Pochi o a Sol o a Mome. Hablaba de cualquier cosa. Le escribí a Pitu y le conté que me había meado encima.

Necesitaba estar en casa.

Aventurera sí. Canceriana también.

Del resto, no recuerdo nada. Me aparecen flashes de comidas increíbles, de paseos por la Toscana, de un vino blanco. Miro los mapas y ahí registro que estuve en lugares espectaculares, que recorrí la mitad de Italia.

Cuando volví me sometí a una psiquiatra y a todo tipo de estudios.

Me recetaron un cuartito de alplax y vitaminas. Porque, claro, no tenía nada.

Lo que no creo que sea casual es haberme enfermado, de verdad, con biopsias y tratamientos, unos meses después. Ahí también estuvo Pitu y estuvieron todos.

Aunque parezca mentira, conseguí los trabajos que quise. De Italia se olvidaron, o no les importó, o me entendieron.

Ahora lo que deseo es volver a visitar Ancona, a Siena, a San Geminiano. Si alguien quiere acompañarme, bienvenido.  Mientras tanto, lo escribo, recordando la moneda y los deseos que arrojé en la Fontana di Trevi.

Mudar un piano

Rodolfo Luna era un tipo confiable, como lógicamente debe ser un tipo que dedica su vida a mudar pianos. Imagino que sabrán que él fue responsable del traslado del piano de cola original del Teatro Colón durante la inédita gira que Arrieta hizo por el interior del país. Una empresa épica.

Rodolfo no tocaba el ppianoiano, no entendía de melodías, ni arpegios ni sabía nada sobre ninguna música en particular. No tenía siquiera un tocadiscos en su casa y Arrieta para él no era más que un engreído con smoking que salía cada tanto en algunos diarios. De cualquier manera,  aquella responsabilidad fue enorme y Rodolfo Luna se dedicó a lo que mejor sabía: le hizo el amor al piano, con sus guantes esponjosos, con sus mejores hombres, con las sogas y las telas que lo cubrían cada vez que callaba.  Lo mismo hizo con los pianos de los edificios más importantes de la ciudad, durante sus casi cuarenta años de trayectoria, pero la gira de Arrieta fue legendaria.

Recordar la carrera de Luna me trae, inevitablemente, la amargura de su absurda muerte: la mano del operario resbalando de la soga. La caída desalmada desde aquel séptimo piso en Recoleta. El sonido del acorde más desafinado que jamás alguien haya oído. Morir por mudar un piano, cuando el piano cae sobre tu cabeza.

Me hice cargo del negocio tres meses después, en cuanto la Sra. Luna me dio permiso. Durante las primeras mudanzas alquilé un furgón. Al cuarto trabajo pude comprar el propio porque eran otras épocas. Incluso no levanté un piano más. Yo me limitaba a acariciarlos, a conocer el terreno, a medir los ambientes que esperaban el instrumento. Especialmente a hablar con los dueños, a veces músicos dotados, o melómanos.  Otras, caprichosos propietarios que se hacían de un piano como de un jarrón o una cabeza de animal embalsamada. A estos yo los odiaba, como los odiaba Rodolfo Luna.

Años después, en medio de una tarde de lluvia recibí en el galpón a la viuda de Arrieta. Por supuesto que yo no lo sabía, hubiera preparado algún tipo de bienvenida. Ella se presentó, curiosamente, como la Sra. Méndez  y solo dijo que necesitaba mudar un piano. Le pedí su dirección y recién supe quién era cuando fui a su casa a conocerlo. Contuve las ganas de hablar de su esposo y lo conseguí, hasta que ví un retrato de él tocando el piano original del Colón.  Le conté que yo sabía la historia del monumental traslado por el interior, que yo había conocido a  Rodolfo Luna.

Claro, dijo la viuda de Arrieta. Por eso confío en usted. Lléveselo.

Mañana mismo volveré con mis muchachos, pero necesito saber a dónde lo vamos a llevar.

La viuda de Arrieta miró por la ventana para avisar: ese no es mi problema. Y dejó ir su piano como dejó ir su apellido.

Cada navidad, un cuentito

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La madrugada del 25 Patricio bajó la escalera y desayunó agua. Lo ideal era consumir proteínas, pero tenía mucha sed. La noche anterior había prometido no matarse con el alcohol y así fue: estaba vivo.
Se sentía un poco lleno, apenas mareado. Aunque estaba preocupado por su primer día al mando de la playa, se notaba que no iba a hacer demasiado calor y eso significaba poca gente bañándose.

Salió y corrió hasta el muelle ida y vuelta.
Saludó al pescador misterioso que tiraba la red cuando aún no amanecía y devolvía al mar casi todo lo que enganchaba. Durante el tramo que separa el parador blanco del amarillo corrieron con él los perros de la mujer que siempre lee. Uno ladraba y eso le dio una pequeña puntada en la cabeza.

En el parador amarillo estaban los chicos de su edad: los que siguieron después del brindis y recién terminaban los festejos. Con entusiasmo se habían quedado a esperar la salida del sol y fue una estafa. Las nubes y la mañana fresca los fueron devolviendo a sus casas. Patricio recordó la navidad anterior en los médanos y se dedicó una mueca de orgullo.

Cuando estaba llegando a su puesto, le pareció ver a Lorena y eso, si no era un espejismo, era un milagro de navidad.
Ella tomaba mate. Estaba descalza, usaba un buzo con capucha. Seguramente nunca se había ido a dormir. Los lentes oscuros disimulaban el cansancio de los últimos meses y la última noche.

Se saludaron con un abrazo. Él le contó que le tocaba hacerse cargo del balneario por primera vez. Intentó caretear el miedo, pero ella se dio cuenta.
Se sacó el buzo, el pantalón de bambula y dio saltitos de espaldas hacia el mar.

Acá tenés: puedo ser tu primer rescate. Le dijo.

Kimio

 

I.

Estaba en la cama con Enzo, el más puto de mis amigos putos.

No podía dormir. Pensaba en la entrevista  que tenía al otro día. Recordé que me quedaban quinientos veintisiete pesos en la cuenta. Me inquietaba pensar que tal vez me habían descontado plata porque no pagué el monotributo o por no cancelar el débito automático de edesur. Vi la luz del cargador de la notebook en el suelo y no me importó pasar el cuerpo por arriba de Enzo y aplastarlo para agarrarla. Se puso como loca porque lo desperté. Yo me equivoqué tres veces con el password del homebanking, que ya no era conchuda, ahora era conchuda2012 y comprobé que sí, que me habían sacado ciento treinta pesos de un impuesto que no reconocí. Apagué la compu y respiré hondo como me enseñaron en meditación pero no medité ni puse la mente en blanco; pensé en conseguir el trabajo, en que me paguen por viajar y en los viáticos en dólares.

Se hicieron las 3 AM. Me tenía que levantar a las 8. Fui al  baño, decidí que era un buen momento para bañarme  y ganar tiempo. El agua salió muy caliente. Bien: el vapor siempre me relaja. Me enjaboné. Sin apuro.

Pero sentí algo raro en la teta.

No me enjuagué y salí del baño mojada con una toalla que apenas me tapaba. Me tiré encima de Enzo. Le agarré una mano y le pedí que me tocara. Le pregunté si notaba algo extraño. Pude ver cómo abrió los ojos. Tenés una bola en la teta, me dijo.

Pensé en la entrevista, en la bola y en el tiempo que podía llevar esa bola ahí y en el tiempo que había pasado sin tocarme y sin que me toquen.

Sumé motivos para estar nerviosa.

 

II.

¿Por qué querés trabajar con nosotros?

Pensé: porque pagan en dólares.

Dije: porque son una de las compañías referentes a nivel mundial y sería una gran oportunidad para crecer y desarrollarme.

¿Qué creés que podés aportar?

Pensé: Nada.

Mentí: Experiencia y entusiasmo por los nuevos desafíos.

¿Querés hacernos alguna pregunta?

Pensé: ¿Qué prepaga tienen?

Dije: No hace falta. Sé de qué se trata el trabajo y estoy ansiosa por ser parte de la empresa.

 

III.

Era malo.

Lo sospeché por la cara del pibe que me hizo la ecografía en la salita comunitaria.  Lo confirmé con su consejo: ver urgente a un especialista.

Le hice caso. Saqué un turno a las cinco de la mañana en un hospital. Hacía más frío en el pasillo que en la calle. Era la única rubia. Había mucha gente. Estaba sola.

Dije en ventanilla: es urgente. La recepcionista no me miró. Le pasé el estudio. Lo leyó. Me dijo: volvé mañana.

Es mañana. El médico es gordo. Muy gordo. Mira los análisis. Me pide que me saque la ropa de arriba. Estoy sentada con los pechos congelados. Él tiene las manos calientes. Me toca. Me lo confirma.

Me ocupo de los turnos, de los estudios de rutina. No se lo cuento a nadie. Hasta que me quedo sin plata.

 

IV.

Rechazo el trabajo. Empiezo el tratamiento.

Enzo me presta tres mil quinientos pesos. Juro voy a devolverlos. Ninguno sabe cuándo.

Pienso en Samantha de Sex and the city, la más puta de las cuatro putas de la serie: se agarra un cáncer que descubre cuando se quiere hacer las tetas.  Durante la quimioterapia  toma helado de palito con las amigas.

Miro la camilla de al lado: una vieja sin pelo con los ojos cerrados. Miro la camilla de enfrente: una vieja muy flaca sin pelo con los ojos cerrados.

Me clavan la aguja. Me pasan líquidos de varios colores. Me quedo dormida.

Llego a casa y pienso que no debe ser tan grave.

Duermo dos horas. Me despierta un dolor inédito. Vomito.

Vomito todo tipo de texturas. El desayuno, la cena, la comida de ayer. Pasa un rato y vomito la comida de anteayer y la de toda la semana.

Llamo a mi papá. Nos amigamos porque le cuento lo que me pasa. Llora.

 

IV.

Acepto que mi papá me pague las cuotas que debo en la prepaga y que su amigo el abogado Martínez Cappelo, que me miraba el culo de chica, presente no se qué papel para que  la prepaga me acepte.

Se me cae el pelo. Enzo me regala un gorro color mostaza porque va con mis ojos.

Voy a mi quimio nueva. Estoy en un sillón comodísimo y no hay otras pacientes. Acá sí que podría tomar helado de palito. Pero me quedo dormida y sueño con espejos en los que me veo hermosa.